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El cuento de hadas de Emma Stone

Cómo fue que la estrella de 'La La Land' dejó atrás una infancia angustiante en Arizona para volverse la actriz más desenvuelta de Estados Unidos

 
Emma Stone al norte de Los Angeles, octubre de 2016. Foto: RollingStone/ Mark Seliger

El restaurante preferido de sushi de Emma Stone en Los Angeles es un lugar bastante básico en un centro comercial en Sunset Boulevard, acurrucado entre una clínica de depilación láser y una tienda de FedEx. Es acá, apenas después de sentarse, que empieza a contarme sobre su hernia hiatal. "No puedo comer comida picante", dice Stone. La cuestión es que parte de su estómago se extiende "hacia el esófago", lo cual suena horrible pero es de hecho bastante fácil de manejar, más allá de las mayores chances de tener reflujo. "Nací con esto", señala Stone con alegría. Separa sus palitos chinos. "Cuando era niña yo era como un hombre viejo."

Conocí a Stone hace aproximadamente 11 minutos, pero parece que estoy con una vieja amiga. Se apoya sobre la mesa como si estuviera conspirando; hace referencias a una conversación que acabamos de tener como si estuviera citando antiguos chistes internos; inclina la cabeza hacia atrás y me pide que examine su nariz porque está segura de haber detectado una partícula vergonzante ahí. En la mitad de la cena, dos tipos se sientan en una mesa cerca. Stone los relojea y pasa a un suspiro: "Oh, mierda, creo que el ex novio de Paris Hilton se acaba de sentar ahí. El que parece un imitador de Elvis Presley." Lanza su pulgar a la izquierda, sin ninguna sutileza, y dirige mi mirada hacia un tipo apuesto, con el mentón cuadrado. Puede que sea el antiguo novio de Hilton, Paris Latsis, o puede que sea cualquier otra persona. Vuelvo a mirar a Stone, quien, a pesar de ser Emma Stone -por lejos, la persona más famosa en este restaurante, y muy posiblemente la persona más famosa en todo Sunset en este momento- está sonriendo por haber quizás visto a esta celebridad de tercera línea. "Es él, ¿no?", pregunta.

Que Stone sea ridículamente cordial no debería sorprender a nadie que la haya visto. Es una estrella de cine decididamente. De ésas que de algún modo logran engañarte, en la pantalla, hasta hacerte olvidar de que es una estrella de cine. "No dice boludeces, no es pretenciosa, y es eléctricamente inteligente", dice Jonah Hill, quien actuó junto a Stone en su primera película, Superbad.

Muchas veces han comparado a Stone con su heroína Diane Keaton, y la comparación funciona de varias maneras: las dos son hermosas, graciosas, varias veces musas de Woody Allen. Pero debido a su combinación de astucia e ingenio y su capacidad de hacer que un aura predominante de bondad parezca más magnética que aburrida, ella tiene mucho en común con otro héroe suyo: Tom Hanks. Hizo un casting para actuar junto a él en Larry Crowne, en 2011, no tanto por el guión como porque adora a Hanks. No recibió el papel, me dice desanimada, pero el mismo año Stone protagonizó Historias cruzadas, y se robó escenas en Amigos con beneficios y Loco y estúpido amor, así que, bueno, las cosas podrían haber salido peor. Al ver esas películas, y otras que Stone ha elevado a lo largo de los años -entre ellas Superbad, Se dice de mí, Tierra de zombies y nuevas franquicias de El hombre araña-, tenés la impresión de que ella está un paso adelantada al resto; que se está divirtiendo en sus propios términos, sin que ni siquiera le preocupe si alguien la está mirando.

Stone vive en Nueva York. Sus sentimientos acerca de Los Angeles, que alguna vez fue su hogar, se han suavizado últimamente, pero durante un tiempo no la aguantaba. "Es como lo que yo me imagino que es D.C.", dice, "donde estás rodeada de personas que están bajando y subiendo constantemente en el ranking de poder local, y es lo único en lo que pueden pensar y de lo que pueden hablar." En Nueva York ella va al teatro, o se queda en casa a mirar películas con amigas, un círculo que incluye a las colegas Martha MacIsaac, Sugar Lyn Beard y Jennifer Lawrence. "Vamos de viaje juntas, pasamos tiempo en nuestras casas, miramos cosas", dice Stone. "El mes pasado fui a lo de Jen y miramos Abracadabra." (Stone salió con su compañero de El hombre araña, Andrew Garfield, durante varios años, pero me dice que actualmente está soltera.)

