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Sting: Rock and Roll y salvación

Tiene una vida envidiable y un nuevo disco que suena fuerte y pega duro. ¿Por qué no puede parar de pensar en la muerte?

 
Sting en su casa, en octubre de 2016. Foto: Danny Clinch

Sting se sienta en una banqueta en una sala de ensayo en Sunset Boulevard en Los Angeles. Sostiene su bajo contra el pecho y espera que el baterista Vinnie Colaiuta cuente cuatro para empezar "50,000", una elegía rockera para Bowie, Prince, Lemmy y otros que hemos perdido recientemente. Es un tema de 57th & 9th, su primer disco de rock en 13 años. Sus bíceps se abultan debajo de una remera gris. (Esos músculos hicieron que mujeres de mediana edad suspiraran durante un show la noche anterior.) Unos sonidos impíos y amortiguados se filtran a través de las paredes. Son los Kiss, payaseando en la sala de al lado. "¿Conocés a Gene Simmons?", me preguntó Sting más tarde. "Un tipo interesante."

Colaiuta cuenta hasta cuatro y un equipo de filmación australiano que está grabando el ensayo se acerca para un primer plano. Sting detiene al grupo por un momento. Pone sus dedos en un lugar no tan secreto.

"OK, no tengo mocos."

Un relaciones públicas se ríe nervioso, pero Sting sonríe y se encoge de hombros: "Siempre hay que chequear".

En los tres días que pasé con él, Sting intentó deshacerse del cliché que existe de él como un dios taciturno del rock con serios aires de prepotencia. En ocasiones, no pudo: en un gesto de falsa modestia, aclaró que recibió un premio de BMI porque "Every Breath You Take" sonó 13 millones de veces en Estados Unidos. "Es bastante", dijo con las cejas arqueadas. Esto fue poco tiempo después de haberse maravillado por la actitud elusiva de Bob Dylan cuando ganó el Premio Nobel.

Pero después de todo, Sting parece disfrutar del chiste de ser alguien que practica el sexo tántrico, que toca el laúd y es un semiegomaníaco. Parodia con humor su propia imagen de alguien glorificado. Durante una pausa en el ensayo, habla largamente sobre su largamente criticado disco de laúd de hace una década, Songs From the Labyrinth, que se esfuerza por aclarar que vendió un millón de copias. "La gente me insultaba", dice. "La gente me decía: 'No quiero escuchar el maldito laúd'. Y yo les decía: '¿Cuál es el problema con el laúd?'." Hace una pausa y sonríe. "Creo que ese instrumento padece la Monty Pythonización del laúd."

Es cierto, Sting nunca va a ser el equivalente en el rock & roll del payaso de la oficina que saca cerveza por la nariz en la fiesta de fin de año. "Creo que la muerte es el tema más interesante en cualquier forma artística, ya sea literatura, poesía u ópera", me dijo Sting un mes antes cuando hablábamos sobre "50,000" en su casa, en Central Park West. Me mostró una foto de 1962 de la calle en la que se crio en Newcastle, Inglaterra, con un astillero acechante en la esquina. Todo en esa foto se transformó en polvo: la casa, sus padres, el astillero. Verla lo puso melancólico, un estado emocional en el que admite que incurre quizás demasiado.

"La música pop supuestamente trata de novias y autos y el color de tus zapatos", dice. La banalidad del pop es un tropo familiar para Sting, lo cual hizo que lo acusaran de tomarse demasiado en serio desde su época de "King of Pain". Acaricia a su perro, un pointer llamado Compass. "Tengo 64 años. Ya viví la mayor parte de mi vida, y aun así, como todos nosotros cuando muere un ícono cultural, somos niños." Extiende las palmas de la mano hacia afuera. "Porque pensás: '¿Cómo pudo haberse muerto?'."

