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Carajo, Ghost y Bad Religion: el lado pesado del Lolla

Tres maneras distintas de sonar fuerte en la tarde del Día 2

 
Ghost. Foto de Agustín Dusserre.

La pata hard de la cartelera dio el presente en el Día 2 de Lollapalooza, representada por tres bandas que, aún en formatos muy distintos, comparten dos rasgos esenciales: la melodía y la distorsión. La religión es otro link, con un grupo cuyo líder supo profesar el evangelismo como Carajo, otro que juega al satanismo como Ghost y un tercero, Bad Religion, que se reconoce anticlerical desde el mismísimo nombre.

 
Carajo. Foto de Agustín Dusserre.

Carajo volvió a endurecer su propuesta en vivo, arrimándose a un groove metal que le sienta como a casi ningún grupo en Argentina. Con todo, siguen alternando electricidad extrema y growls con estribillos tarareables y coqueteos con el rap que los devuelven a un nü metal de épocas superadas. Lo esbozaron en El mar de las almas, pero su Vulgar Display of Power sigue siendo una asignatura pendiente.

Pocas veces una banda simboliza tan bien la idiosincrasia rockera de su país como lo hace Ghost con Suecia. La fórmula es clarísima: sensibilidad pop (expresada en los estribillos pegadizos que Abba les legó) con nervio metalero. Concentrándose en sus dos discos más pesados (el debut Opus Eponymous y el reciente Meliora), Papa Emeritus III y los Nameless Ghouls son capaces de citar a Black Sabbath en "Cirice" y minutos después arremeter con una balada oscura como "He Is", que se amoldaría sin problemas al formato acústico. El cantante -ya sin su atuendo litúrgico, reemplazado por un prolijo frac y maquillaje blanco y negro- dispara "esta es una celebración del orgasmo femenino, que en algunas civilizaciones se considera obra del diablo" antes de clausurar su set con "Monstrance Clock", y sigue provocando: "Me los quiero coger a todos". No deja de ser grato que cada generación tenga -salvando cualquier distancia- su propio King Diamond.

 
Bad Religion. Foto de Agustín Dusserre.

Al promediar esta tarde, la presencia de otra especie fue clara en el Hipódromo de San Isidro: treintañeros y cuarentones con remeras de Slayer, Motörhead, Misfits, The Damned y hasta Venom y Behemoth. En su show, Bad Religion no mostró grandes sorpresas, y nadie las pidió: fue un show homogéneo con himnos como "The New America" o "21st Century Digital Boy" interpretados a la velocidad de la luz, en una especie de fogón enchufado a 380 para que el mensaje biempensante de Greg Graffin llegue a cada oído. Un comprensible apoyo al precandidato demócrata a la presidencia estadounidense Bernie Sanders desde la remera del guitarrista Brett Gurewitz y, en general, el sano despropósito del punk-rock maduro.

Por Diego Mancusi

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