 
Su papel revelación en cine fue como el interés amoroso de Jonah. Foto: AFP

Ahora está en Los Angeles, porque está por salir su excelente nueva película, La La Land. Es un musical, de una dulzura cautivante, acerca de dos soñadores de Hollywood -Stone hace de una futura actriz en apuros y perdida, Ryan Gosling hace de músico de jazz obstinadamente dedicado, con la fantasía de abrir su propio club- que se enamoran mientras bailan y cantan por Los Angeles en zapatos de tap. La visión descaradamente romántica de la ciudad es totalmente retro. La secuencia de apertura, que ocurre en una autopista, da la pauta de lo que será la película, transformando un típico embotellamiento de Los Angeles en una fantasía eufóricamente coreografiada. Como la propia Stone -quien por momentos parece una antigua actriz de comedia enviada al presente- la película establece un puente entre la época clásica y la contemporánea. "Necesitaba a alguien que hiciera que la música tradicional fuera relevante y accesible para la gente a la que no le gustan los musicales", dice el escritor y director de La La Land, Damien Chazelle. "Emma es muy moderna, pero tiene también algo atemporal."

Aun antes de su lanzamiento, La La Land emergió como una gran candidata a los Oscar y, considerando que esto fue a mediados de noviembre, la campaña de Stone para llevarse varios premios ya está en proceso. La otra noche fue a la cena anual de los Governors Awards; esta noche tiene una entrevista organizada por la Academia; mañana tiene la enésima proyección de La La Land en un festival, y así sucesivamente, hasta 2017. "Siento como que empecé a promocionar esta película en agosto", dice, "y desde entonces no dejé de hacerlo".

Tampoco se queja. La La Land tiene la interpretación más audaz de Stone hasta ahora, y ya emergió como una temprana candidata al Oscar a la Mejor Actriz. Cuando le menciono esto, dice: "Estoy tratando de no pensar en eso", su modo por default es la autocrítica, no la autopromoción; chistes, y no alardes. "Me enfoco en lo que tengo que hacer en el momento, y no pienso necesariamente en dónde me está llevando."

Hay algo más en lo que está tratando de no pensar, sin lograrlo: han pasado pocos días de la elección presidencial, y Stone apoyaba a Hillary Clinton, y hasta llevaba pins con su nombre. La victoria de Donald Trump la tiene irritada. "Todavía es muy difícil procesar lo que va a pasar, o lo que debemos hacer", dice. "Es aterrador, no saber. Pero no puedo parar de pensar en la gente más vulnerable, a las que se ignorará y relegará -más marginada de lo que ya estuvo durante cientos de años- y en cómo el planeta se va a morir sin nuestra ayuda. Es una sensación que va y viene."

El alcohol ayuda. "¿Querés sake?", pregunta. Pedimos una botella y Stone me sirve un vaso, según la costumbre japonesa. Devuelvo el favor, y le menciono que una vez conversé sobre este gesto de etiqueta con un chef en Tokio, quien comparó servirse un vaso de sake a uno mismo con masturbarse en público.

"¿Masturbarse? ¡Yo sólo había escuchado que daba mala suerte!", dice Stone, riéndose. Cuando termino mi vaso, me olvido y me sirvo, distraído, mi propio vaso. Suspira: "Te acabás de masturbar en la mesa".

Me disculpo y le sirvo un poco más. "Adelante, por favor", dice. "Masturbame en la mesa."

Emma Stone cumplio 28 años hace poco, pero hizo su primer espectáculo a los 6, en un musical escolar sobre el Día de Acción de Gracias llamado No Turkey for Perky. Creció en Scottsdale, Arizona, hija de una ama de casa y un contratista. "Mi papá lanzó su propia compañía", dice Stone, "así que no teníamos dinero hasta que yo cumplí más o menos 8. No es que no tuviéramos dinero, pero vivíamos de créditos. Después su compañía tuvo éxito." Los Stone educaron a sus hijos según la fe luterana ("catolicismo diet", dice Emma) y fueron padres comprensivos y permisivos, "riendas sueltas", según dice, en cuanto a la disciplina. "O sea, 'Si vas a tomar en una fiesta, avisanos y te pasamos a buscar'." Le pusieron Emily, Emma es el nombre que eligió cuando se registró en el Sindicato de Actores y descubrió que había otra Emily Stone.

Su infancia fue cómoda, en cierta forma, y turbulenta, en otras. Era una chica profundamente nerviosa, intranquila, con una tendencia a los ataques de pánico. "Mi cerebro hacía zoom y se anticipaba a los peores escenarios posibles", según dice. "Cuando tenía más o menos siete, estaba convencida de que la casa se estaba incendiando. Lo podía sentir. No era una alucinación, era algo en el pecho, sentía que no podía respirar, como que el mundo se estaba por terminar. Hubo un par de estallidos así, pero mi ansiedad era constante. Le preguntaba a mi mamá como cien veces qué íbamos a hacer cada día. ¿A qué hora me iba a llevar? ¿Dónde iba a ir? ¿Qué iba a pasar en el almuerzo? Sentía náuseas. En un momento, ya no podía ir a la casa de amigos. Apenas podía ir a la escuela."

Preocupados, sus padres hicieron que viera a un terapeuta. "Me ayudó mucho", dice. "Escribí un libro llamado I Am Bigger Than My Anxiety, que todavía conservo: dibujé un monstruo verde en mi hombro que me habla al oído y me dice un montón de cosas que no son verdad. Y cada vez que lo escucho, se vuelve más grande. Si lo escucho demasiado, me destruye. Pero si giro la cabeza y sigo haciendo lo que estoy haciendo -lo dejo que me hable pero no le doy importancia-, entonces se encoge y desaparece."

Otra manera de encoger el monstruo, descubrió, era actuar: dedicarse a un mundo inventado para sacar su mente del mundo real. "Empecé a actuar en un teatro de jóvenes, hacía improvisaciones y sketches de comedia." Era una nerd de la comedia a la que le encantaba The Jerk, y se identificaba un poco con la Judy Miller de Gilda Radner, una girl scout que no encaja y que se siente más cómoda haciendo un programa de televisión imaginario en el living de su casa.

Stone también adoraba a John Candy, cuyo trabajo como el triste pero optimista vendedor de anillos para cortinas de baño en Planes, Trains and Automobiles ella dice que es "una de mis actuaciones preferidas de todos los tiempos. Hace algo increíble, que Shirley MacLaine hace en The Apartment, y que Gene Wilder hacía de manera tan hermosa también, que es combinar comedia y desamor. La vida es eso, ¿no? Hay cosas raras y graciosas que pasan aun cuando la vida es oscura."

Siguió haciendo obras e improvisaciones, y empezó a estudiar con un profesor de teatro local que "había estado con William Morris o algo así en los setenta", dice Stone, y quien movió unas conexiones en Hollywood para vincular a Stone con un agente. De modo que no fue una desilusión rotunda cuando Stone, a los 14 años, notificó a sus padres de que quería dejar la secundaria, mudarse a Los Angeles e intentar volverse profesional. Les hizo la propuesta en forma de una presentación de PowerPoint, que tituló "Proyecto Hollywood". Esto habría dejado atónitos a otros padres, pero los suyos ya conocían este costado hiperlógico de Emma: cuando tenía 12, ya había hecho otra presentación en PowerPoint, convenciéndolos de que la educaran en su casa.

También decidieron permitir que le diera una chance a la actuación, y en enero de 2004, Stone se mudó con su mamá a un departamento en el complejo de Park LaBrea, al sur de Hollywood. La mudanza era ostensiblemente temporaria, dice Stone: "Era como 'Vamos a estar acá durante la temporada piloto, no para siempre'. Hice castings durante tres meses de manera constante, y no me dieron absolutamente nada, y después dejaron de mandarme." Decidida a no rendirse, consiguió un trabajo haciendo dulces en una panadería para perros, un trabajo ridículo que aceptó porque "yo les decía: 'Ahora estoy trabajando, ¿ven? No me llaman de los castings, pero me tengo que quedar acá'".

