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El Rey del Acido

Por mas de dos decadas, segun las autoridades norteamericanas, Leonard Pickard fue un campeón del submundo del LSD, cuenta su historia por primera vez.

El año pasado llego un nuevo preso a la cárcel del Condado de Shawnee, en Topeka, Kansas: un hombre educado, proveniente del área de la Bahía de San Francisco, que sobresalía entre los demás detenidos, casi todos delincuentes menores. Hablaba rápido y en voz baja, practicaba yoga, meditaba en su celda y leía libros difíciles, de matemática y física. Además del uniforme de prisión, usaba sandalias con medias. Tenía una espléndida cabellera plateada que le llegaba casi hasta los hombros.

Su nombre: William Leonard Pickard. Unos días antes, el 7 de noviembre de 2000, este señor de 55 años, egresado de Harvard, había sido arrestado en un silo abandonado de misiles Atlas e, cerca de Topeka. Se lo acusaba de ser uno de los mayores fabricantes de lsd del mundo; un químico que tenía a su alcance los medios para cocinar ácido lisérgico de a kilos. Si se comprueba esta imputación del gobierno norteamericano, Pickard se convertirá en uno de los popes de la fabricación de ácido, congregación clandestina que probablemente no cuente con más de doce miembros en todo el planeta.

Los cocineros de ácido son difíciles de atrapar. Los laboratorios se instalan velozmente y se desarman con facilidad, y en apenas unos diez días pueden llevarse a cabo una serie de complicadas reacciones químicas que produzcan una partida considerable de esta droga: la cantidad suficiente para obtener cientos de miles de dosis. La parte más complicada del proceso es conseguir el producto químico conocido como tartrato de ergotamina. Este compuesto, que en los Estados Unidos se utiliza para tratar las migrañas y está muy reglamentado, suele traficarse desde Europa del Este, donde no está sujeto a tantas restricciones.

La fabricación de ácido es quizá uno de los últimos emprendimientos delictivos en el que ganar dinero no es la única motivación: hoy, aunque ya pasaron más de tres décadas desde el Verano del Amor, cocinar ácido sigue siendo un sacramento, un servicio público. Los integrantes de la pequeña banda de cocineros actúan con sigilo y rara vez son delatados por sus colegas, ni siquiera por los que reciben largas condenas. La última vez que la dea (Drug Enforcement Administration) desmanteló un laboratorio de lsd fue en 1991.

El caso de los Estados Unidos contra Pickard es el capítulo más reciente ;y tal vez el último; de la extraña y por momentos fantástica fábula de William Leonard Pickard y su periplo, que comenzó con una infancia privilegiada en Atlanta, siguió en los alucinógenos años 60, y en los 90 lo puso a la delantera de las investigaciones sobre drogas sociales en las universidades norteamericanas más prestigiosas. Durante este recorrido ;y escudándose tras diversos alias, Pickard se cruzó con músicos de rock de la talla de Sting y se hizo amigo de miembros de la Cámara de los Lores de Gran Bretaña y de funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores de los Estados Unidos. Por otro lado, tiene un prontuario que se remonta a su adolescencia; ya estuvo preso dos veces por fabricación de drogas: lsd y mescalina sintética. Trabajaba en un respetado instituto de investigación de políticas sobre las drogas y tenía pensado estudiar medicina, para dedicar su vida a aliviar el sufrimiento del prójimo. Pero a la vez se había hecho amigo de un hombre llamado Gordon Todd Skinner;que luego, dice, lo traicionó, un vendedor de marihuana de Tulsa, Oklahoma, que andaba en un Porsche y tenía veinte años menos que él.

Es de esperarse que el juicio a Pickard;que se iniciaría este mismo año; arroje luz sobre el peligroso y secreto mundo de la fabricación de lsd por primera vez después de varias décadas. Y quizá también se revelen otras verdades. En cierto sentido, el cuento de Leonard Pickard y Todd Skinner habla del choque entre el idealismo de los años 60 y el materialismo y pragmatismo de los 90 o, por así decirlo, entre el país de Timothy Leary y el de Bill Clinton.

El Triangulo del Acido se cree que la mayor parte del acido lisergico que se consumio en estos últimos treinta años fue fabricada en laboratorios transitorios montados en sótanos y depósitos situados en la Bahía de San Francisco y alrededores, zona de California que los agentes antidrogas llaman "el Triángulo del Acido". La última vez que estos agentes confiscaron una cantidad significativa de ácido (más de un millón de dosis), en 1993, identificaron a un proveedor que vivía en Bolinas, el vértice norte del triángulo. Pero se trataba de un proveedor, no de un químico; los investigadores antinarcóticos jamás dieron con el químico. El lsd de hoy contiene dosis mucho más bajas que el que vendía Augustus Owsley Stanley iii con el nombre de "sol naranja" en la década del 60 (20 microgramos, en vez de 200 o más); ahora sirve para delirarse en una fiesta, más que para pegarse un viaje de ocho horas.

