Último momento

 

Leer en

 

Noticias

02.12.2013 | 16:54

Alejandro Urdapilleta: una herida abierta que ríe desesperada

Recordamos una entrevista con el actor que falleció ayer a los 59 años

Fotos de Fabián Laghi

Alejandro Urdapilleta, el actor icónico del teatro, escritor, comediante, bastión de la contracultura de los 80 falleció ayer debido a un cáncer de estómago. Tenía 59 años. En el número 24 de RS, de abril de 2000, el representante del Parakultural se prestó a una entrevista histórica; lee aquí aquella Rolling Stone Interview completa

Por Pablo Zunino

Casi nadie lo llama Alejandro. Es Urdapilleta, a secas, como si se tratara de una marca registrada por su público que lo sigue con unión religiosa desde los ya lejanos tiempos del Parakultural (a los que él aborrece calificar de míticos), y por sus colegas que a los cuatro vientos hablan maravillas de sus trabajos pero que secretamente lo envidian por su capacidad de meterse a fondo y sin filtros con to­dos los re­gis­tros de la ac­tua­ción. Co­me­dia, dra­ma, pe­ro, so­bre to­do, tra­ge­dia. Por­que eso es lo más pe­cu­liar de Ur­da­pi­lle­ta: nun­ca hi­zo una tra­ge­dia, pe­ro to­dos sa­ben que es el úni­co ac­tor ar­gen­ti­no que se­ría ca­paz de ha­cer­la.

Cuan­do cuen­ta su vi­da entiendo por qué ese da­to es así de con­tun­den­te. No im­por­ta que a pri­me­ra vis­ta sus tiem­pos de pin­che­to en Es­pa­ña, una re­cien­te in­ter­na­ción o esa fu­ria ase­si­na que él des­pren­de des­de el es­ce­na­rio (más aún cuan­do se arro­ja con des­tre­za de cat­cher so­bre los ate­rra­dos es­pec­ta­do­res) fas­ci­nen co­mo pu­ro es­pe­jis­mo de una sa­ga ro­cam­bo­les­ca. Ur­da­pi­lle­ta es una enor­me he­ri­da abier­ta de la que -pri­me­ra cu­rio­si­dad- tam­bién bro­tan car­caja­das -se­gun­da cu­rio­si­dad- te­ñi­das de de­ses­pe­ra­ción.

Sa­be del pre­cio de de­san­grar­se, que es fac­tor de pe­so con­si­de­ra­ble pa­ra su re­pe­ti­da es­tra­te­gia de re­ta­cear re­por­ta­jes. En ese jue­go de es­con­di­das, con po­cas pie­dras li­bres, se mez­clan -es una hi­pó­te­sis- una sa­bia re­sis­ten­cia a ha­cer­se po­pu­lar (en tal ca­so se­ría nú­me­ro pues­to pa­ra he­re­dar a Charly co­mo el lo­co pro­fe­sio­nal re­que­ri­do a gri­tos por los me­dios), cier­ta ten­den­cia na­tu­ral a po­ner­se en guar­dia y, por qué no, una es­pe­ra­ble do­sis de co­que­teo pro­pia de la ra­za ac­to­res.

Pri­me­ro di­ce que sí, des­pués se bo­rra y rea­pa­re­ce in­ter­mi­ten­te­men­te en otro jue­go que lo di­vier­te go­zo­sa­men­te; y a ve­ces, po­cas, con suer­te y vien­to a fa­vor, es po­si­ble te­ner­lo ahí, fren­te a un gra­ba­dor. Cuan­do se ol­vi­da de su pre­sen­cia, no ha­ce fal­ta pre­gun­tar­le de­ma­sia­do. Ace­le­ra­dor a fon­do, for­ma de mo­nó­lo­go que ro­za el strip-tea­se emo­cio­nal, "me ca­go en el ca­re­teo" (sic) y que ca­da uno (el que lea, en es­te ca­so) pien­se lo que quie­ra.

Leé la nota completa acá.

Quienes leyeron esta nota, también leyeron: