rollingstone.com.ar

Indio Solari en Olavarría: crónica del colapso

Más allá de las noticias trágicas, el show en La Colmena fue un caos de organización y ausencia de cuidado por parte de las autoridades

Por Diego Mancusi

 
Después del primer parate porque vio caídos entre el público, el Indio Solari cambió su actitud y no fue el mismo que al comienzo del show. Foto: LA NACION/ Agustín Marcarian

"Hay gente en el piso. A ver la gente de Seguridad: levántenlos por favor", gritó el Indio Solari mientras todavía rebotaba en el predio La Colmena el último guitarrazo de "Ropa sucia". En un predio de alrededor de casi 600 metros de largo por 300 de ancho, sólo unos pocos -los que estaban apenas por detrás de las vallas de contención- tenían real dimensión de lo que pasaba en esa avalancha en la que se cayeron decenas de personas. El resto de los presentes suponía caídas o desmayos más o menos habituales, guiados por las descripciones de Solari: "Están borrachitos... los que están borrachitos vayan para atrás, che" y "son siete tipos que están rompiendo las pelotas". Los veinte minutos de demora, con pedido desesperado de retroceder dos metros por parte del personal de Defensa Civil en el micrófono, sembraron la incertidumbre. Pero enseguida la banda retomó el set con "Héroe del whisky" y todo se volvió a encauzar, aunque a partir de ese momento el show en Olavarría nunca fue el mismo en la predisposición del cantante.

El desastre se gestó mucho antes de la avalancha que generó la primera interrupción de la noche, y podría haberse manifestado de muchas maneras. Más de 300 mil personas en una ciudad en la que viven 120 mil se traducen, primero, en ingresos colapsados. "Dicen que la cola de autos llega hasta Azul", repetía un recién llegado, transmitiendo los 50 kilómetros de fila india de vehículos casi detenidos que trataba de arribar a la ciudad. Para llegar al predio había que traspasar el infaltable barrial que parece venir a darle legitimidad al rock masivo argentino. Una vez ahí, trabajadores de seguridad privada con chalecos flúo controlaban selectivamente los tickets: de cada tres pedían, acaso, uno. El cacheo inmediatamente posterior era ínfimo: apenas si se tanteaban bolsillos y no se abrían mochilas. La prueba de la laxitud de la revisión fue la gran cantidad de pirotecnia: bengalas, tres tiros y más, a veces en manos de nenes. Las cervezas en lata estaban permitidas. Las de vidrio se confiscaban. Adentro se vendían a $100 en la Cantina y $150 servidas, sin esperar, en el campo.

Hasta último momento se vendieron tickets y además muchísimos espectadores entraron sin ellos, lo cual dio como resultado un lleno nunca visto en un recital de rock pago en la Argentina. Quince torres de sonido dispuestas en líneas de cuatro intentaban trasladar la música por todos los rincones de La Colmena, sin demasiado éxito.

"Ji ji ji" y el famoso pogo más grande del mundo se encadenaron con "Mi perro dinamita" en versiones con poco ángel y la banda se fue agradeciendo por "un cariño que no se ve en ninguna parte del mundo", pero sin saludar. Quedaba la salida, sólo por la parte de atrás del predio y la retirada para quienes estaban en las primeras filas podía demorar horas. En ese mar de gente, vendedores de cerveza y remeras insólitamente ubicados hacían malabares para no ser atropellados. La seguridad desapareció: los pocos policías apostados en el lugar intentaban ordenar pero más que nada daban indicaciones de calles a los miles de perdidos ("¿qué? No, ni idea", respondía un oficial sobrepasado a la pregunta de si se había lastimado alguien). Los micros ubicados mayormente sobre la Avenida Del Valle tardaron horas en llenarse, y algunos partieron con el pasaje incompleto. El colapso de las comunicaciones (en todo el día casi no hubo señal de celular, ni hablar de 3G) desencontró grupos y preocupó familiares. Sólo los que contaban con la bendición de tener señal o poder conectarse a una red de wi-fi confirmaron por redes sociales y mensajes de WhatsApp, a eso de la 1:30 de la mañana, los rumores que circulaban: había dos muertos y varios heridos que lamentar.

COMPARTILO
 Notas mas leidas
PUBLICIDAD
Revista Rollingstone