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03.09.2013 | 11:29

Serena Williams: la bella y la bestia

Ningún deportista vivo domina su disciplina como ella lo hace en el tenis femenino; pero en el fondo, preferiría estar comiendo un roll de canela

Por Stephen Rodrick

¿Quién es la figura mas dominante del deporte hoy en día? ¿LeBron James? ¿Michael Phelps? Por favor. Llévense a esos flojitos a otro lado. La respuesta es Serena Williams. Gobierna el tenis femenino como Kim Jong-un gobierna Corea del Norte: sin piedad, con algunos momentos de comedia, indolencia y -de vez en cuando- la sensación de que tiene una doble personalidad.

Los datos son estos: Serena es la jugadora número uno del mundo. Maria Sharapova es la número dos. Sharapova es blanca, alta y rubia, y por eso gana más plata con los sponsors que Serena, que es negra, bella y fuerte como esas camionetas que aplastan Volkswagens en los espectáculos de Monster Trucks. Hace nueve años que Sharapova no le gana a Serena. Piénsenlo un momento. Hace nueve años, Matchbox Twenty era importante. La brecha entre Serena y las demás jugadoras de tenis es tan vasta y ancha como el espacio que hay entre las orejas de Ryan Lochte. Hablemos de nuevo cuando LeBron le gane durante nueve años seguidos al Oklahoma City Thunder de Kevin Durant.

El reinado de Serena se sostuvo gracias a que le importa un carajo lo que los demás piensen de sus métodos. Y esto ha sido así durante la mayor parte de su vida. Pero ella no lo admite. "Últimamente, muchos amigos me dijeron que soy una malcriada", dice Serena, desconcertada. "Y yo les digo: «¿En serio? Yo no soy malcriada»."

Casi escupo la Coca-Cola por la nariz. Serena hace lo que se le canta, cuando se le canta. Si se le hubiese ocurrido un evento a lo Henry James para demostrar sus talentos en South Beach, lo habría transmitido por pay-per-view, y habría vendido su línea de ropa por debajo de los 100 dólares en las pausas comerciales. Y le habría importado muy poco lo que los demás pensaran. Es una mujer que puede estar leyendo apuntes para inspirarse durante el descanso, y un minuto más tarde, como pasó en las semifinales del U.S. Open de 2009, gritarle a la jueza de línea que le va a hacer tragar la pelota de tenis.

A los bobos del tenis les pareció mal que, en un momento, Serena se tomara unos meses libres para coquetear con el diseño de moda y hacer apariciones en televisión, como lo haría cualquier persona después de ganar 10 millones de dólares. Chris Evert, un ícono del tenis, cuestionó la dedicación de Serena hace un año y medio.

Evert no podría haber estado más equivocada. Las jugadoras con las que se enfrentó ya hace tiempo que se retiraron o están agotadas. El año pasado Serena se recuperó de un problema en un tobillo y de un coágulo en la sangre que la podría haber matado, pero desde entonces ha ganado 74 partidos y perdido sólo tres desde que falló en el Abierto de Francia. En este tiempo, ganó tres Grand Slam y una medalla olímpica. Después de estas victorias, los gurúes del tenis susurraron: "Es la última vez para Serena".

No fue así. Este año ganó los cuatro torneos que jugó y lleva 31 partidos invicta, la mejor racha de su carrera hasta el momento. Puede perder, pero nunca le fue tan bien como ahora, a los 31 años, que para los estándares del tenis es como tener 179. (Ahora Evert dice que Serena es la mejor de todos los tiempos.) Ni siquiera salir con el director Brett Ratner la va a parar. Y tampoco su hermana mayor, Venus, la segunda mejor tenista de los últimos 20 años.

¿Cuál es su secreto? Serena sólo transa con ella misma.

"Siempre pensé que estaría bien ser madre joven", dice Serena. "Para que sea como mi perrito de compañía; mis perros viajan conmigo. Pero siempre hay algo que tenés que sacrificar para tener éxito. Todo tiene un precio. La pregunta es cuánto estás dispuesto a pagar."

Buena pregunta...

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