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Los Espíritus - 'Agua ardiente'

Independiente - Cuatro estrellas

Por Oscar Jalil

En clave de swing, como habilidad musical que trasciende los géneros, y con un puñado de historias para despabilar zombis y otros distraídos, Los Espíritus pisan el umbral del disco definitivo en Agua ardiente. Desde el título, más textual que etílico, el tercer disco del sexteto de La Paternal es pura devoción por la cadencia, el blues narcotizado y los nuevos boleros de un tiempo hostil que pide a gritos algo de romanticismo. Son diez fragmentos como mapas u hojas de un diario de viaje, historias chiquitas que crecen en la repetición: después de la primera escucha es imposible olvidarse del pibe que mira al hombre en un subte "y le aguanta la mirada", o de la frase: "Las armas las carga el diablo y las urnas si está de humor", mientras una orquesta de blues para películas de frontera adorna las escenas. Las voces de Maxi Prietto y Santi Moraes exploran la sensibilidad y el despojo y son bastante parecidas en ese juego de hamacarse entre la modorra y la sugestión, pero el encaje pertenece a la base rítmica, que junto a la guitarra ultrapsicodélica de Miguel Mactas completa el círculo de precisión. Como unos Bad Seeds sin trajes oscuros y de aquí nomás, Los Espíritus pintan su gueto con sabor global. Quizás el mejor reflejo de un disco con pasta de clásico descanse en los minutos que dura "Perdida en el fuego", un glorioso ejercicio poético que transforma el horror en belleza.

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