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23.09.2013 | 10:51

Los Cadillacs en Buenos Aires: más hermanos que antes

En un nuevo regreso en el marco del Movistar Free Music, la banda dio su único show del año en el país, al aire libre y ante 50 mil personas

Fotos de Lucas Page

Apenas se disparan al cielo los vientos de guerra de "Manuel Santillán, el León", los Fabulosos Cadillacs se reactivan como un músculo caliente y aplanador. A cinco años de su último show en Buenos Aires, al aire libre sobre el predio abierto de Av. Alcorta y La Pampa, acá están de nuevo, subidos a bordo de otro regreso que no busca más que celebrar su propia historia construida de frente al rock latino; casi toda una vida entregada al ska, el rock y new wave, que los sigue ubicando ante a un compilado de clásicos de resultados unánimes. Un buen golpe de calor para la primera noche de primavera que en realidad, bajo un cielo gélido y plomizo, lejos está de representarla.

Subidos a una gira latinoamericana que ya los tuvo por Perú y que seguirá por Chile y México, el sexteto de visible humor y salud -que esta temporada se completa con Hugo Lobo en trompeta, Matías Brunel en guitarra y Gustavo Martelli en percusión- emprende un repaso salpicado por toda su carrera, aunque partiendo desde El León (1992) hasta la actualidad. Versiones de "El aguijón", "El genio del dub", "Demasiada presión" y "Gallo rojo", son los primeros movimientos del grupo sostenidos por una atractiva propuesta visual gracias a un amplio juego de pantallas dividas entre el fondo y los extremos del escenario, amplificando el latir del grupo frente a 50 mil personas.

"Hola, buenas noches, queridos, queridas... ¡qué frio!", irrumpe Vicentico por primera vez en la noche, en medio de "Calaveras y diablitos", después de que Hugo Lobo se robara la primera ovación del público tras estrangular duro su trompeta en un solo despabilador. "Es un honor tocar para ustedes, espero que podamos devolver algo de lo que sentimos por estar hoy acá". Entre esa delgada línea que Gabriel maneja en escena -algo desafiante, algo en joda, pero siempre desplazando de plano su rol de frontman-, el cantante comparte el frente de ataque junto al saxofonista Sergio Rotman y su amigo fiel Flavio Cianciarulo, ese peso pesado que todavía se deja ver imparable durante todo el show, rebotando de punta a punta, golpeando las cuerdas con violencia y desafiando al público como un tío desquiciado pero adorable.

Promediando la noche, y pese a su propuesta aleatoria, los Cadillacs hacen zoom sobre "Fabulosos Calavera", extendiéndole un homenaje a su disco más oscuro y experimental -editado en 1997-, y consumando lo más sólido y atractivo del listado. Con la portada proyectándose a ambos lados del escenario, el oleaje de ritmos descontracturados de "Surfer Calavera", "Sábato" y el vértigo diabólico de "Piazzola", ubican a Ciaciarulo en el centro de la escena, que se garcha su bajo mientras saca la lengua y comanda el cierre a bordo de un remolino de psicodelia y distorsión. Después, la cumbia villera de "Padre nuestro", el lamento melancólico de "Saco azul", y el mix entre "Carnaval toda la vida" y "Carmela", dirigido por el slap latoso de Flavio, apuntalan la fiesta. "Intentemos el silencio previo a la tormenta", invita ahora Vicentico en medio de "Mal bicho", para segundos más tarde ver cómo delante suyo explota un pogo que pide por la paz en el mundo.

Para el momento de los bises, la banda muestra variantes y reaparece secundada por la segunda generación cadillac: Florián Fernández Capello en guitara y Astor Cianciarulo en batería ostentan sangre y solvencia a bordo del clásico de The Clash "Guns of Brixton", mientras papá Vicentico empuña el bajo y papá Flavio escupe al frente. El final con "Vasos vacíos", "Mi novia se cayó a un pozo ciego" y "Yo no me sentaría a tu mesa" -que cada vez resuena más significativa con eso de "no podrás sacarnos lo que hicimos ya, ahora somos más hermanos que antes"-, terminan de evidenciar la buena salud del grupo que, aún con las inquietudes creativas de sus integrantes derramadas por fuera de sus límites, todavía parece gozar reviviendo el monstruo. Y aunque ese beso en la boca final entre Vicentico y Flavio no fuera algo necesario, también puede servir como elemento para confirmarlo.

Por Juan Barberis

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