Admite alegremente ser adicto al trabajo; se quedó famosamente dormido en el nacimiento de su primer hijo. Le pregunto si piensa que tuvo suficiente tiempo para sus seis hijos -dos de los cuales son músicos- entre las giras y las grabaciones. "Es una buena pregunta", dice. "Si mis hijos alguna vez se quejaran de eso, yo les diría, mitad en broma mitad en serio: 'Por alguna razón, vos me elegiste como padre'. No 'yo te elegí'; vos me elegiste. Porque eso hace que sean menos víctimas. Todos salieron hermosos. Les doy todo el crédito a sus madres." Hace una pausa. "¿Fui un padre perfecto? No. Yo tampoco tuve padres perfectos, así que no tenía mucha idea."

Acordamos continuar la conversación un par de semanas después. Mientras salimos de un living repleto de libros, le señalo una pintura que me gusta, un cuadro abstracto con una lamparita en el centro. "Oh, es un Basquiat", dice Sting a la ligera sorbiendo una taza de té. "Andy [Warhol] hizo la lamparita." La siguiente frase la suspira. "A mis nietos les encanta venir y meter las manos ahí. No saben lo que es." Se ríe. "Es genial."

Sting le puso "57th and 9th" a su nuevo disco por una esquina de Manhattan que cruzaba cada mañana de camino al estudio. Antes de cruzar la calle, paraba y meditaba por un momento acerca del pasado y de cuando le llegara el día. Pasa mucho tiempo en Nueva York con su mujer, Trudie Styler, una productora de cine. Sus hijos ya crecieron y se fueron de casa. Aprecia el anonimato relativo que le provee Manhattan. "Acá cada uno está en su propio programa de televisión", dice. "Quizás paran y te dicen: 'Hey, Sting, me gusta tu música', o 'Hey, Sting, sos horrible', pero después seguís en la tuya."

Durante los últimos diez años, Sting hizo todo excepto un disco de rock. Además del disco del laúd, hubo una versión para orquesta de sus grandes éxitos, una reunión con The Police y el proyecto The Last Ship, un musical que tiene lugar en el Newcastle de su infancia. A diferencia de sus discos solistas anteriores, para los que las canciones y los arreglos estaban meticulosamente pensados con anticipación, Sting entró al estudio para 57th & 9th sin nada: sin letras, sin melodías y sin concepto. "Hacíamos un ping pong de líneas melódicas", dice. "Una línea de bajo o algo hasta que teníamos un riff o una melodía que nos gustara."

 
Con Andy Summers y Stewart Copeland, de The Police, en 1978.

Sting es un caminante pródigo -podés verlo paseando por Central Park- y él pensaba las canciones mientras se movía. Pero aun así tenía que escribir las palabras. Así que cuando llegaba a casa después de una caminata, se servía una taza de café, se ponía el abrigo, agarraba la guitarra, y se sentaba en su frío balcón con una vista impresionante de los edificios de Manhattan. No se permitía volver a entrar a la casa hasta haber terminado alguna letra. "Compuse cuatro canciones en dos días", dice Sting. "Hacía un frío del carajo."

Sting después entraba con las canciones y se las tocaba a Styler, quien él dice que es la crítica más severa. "No me va a decir que algo es horrible", dice con la sonrisa de quien estuvo casado durante muchos años. "Pero me doy cuenta."

Viene componiendo canciones de protesta encubiertas desde "Driven to Tears", de The Police, así que no es una sorpresa que haya un aluvión de canciones políticas apenas ocultas en este disco. "One Fine Day" lidia de manera humorística con la esperanza quijotesca de que el cambio climático sea de hecho un mito, mientras el mundo se derrite a nuestro alrededor. "Ishallah" se refiere a la crisis de refugiados desde una perspectiva humanitaria; "Empty Chair" es una oda a James Foley, el corresponsal ejecutado por ISIS en 2014. Un entrevistador hace poco relacionó a Sting con Woody Guthrie, una comparación que lo confunde. "Woody Guthrie, nunca lo escuché", dice Sting con una sonrisa de satisfacción. "A Woody Woodpecker [El Pájaro Loco] sí."