Recibía el trabajo necesario para mantener viva la esperanza. "Hice un episodio de Malcolm in the Middle", dice. "Y un episodio de Medium." Menos glamorosamente: "Fui la voz de un perro en The Suite Life of Zack and Cody". Stone también consiguió un papel para un episodio en la sitcom fantástica y poco conocida de Louis C.K. para HBO, Lucky Louie, en la que hizo de una chica problemática. "El fue increíblemente amable conmigo", recuerda. "Y me protegió, porque yo tenía 16 años y mi personaje le ofrecía hacerle una mamada. Me crucé con Louis después, y siempre decimos como: 'Heyyy, ¿te acordás de eso?'."

Stone recibió un apoyo crucial de la directora de castings Allison Jones, una veterana cazatalentos para comedias que ayudó a hacer que despegaran las carreras de James Franco, Jonah Hill y Seth Rogen. "Hice castings para Allison durante tres años", dice Stone. "Me llamaba para hacer cosas que nunca iban a funcionar, pero un viernes a la tarde me llamó y me dijo: 'Hey, mi oficina no abre mañana, pero quiero grabarte para algo'. Era Superbad." Stone recibió el papel, haciendo de Jules, la chica de quien estaba enamorado el personaje de Hill en la secundaria, una joven bella y popular que hacía chistes sobre orgasmos.

Desde entonces, Stone amplió su rango de manera constante, llegando, como Hill, a hacer dramas serios. El rasgo unificador en todos sus retratos es una decencia central que se puede ver desde The Help, en la que hace de una mujer blanca privilegiada en el sur de los años sesenta, hasta Birdman, ganadora del Oscar a la Mejor Película, y en el que fue nominada para un Oscar a la Mejor Actriz de Reparto, por su papel como la hija de Michael Keaton, recién salida de rehabilitación. Este papel fue una de las pocas veces en que Stone hizo de una chica arruinada (al menos desde que le ofrecía una mamada a Louis C.K.). Se describe como alguien que tiene un costado que quiere agradar a la gente, y admite que es difícil imaginarla en el papel de una villana. "Si una parte de lo que siempre quisiste toda la vida es no molestar a nadie", dice Stone, "es fácil que te asocien con papeles de personajes que no molestan a nadie".

Pero una noche en 2013, mientras rodaba Birdman, Stone perdió los cabales. Y fue fantástico. La película, que el director Alejandro González Iñárritu enhebró a partir de una serie de planos extremadamente largos, requería no sólo una crudeza emocional por parte de Stone, sino también exactitud técnica. "Yo aparecía al final de una escena, y me daba miedo, porque todo estaba muy cronometrado." Arruinó una toma. "Alejandro me dijo: 'Emma, ¡tenés que girar más rápido o vas a arruinar la película!'. Y yo pensé: 'Esto es horrible, es muy difícil, es de hecho una locura'. Esa noche, Edward Norton y yo estábamos filmando en una terraza como a las dos de la mañana. Habíamos hecho la escena 30 veces, y Alejandro no lograba lo que quería. Dijo: 'Quizás no va a funcionar'. Fui a mi camarín, pensando: 'No puedo. Estoy perdiendo la cabeza'. Y me invadió un sentimiento. En general yo busco satisfacer a la gente, pero me sentía como: 'A la mierda. Ya no me importa nada'. Así que cuando volvimos a hacer la escena, yo estaba loca, escupía. Y Alejandro me dijo: 'Bárbaro ¡ahí está!'." Stone sacude la cabeza mientras lo recuerda. "Yo ya no estaba tratando de hacerlo perfecto."

