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Palito Ortega: la leyenda del lustrabotas que llegó a Rey

En una sola vida grabó con los músicos de Elvis, trajo a Sinatra al país, se hizo político durante el menemismo, salvó a Charly García y compuso hits enormes, entre ellos uno que se llamó "La felicidad"; aunque a veces piensa en todas las cosas que tuvieron que pasar

Por Leila Guerriero

Hay una reja y, a un lado, un timbre y un tapial pintado de amarillo. Sobre el tapial, una cámara de seguridad y un cartel en el que se lee, en letras blancas, Mi Negrita. Al otro lado de la reja, una casa rodante que funciona como garita de vigilancia, sin vigilante. Más allá, un camino de piedra y una doble hilera de árboles adustos. Son las tres de la tarde del jueves 18 de abril de 2013. Es otoño, pero el aire es suave y líquido bajo un cielo que parece un mar de luz. Por la ruta 47, camino a la ciudad de Navarro, cerca de Luján y a sesenta kilómetros de Buenos Aires, pasa, cada tanto, un auto. El resto es campo, brisa, ni una nube, y la voz de una mujer que, por el portero eléctrico, pregunta:

-¿Usted puede esperar? El señor todavía no llegó. Quince minutos después, el señor, Ramón Ortega -Palito: el muchacho triste de las canciones alegres, el productor que trajo al país a Frank Sinatra, el cantante que devino gobernador de Tucumán, el hombre que ayudó a Charly García a salir de una crisis importante y que, en 2012, grabó, después de veinticinco años sin hacerlo, un disco de canciones nuevas acompañado por los músicos de Elvis Presley- llega al volante de una camioneta Hyundai gris. Usa gafas negras, un suéter rojo, un abrigo liviano, jeans angostos que parecen nuevos, zapatillas con cordones anudados en moños perfectos. Detiene la camioneta, abre la puerta, baja y, como siempre hace, toma con las dos manos el rostro de quien saluda y lo alza, como si fuera una delicadísima pieza de porcelana de la que se dispusiera a beber, para posar un beso en la mejilla.

-Bienvenida. ¿Entramos?

La reja se abre con un sonido suave, eléctrico, y la camioneta avanza por el camino de grava. Después de un puente que atraviesa un canal hay un portón de madera, que se desliza con un sonido calmo. Al otro lado, un parque que parece la puesta en escena de la melancolía campestre: árboles que amarillean, cercos de ligustro, césped cortado con prolijidad maníaca.

-Vení, te muestro.

Ramón Ortega baja de la camioneta, la altura aminorada por los hombros que inclina hacia adelante, como si caminara con cierta precaución. Se interna por un sendero rodeado de árboles en cuyo centro se alza, dramática y serena, una fuente, un enorme rectángulo de agua rodeado por estatuas griegas. Se detiene, las manos en los bolsillos del jean. Él mismo ha escogido los árboles que bordean esos caminos que, a su vez, llevan los nombres de sus seis nietos: Dante, Bautista, Helena...

-Ahí está la capilla.

La capilla tiene doble puerta con vitrales y adentro hay varias hileras de bancos largos. A los lados, hornacinas con figuras de la Virgen y algún santo.

-Vengo siempre -dice, mientras enciende las luces-. Me siento acá y me quedo solo, pensando. Me gusta el silencio.

Después apaga las luces, cierra la capilla y toma el sendero en dirección a la casa, que es baja, de líneas rectas, amarilla y blanca.

-Pasá. Fuera, Negro.

Negro, el perro, se queda obedientemente afuera.

-Yo digo que este perro es el espíritu de algo. Cuando salgo a caminar me molestan los teros. El tero viene de atrás, te roza y te puede lastimar. Pero ahora, cuando el perro ve un tero, sale como un balazo y lo espanta. Y yo digo: "Este tipo sabe".

En la sala de la casa hay un piano de media cola, sillones blancos, una mesa rodeada por ocho sillas, bibliotecas con volúmenes encuadernados en cuero, clásicos de la literatura y la filosofía. Ortega se sienta, cruza los brazos detrás de la cabeza, pero enseguida se levanta.

-Te voy a mostrar un libro.

El libro es un libro de fotos, fechado en 1934, dedicado por Carlos Gardel a Irineo Leguisamo, el jockey más impresionante que la hípica sudamericana haya dado en el siglo que pasó y de quien Ramón Ortega es heredero universal.

-A veces pienso en todas las cosas que tuvieron que pasar.

Le gusta estar solo y, aunque nadie sabe en qué piensa cuando permanece así, es probable que sea en cosas como esas: en todas las cosas que tuvieron que pasar.

Nació en 1941, en la casa numero veinticuatro del caserío en el que vivían los empleados del ingenio azucarero Mercedes, a unos treinta kilómetros de la ciudad de San Miguel de Tucumán. En la usina de ese ingenio su padre, Juan Ortega, trabajaba como electricista y lidiaba con cinco hijos y el desamor de una mujer, Nélida Tomasa Rosario Saavedra, la madre de todos, que se iba de la casa una y otra vez; la última, cuando Ramón Ortega, su segundo hijo, tenía 10 años. Él nunca dice éramos pobres, vivíamos como pobres, yo era pobre. Pero eran.

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