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15.09.2013 | 19:05

El Indio en Mendoza: el show más grande de la historia del rock nacional

Solari tocó para más de 130 mil personas en condiciones extremas: temperaturas al filo de los 0 grados, lluvias heladas y un final con el pogo más grande del mundo bajo agua nieve

Fotos de Ignacio Sánchez

Después de que una voz anunciara que Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado ya estaban ahí y unas luces azules iluminaran la noche helada de ese páramo mendocino, desde el escenario empezó a sonar la intro oscura y pesada atravesada por reflejos de guitarras de "Luzbelito y las sirenas" sobre la que la voz del Indio Solari entra como una cura envenenada. Eran casi las 10 de la noche y la aparición del Indio y su banda fue una descarga de electricidad que, de pronto, volvió a convertir a toda esa multitud que desde hacía dos días acampaba en los alrededores desolados del Autódromo Angel Pena de San Martín como una tribu extraviada de la sociedad en un público de rock frente a una banda de rock.

Hasta ese momento, el campo del autódromo era una tierra inmensa y baldía castigada por una helada feroz, había grupitos de gente prendiendo fogatas para protegerse del frío con pastos secos, ramas y plásticos arrancados, caía una lluvia que por momentos ganaba la consistencia de una nevisca, el ruido de un helicóptero cortaba la noche volando bajo sobre toda esa acumulación de músculos contra las vallas y algunos relegados reventaban los alambrados para entrar a ese terreno donde la previa del show pago más convocante en toda la historia del rock nacional parecía una escena perdida de Mad Max.

Sobre el escenario, parado en el centro exacto de la tempestad que crecía desde su banda, franqueado por el poder de fuego de las guitarras de Gaspar Benegas y Baltazar Comotto, el Indio era la presencia esencial y a la vez inaprensible de todo esto. Vestido con una gorra con orejeras como la del Chavo, un buzo negro con cierre y capucha de los Who y pantalones anchos, la desproporción entre su persona y su mito por momento era casi inverosímil: un hombre de 64 años que, a medida que el fenómeno a su alrededor adquiere proporciones monumentales, tiene un despliegue escénico cada vez más contenido; y además de ser un hombre que sólo se deja ver una vez al año y frente a una multitud, cuando lo hace no son muchos los que llegan a verlo del todo: para la gran mayoría es una presencia mítica, casi irreal, allá a lo lejos, a unos 200, 300, 500 metros y arriba del escenario, que llega a través de sus canciones.

"Somos una ciudad entera", dijo en un momento, mirando el horizonte de más de 130 mil cabezas que crecía bajo sus pies y midiendo el potencial de todo eso. Y después de seguir con "El templo de Momo", otro estándar del último catálogo ricotero -el que más naturalmente dialoga con su obra solista-, se sumergió en su último álbum, El perfume de la tempestad, con "Ceremonia durante la tormenta" y "Torito es muerto".

"Esto es una locura, estoy muy emocionado", dijo en otro momento, antes de detener un par de minutos el show porque la lluvia había inundado el escenario. Mientras tanto, la nevisca, la inmensidad del lugar que hizo que las pantallas sembradas a lo largo del campo quedaran demasiado chicas y el viento que convertía el sonido en una masa ondulante que iba y venía, llevándose la voz del Indio, trayéndola medio rota, ensordeciendo las guitarras, sólo había ido reforzando la coartada mitológica de todo esto. Además de que la valoración musical es casi imposible, es casi una parte accesoria de lo que pasó: el clímax y el final de ese peregrinaje esforzado, una nueva revalidación de esa identidad sufrida, porque ser ricotero cuesta, es un sacrificio, una especie de hazaña que implica viajar miles de kilómetros en micros incómodos, pasar frío, acampar en un terreno desolado, hacer un fuego para abrigarse y comer más o menos mal y que, al final, cuando llega el momento, si llueve, nieva o casi no se escucha, es casi más perfecto.

Al final, cuando el Indio repitió que esta vez y más que nunca estaba por acontecer el pogo más grande del mundo, el pogo de los 130 mil, "Ji ji ji" volvió a hacer temblar esa tierra, que ya estaba arrasada.

Por Juan Morris

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