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Lo mejor de 2014: Brasil, sangre, sudor y Messi

La Selección argentina llegó a la final del Mundial pero no encontró en su número 10 una nueva estrella pop a la que adorar

La imagen más simbólica del mejor Mundial de la historia, esos 30 días de Brasil 2014 en los que nos zambullimos dentro de un Disney World con goles como la palomita de Robin van Persie a España, mordidas como la de Luis Suárez a Giorgio Chiellini y tragicomedias como el 7 a 1 de Alemania a Brasil, es una imagen que no fue televisada por ninguna SpiderCam en lo alto de un estadio ni recreada por ningún meme en Twitter, y que sin embargo condensa el culto a la deidad que barniza el fútbol argentino.

La noche antes de la final, en el hotel Radisson de Barra de Tijuca, un 5 estrellas que hospedaba a los dirigentes argentinos de la AFA en Río de Janeiro, el desvelo, la urgencia, eran las entradas. Cómo ingresar al Maracaná la tarde siguiente. En el primer piso, estaban Grondona y su mesa chica, unos pocos dirigentes de clubes y un par de empresarios de medios de comunicación. Abajo, en el lobby, revoloteaba toda la fauna futbolera: se codeaban empleados de la AFA en compañía de su familia (por ejemplo, los integrantes del Tribunal de Disciplina con sus mujeres e hijos), directivos de diferentes equipos, familiares de jugadores, buscavidas varios y periodistas cercanos a Grondona, que habían colmado los cuatro vuelos charters contratados por la AFA para la final (como en cada partido previo). Todos esperaban que la FIFA mandara el paquete con las entradas y que después el presidente de la AFA y los suyos hicieran el reparto; pero el envío se había retrasado hasta las primeras horas de la madrugada, ya en el día de la final, y la impaciencia había empezado a afectar los nervios de todos. Llegó un momento en que valía todo. En la recepción hubo desesperación. Gritos. Ataques de nervios. Todos desconfiaban de todos pero a la vez todos, más que nunca, le prendían una vela al primer piso, al jefe de la AFA desde 1979.

Era Grondona convertido en su más puro rol de puntero absoluto, con las entradas bajo el brazo y una horda de suplicantes a sus pies, una reproducción perfecta de la dinámica con la que fomentó que el fútbol argentino se convirtiera en un lugar de culto a sus figuras religiosas y al caudillaje individual, sin importar que se trate de héroes o de inescrupulosos, igual que en la política: era un paisaje de época.

"¿Para esto me trajiste? Me vuelvo a Buenos Aires", le recriminaba la esposa a uno de los dirigentes. Hubo escenas que, de tan rocambolescas, resultaban divertidas. Alguien dijo que de ese hotel y de esa rosca, podría escribirse un libro que sintetizara la AFA de los últimos 35 años. Grondona, que tenía 82 años, estaba afectado por una gripe que lo había tumbado durante tres días y que no le permitiría ir al estadio a la tarde siguiente, le soltó a uno de sus familiares: "Es de las peores noches de mi vida". No lo decía exactamente por las entradas, que no dejaba de ser una escena cotidiana del ejercicio del poder, ni tampoco por el resfrío, sino por la inminencia de la final de la primera Copa del Mundo sin su esposa, Nélida, que había muerto en 2012. Acaso en una coda de Brasil 2014, Grondona moriría dos semanas después en Buenos Aires, el 30 de julio.

Al día siguiente, ya en el Maracaná, Argentina perdió contra Alemania una final que, ay, pudo haber ganado. Una decisión equivocada en menos de un segundo, como las de Gonzalo Higuaín y Rodrigo Palacio, están dentro del radar de cualquier buen jugador en un mal momento, es cierto. Pero Alemania salió campeón en el apogeo del juego colectivo (Neuer, Lahm, Schweinsteiger, Kroos, Ozil, Müller y Klose con protagonismo compartido) y le dio continuidad a la España del tiqui taqui de 2010 (Iniesta, Xavi, Casillas, Piqué, Sergio Ramos y Villa en un nivel parejo de figuración), mientras que las columnas de hinchas argentinos que invadieron Brasil lo hicieron bajo una premisa monoteísta: que Lionel Messi fuera el salvador. Que nos llevara a la gloria como cuando Maradona cruzó México en 1986, derribó a Inglaterra y se convirtió en una deidad que sigue omnipresente 28 años después, por obra y personaje, por su heroísmo trágico que lo llevó a ganar Mundiales, a ser el mejor del mundo y el más autodestructivo. Si Maradona se había inmolado por nosotros, en las tribunas del Maracaná, del Mineirão, del Beira-Rio, del Itaquerão y del Mané Garrincha se respiraba un pedido similar: que Messi también lo hiciera. Que se sacrificara. El fútbol argentino profesa un amor vampírico.