 
Con Ryan Gosling en ''La La Land''. Hay rumores de que la actriz puede ganar un Oscar por su performance. Foto: Dale Robinette / Lionsgate

La La Land, como Birdman, dependía no sólo de una interpretación emocionalmente auténtica de Stone, quien está en la pantalla durante casi toda la película, sino también de una coreografía precisa, que ella tuvo que realizar a lo largo de una serie abrumadora de tomas ininterrumpidas. Cuando estaba considerando si aceptar el papel, Chazelle recuerda: "Me dijo: '¿Cuánto tiempo de preparación tenés? Porque no quiero hacer esto a medias: si voy a bailar tap, quiero aprender a bailar tap. No quiero hacer trampa [con encuadres elusivos y primeros planos]. Eso no es normal para los actores, o para la gente, punto: querer hacer algo más difícil".

Stone describe la película como una revelación, en otro sentido. "Hubo veces, al hacer una película, en las que me decían que yo entorpecía el proceso solamente por querer aportar una idea o una opinión", dice Stone. "No sé si decir que era por ser mujer, pero hubo veces en las que improvisé, se rieron de mi chiste, y después se lo dieron al co-protagonista masculino. Me robaban el chiste. O yo decía: 'No creo que esta línea funcione', y que me dijeran: 'Decila, decila, si no funciona la cortamos'. Después no la cortaban, ¡y no funcionaba!" (Stone me pide pasar al off the record para contar más detalles.)

Cuando le pregunto si consideró escribir un guión ella misma, o dirigir una película, Stone abre los ojos. "Escribir es interesante, pero nunca lo hice", dice. "Y dirigir, Dios, es un trabajo difícil. Es hacer todas las cosas en las que no pensás cuando actuás. 'Perdimos una locación.' 'Ese traje está mal.' 'Tal actor no quiere salir de su camarín.'"

"Al venir de la improvisación", continúa, "en donde todo depende del equipo, es difícil para mí estar al frente. Incluso cuando es un papel grande. Me gusta ser parte de una máquina".

Stone esta sentada en el asiento del acompañante en el Nissan mediano que alquilé, mientras paseamos por Hollywood. El valet de su hotel levantó las cejas un increíblemente serio milímetro cuando Stone atravesó la puerta y se subió al auto. "Es definitivamente la primera vez que hago una entrevista en un Sentra", dice mientras nos dirigimos al este. Pasaron un par de días desde nuestra cena, y decidimos hacer una caminata matutina por el Griffith Park. No está vestida para caminar exactamente, con un sombrero ecuestre de lana con la visera hacia abajo, sobre unos anteojos oscuros, un suéter liviano con un agujero pequeño en la espalda, jeans ajustados y un par de zapatillas Acne con velcro. "Toda de negro", observo. "De incógnita", responde, asintiendo.

El hecho de que tenga su pelo colorado casi completamente dentro del sombrero funciona genial, en términos de pasar desapercibida. En el parque, el único tipo que para a Stone no tiene idea de quién es, sólo quiere saber cómo llegar al Observatorio Griffith. Vamos a los baños públicos. "Había mucho pis en el piso", dice Stone cuando sale del baño, temblando, y luego bromea: "Y no todo era mío".

Paseamos por una colina polvorienta y ya estamos respirando con dificultad vergonzosamente pronto. A los cuatrocientos metros, Stone se inclina en una curva como si estuviera por vomitar en el camino. Señala una cresta frente a nosotros, y sacude los hombros para generar un efecto cómico: "¿Vamos a subir ahí? ¿Me estás cargando?". Estaba en buena forma para La La Land, dice, y se puso completamente musculosa para su siguiente trabajo, una biopic sobre Billie Jean King, Battle of the Sexes, en la que "subí 7 kilos de músculos" gracias a un entrenamiento con pesas. "Pero", añade Stone, sosteniendo un bíceps inexistente, "los perdí rapidísimo".

Encontramos un lugar para sentarnos. Nos pasan caminantes en mejor forma. Nos caminan hormigas en las piernas. Lejos, frente a nosotros, está el Pacífico, con sus olas titilando; a la derecha está el cartel de HOLLYWOOD; el observatorio sobresale de un peñasco detrás de nuestras cabezas. Si no fuera por el pis en nuestras zapatillas, casi podría ser una escena en un viejo musical. "¿Alguien se cansa de esto?", pregunta Stone, recobrando el aliento y observando la vista. "O sea, ¿quién se puede cansar de esto?"

Jonah Weiner

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