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Lollapalooza 2016: Eminem, en profundidad

Análisis de un show de rap en estado puro, un artista que llegó justo a tiempo

 
Foto de Ignacio Arnedo.

Difícil superar esta versión de Eminem, un rapper en el punto de equilibrio entre la madurez mental y la plenitud física, entre la experiencia de estadios y la precisión en velocidad. Mientras atravesamos una nueva fase del reinado Kanye, podría creerse que el debut argentino de Marshall Mathers llegó tarde, pero lo que vimos anoche en el Hipódromo de San Isidro se parece demasiado al timing perfecto.

El show es la proyección esquizofrénica de una formidable obra de dos décadas, en la que el drama autobiográfico y la violencia verbal alternan tonos de tragedia y de farsa. Eminem puede ser un frontman casi autista (así lo vimos, de a ratos, en el Lollapalooza de Chicago 2014), pero anoche mantuvo una conexión total con el momento y con todo lo que lo rodeaba. Secundado por el ex D12 Mr. Porter, un MC que arenga, replica y completa líneas detrás de esas metrallas bestiales, el Rap God de Detroit abarca el espacio simbólico del escenario delante de una banda firme pero en segundo plano, por momento casi invisible, una formación básicamente negra y rockera en la que destacan los dos bateristas y el guitarrista Curt Chambers, que cada tanto se adelanta para ejecutar un solo con aires de psicodelia blusera.

Lo de Eminem es hip-hop en estado puro. A los que ayer denunciaban "playback": no es un show de rap el lugar indicado para pretender que el disc-jockey no tire pistas. Si algo no se le puede achacar a Eminem, precisamente, es incompetencia en el arte de gastar saliva en directo. Mathers concentra su energía en el rapeo, en el bordado vertiginoso y preciosista de rimas, y terceriza abiertamente en el DJ (The Alchemist) y la corista leitmotivs, hooks y secuencias melódicas.

En ese armado de canciones incompletas, grandes éxitos y lados B, el hombre que escribió como nadie en la música pop sobre la fama (del psicodrama de horror "Stan" a alegatos como "Without Me") combina en vivo todas sus facetas, esas tres personificaciones básicas que analiza Marcia Dawkins en su tesis autoral: Slim Shady (desquiciado, misógino, lleno de ira adolescente), Eminem (la mente fría y controladora) y Marshall Mathers (su voz se vuelve más profunda, sus temáticas más existenciales y sus rimas más lentas). Hoy, a punto de reeditar The Real Slim Shady (1999) en casete, Eminem parece estar en paz con todos ellos. Los monstruos que duermen debajo de su cama y que se llevan increíblemente bien con las voces internas de su cabeza.

Por Pablo Plotkin

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