Sin contar el engendro del primer tiempo ante Bosnia, la Selección había empezado el Mundial en base a un plan redentor. Un equipo en torno a Messi y secundado por Higuaín y Sergio Agüero, delanteros a los que suponíamos con los colmillos afilados pero que llegaron en cuarentena goleadora. En la primera rueda, la Selección fue un híbrido colectivo y Leo debió salir al rescate. Lo hizo tan bien que convirtió cuatro goles. Sin embargo, una lesión sufrida en los octavos de final contra Suiza (poco difundida puertas afuera de la concentración) sumada a sus problemas físicos de la temporada anterior (sus músculos más sensibles, los bíceps femorales, los que le permiten su velocidad supersónica y los cambios de ritmo, habían colapsado cinco veces en dos años) lo condicionaron para el tramo decisivo. En simultáneo llegaron la baja de Angel Di María, la sequía de Higuaín y de Agüero, y la apatía de Fernando Gago (sus cuatro socios iniciales), por lo que Alejandro Sabella decidió cambiar sobre la marcha. Nació un modelo más corporativo que inspirador, más pedregoso que el original, pero a la vez más colectivo, ya con el centro de gravedad alrededor de Javier Mascherano, y con actores que presumíamos de reparto y que durante el Mundial se hicieron grandes: Ezequiel Garay, Sergio Romero y Marcos Rojo.

Aun diferenciándose de un Mundial con equipos más ofensivos, Sabella tuvo motivos reales para reacondicionar la línea de flotación, 15 metros detrás de la idea inicial -con Lucas Biglia en lugar de Gago, toda una evidencia- y Argentina quedó en un dilema: a mayor solidez del equipo, menor resplandor individual de Messi. Las dos cosas parecían imposibles. Un Messi más acompañado en la delantera habría implicado un equipo menos consistente en la base. El ADN moderado de Sabella torció la balanza a su modo y nadie se quejó porque Argentina eludió a Bélgica y a Holanda y, con un Messi más al servicio del equipo que el equipo al servicio de Messi, llegó a la final después de 24 años. Y estuvo a punto de ganar.

Es posible que la Selección haya sacrificado a un jugador irrepetible -aun en uno de sus momentos más terrenales de su carrera- pero en contrapartida Sabella (un técnico humilde, que no lleva el odio en el cuerpo, no ve conspiraciones ni se queja de los árbitros) priorizó lo colectivo, lo que involuntariamente implica la depreciación al culto a las deidades, un auténtico gesto de valentía en el fútbol argentino. El legado de Sabella es que, en su táctica conservadora, dejó un mensaje transgresor. Del otro lado de la línea, recién con la muerte de Grondona se entrevé en la dirigencia una esperanza para el final de los caciquismos. A la espera de un 2015 en que seremos testigos de una pulseada de poder entre actores nuevos (encabezados por Marcelo Tinelli), y ya con la AFA abierta a una de las tantas ramificaciones de la madre de todas las peleas políticas en Argentina, la vieja casa de Viamonte al 1300 vive el fin de un trato dominación-sometimiento que patentó torneos de 30 equipos, árbitros susceptibles al servicio del poder, partidos sin hinchas visitantes pero con dos barras bravas locales, tabla de muertos semanales, derechos televisivos sin licitaciones, cambios de programación sobre la marcha, tribunales internos de justicia sujetos al deseo de Grondona, y escenas como la del hotel de Río en la alterada noche previa a la final, una imagen que resume mucho más que las malas definiciones de Higuaín o de Palacio al día siguiente, aunque a ellos les cueste olvidarlas el resto de sus vidas. Y a nosotros también.

Por Andrés Burgo

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