Sting es activista desde hace más de 30 años, pero ahora lo mantiene en perfil bajo, dirigiendo su Rainforest Foundation Fund con Styler y un grupo de expertos, trabajando en proyectos más pequeños que ayudan a gente en 21 países en regiones subecuatoriales.

La política, en sus canciones, también evolucionó. Hablamos de "We Work the Black Seam", un lamento de 1985 sobre el thatcherismo, el peligro de la energía nuclear y la pérdida de empleos en la industria del carbón en Newcastle y otras áreas de la infancia de Sting. Ahora está más informado acerca de las desventajas del carbón y la necesidad de la energía nuclear. "Con lo que hoy sabemos de la energía, diría que mi posición cambió", dice. "Creo que si vamos a enfrentar el calentamiento global, la energía nuclear es la única forma de crear grandes cantidades de energía."

La banda lo espera adentro. Pero quiere dejar algo perfectamente en claro: "Pero bueno, yo no soy científico".

Entre las dos visitas, cumpli 50 años y Sting llegó a los 65. Le entusiasmó hablar sobre estos hitos, aunque la la primera vez que nos encontramos dijo no saber exactamente su edad. Es una persona mayor, y Sting sigue pareciendo, de manera irritante, de 38 años. No es un accidente. Cada mañana nada durante una hora mientras escucha conciertos de cello de Bach interpretados por Yo-Yo Ma. Después toma una clase de pilates. Se autodefine como "superficial y disciplinado". Le pregunto si en algún momento de su vida se dejó estar y subió 10 o 15 kilos después de una gira. Me mira como si estuviera loco: "¡Ni en pedo! Me suicido. Me moriría de la vergüenza. En lo que respecta a mí mismo, soy antigordura".

Con tanta charla de autoconservación, podés pensar que Sting es una de esas personas que se convencieron de que su situación privilegiada en la cadena alimenticia humana implica que quizás nunca se va a morir. No es así. El día antes de cumplir 65 años, tocó ante un público de 100.000 personas en la versión australiana del Super Bowl, en Melbourne. Después pasó gran parte de su cumpleaños solo en su hotel pensando en el hecho de tener más días por detrás que por delante.

Pasa una cantidad de tiempo inusual pensando acerca de la muerte. Sus padres murieron jóvenes, y Sting faltó a sus funerales, culpando a las giras, pero ahora sabe que fue un error. Aun así, todavía no hizo las paces con el final. "Pienso en la muerte desde que era niño", dice Sting, quien tuvo una educación católica. "Me da una suerte de vértigo espiritual. Me crié en un ambiente religioso, con ideas de eternidad, del eterno sufrimiento o cielo eterno, lo cual sonaba igual de tormentoso para mí. Me obsesioné, o quizás me volví macabro."

Uno de los intentos de Sting para analizar la mortalidad consistió en sus múltiples experiencias tomando ayahuasca, una droga psicodélica popular en ceremonias espirituales en Sudamérica. "Creo que es una manera de ensayar la sensación de estar muerto", dice, acentuando que no es una droga placentera. "Cada vez tengo que reunir coraje para hacerlo. Básicamente te enfrentás con la mortalidad, y es como si estuvieras muerto, fuera del tiempo. Te pasa la vida por delante, y estás en otro nivel. Sólo puedo describirlo vagamente. La mayoría de la gente se muere en un estado de pánico. De terror. Yo creo que hay otro modo de hacerlo. Se supone que vamos a morir. Tiene que haber una forma de morir en paz, aceptándolo."

 
Cuando tenía 3 años, en Newcastle, Inglaterra. Foto: Gentileza Familia Sumner

Al escuchar a Sting y su banda tocando canciones de 57th & 9th, una de las primeras cosas que noto es que hay bastante espacio entre los instrumentos. Lo ames o lo odies, las canciones de Sting rara vez reúnen sonidos cacofónicos para ocultar falta de ideas. Hay un toque de distanciamiento sónico en ellas, como si Sting tuviera un secreto que no te permite conocer del todo. Ese distanciamiento también está presente en su personalidad. Te transmite la sensación de estar tirando un golpe que mantiene al resto del mundo apartado, incapaz de alcanzarlo. "Estoy con él desde hace 27 años, pero no podría decir que somos cercanos", dice Dominic Miller, su guitarrista. "Pero lo que sí puedo hacer es acercarme a él en un nivel musical."

El costado solitario de Sting es el mayor responsable de la ruptura de The Police luego de solamente nueve años. "Una banda es una democracia", dice Sting. "O el semblante de una democracia. Tenés que simular mucho." Si bien ha dicho más de una vez que disfrutó de la reunión de The Police en 2007, puede que Sting haya estado mintiendo. "Fue un regreso a esa democracia forzada, y me recordó por qué no estoy en una banda", dice. "Era la banda de Stewart. El la empezó, él le puso el nombre, y el concepto era suyo." Le pregunto si la banda era una democracia en 1983, en la época de Synchronicity. Sonríe astutamente y se encoge de hombros. "No."

Sting sigue teniendo una buena relación con sus ex compañeros, pero dice que la gira de reunión no se va a repetir: "Para mí, se cerró un círculo. Nunca nos habíamos separado oficialmente. Fue un timing perfecto. Ahora, ya se siente como algo terminado".

Al escucharlo ensayar con su grupo actual, Sting parece más relajado e indulgente. "Uno de nosotros puede equivocarse y él no dice nada, o quizás hasta se abre un camino nuevo", dice Miller. Esto es un gran progreso en comparación con el Sting de la primera época. Cuando le pregunto por su antigua reputación de ser un dictador, rápidamente asiente con la cabeza. "Yo era un maldito arrogante. Ahora soy un mejor líder. Soy una persona más tranquila." Hace una pausa y sonríe ampliamente. "Creo."

El Sting más calmo estuvo presente la noche después de la elección presidencial en Nueva York. Mientras los ciudadanos de Manhattan entraban en pánico y bebían antes de un show en el Irving Plaza, Sting apareció y reconoció que muchas personas en el público seguro estaban "traumatizadas". Luego dirigió al público para cantar un eslogan muy británico: "Cálmense y sigan adelante". Después tocó "Message in a Bottle" y el público ya borracho cantó un poco más fuerte en el estribillo: "Estoy mandando un pedido de ayuda.".

Días después en París, Sting reabrió el Bataclan, donde, en noviembre de 2015, 89 personas fueron asesinadas por terroristas. Le habló al público en francés. "No los olvidaremos", dijo. "Esta noche tenemos dos tareas. Primero, honrar a aquellos que perdieron la vida en los ataques. Después, celebrar la vida y la música."

La ambición puede dejar un sabor amargo en la gente joven y bella. La ambición puede ser encantadora en la gente vieja y bella. La noche antes del ensayo con su banda, Sting dio un recital acústico en el Grammy Museum, en Los Angeles. Sting estaba ocupado siendo Sting, preguntando por qué tenía que sostener un micrófono, intentando no poner caras y mirar para otro lado cuando le hacían preguntas que él consideraba banales y pidiéndole a su anfitrión que adivinara cuántos años llevaría escuchar toda su música en Spotify... sólo su trabajo solista. Cuando el conductor se encogió de hombros, Sting le dijo: "Veintisiete años. Imaginate eso".

También informó que "I Can't Stop Thinking About You" había llegado al puesto Número 4 en el ranking de radio de Música Alternativa Adulta. Sting no había llegado a ningún ranking en diez años, y era evidente que para él esto significaba mucho. Pero hay más en la anécdota. Su hija música, Eliot Sumner, estaba en el mismo ranking, un puesto arriba. "Fue fantástico. Ella estaba encantada, y dijo: 'Oh, papá, estamos en el mismo ranking'". Hizo una pausa, y se le cayó la máscara que a veces usa sobre su rostro esculpido. "De hecho tenía una escucha más que yo."

No me di cuenta de si era en serio o no. Y después lanzó una sonrisa enorme. Por un momento, Sting no era Sting, sino solamente un padre orgulloso. Le quedaba bien.

Stephen Rodrick

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