Preparado triple: lsd que se reelabora tres veces para aumentar su pureza. No es muy fácil de encontrar ;explica Dave Tresmontan, agente especial a cargo de la delegación de San Francisco del Organismo de Control de Narcóticos de California [California Bureau of Narcotic Enforcement, bne].

No es fácil determinar cuándo se metió Leonard Pickard en el mundo del lsd. El bne piensa que integraba la legendaria Hermandad del Amor Eterno, que funcionó en la zona del Triángulo del Acido a fines de los 60 y principios de los 70 vendiendo hachís y lsd cocinados por Owsley y otros químicos. La filosofía de la Hermandad, por lo menos en un principio, era simple y benéfica: mediante el lsd, estimular a la gente y expandir la conciencia era más importante que hacer negocio. Cuando un día, durante una entrevista en la cárcel, surgió el tema de la Hermandad, Pickard se abstuvo de confesar que había tenido contactos con la agrupación, pero sí habló de ella con reverencia y con conocimiento de causa:

Tengo entendido que había algunos químicos que nunca jamás fabricaban lsd sin rezar por la seguridad de los que lo consumieran. Eso me dijeron.

Pickard sonreía enigmáticamente mientras hablaba, sentado en una silla de plástico, con la tranquilidad de un Buda, en una sala en la que a duras penas cabía su físico de 1,95 metro.

Un juicio nacional, en 1973, desbarató las operaciones de la Hermandad y pareció fragmentar la cultura de la cocina. Después de ese caso, el bne tardó años en volver a desmantelar otro laboratorio importante en el Triángulo del Acido; sólo hizo alguna que otra confiscación. Hasta que, en 1988, el Organismo recibió denuncias de fuertes olores que salían de un depósito de Mountain View, California, a unos 70 kilómetros de San Francisco. El 28 de diciembre, cuando llegaron los investigadores con una orden de allanamiento, justo salía del depósito un hombre de 40 años, alto y agradable, con diversos documentos en los que figuraban distintos nombres. Pero su nombre verdadero era William Leonard Pickard.

Un Chico con Plata leonard pickard tuvo una infancia precoz en atlanta, ciudad que en los años 60 era ajena a los conceptos de la tolerancia y la experimentación. Su padre, William, ejercía el derecho civil, y su madre, Lucille, tenía un doctorado de la Universidad de Columbia e investigaba sobre enfermedades fúngicas en los Centros para el Control de las Enfermedades. Los Pickard llevaban una vida holgada en los prósperos suburbios de la ciudad, un barrio religioso en el que habitaban familias del ámbito académico. "La madre del gobernador de Georgia me enseñó catequismo", cuenta Pickard, con entusiasmo, en una carta que escribió en la cárcel. "Me vestía de traje el domingo, no tomaba alcohol, aprendí a manejar rifles a los 9 años. Leía sin parar. Azaleas, rododendros, relámpagos, luciérnagas. Incontables momentos felices de chico, observando paramecios por el microscopio de mi bisabuelo. Científicos que venían de todas partes del mundo se quedaban en nuestra casa. Mucha conversación." Pickard, que era una especie de prodigio de la ciencia, pasó el verano de 1962 como residente en el Laboratorio Nacional Argonne, de Illinois. Un año después, a los 17, ganó un Concurso de Talento Westinghouse, por lo que quedó entre los cuarenta adolescentes considerados como los mejores alumnos de ciencias de los Estados Unidos. Le llovieron veintidós becas de estudios, sin que las pidiera, y él eligió Princeton. Pero lo tentaban los clubes de jazz del Greenwich Village, que le quedaban muy cerca, y menos de un año después abandonó los estudios: "No era tan inteligente como pensaba".

Con el dinero de su beca, Pickard echó a rodar en busca de "experiencias de la condición humana más amplias que las que me podía haber dado la carrera académica". Mientras recorría el país, a mediados de los 60, le pasó de todo. Primero, a los 18 y recién salido de Princeton, lo arrestaron dos veces en Alabama por falsificar cheques, en 1964. Y al año siguiente, en enero, lo detuvieron por robar un auto, "para divertirme", recuerda. "Insensateces de la juventud."

Pickard llegó a la Costa Oeste en 1967 y allí conoció a Talitha Stills, hermana de Stephen Stills [ex Crosby, Stills, Nash & Young].

Fue una época fascinante asegura Talitha–. Todos andaban dando vueltas por las universidades de Berkeley y Stanford, estudiaran allí o no, porque participaban de las protestas. Leonard siempre estaba en Stanford con muchos de los que la tenían clara. Estaba de vuelta de la universidad, antes de haber ingresado siquiera. Le interesaban mucho la medicina, la química y la farmacología que sustentaban el movimiento de la droga.

Talitha también tiene presente un aspecto menos aplicado de la personalidad de su amigo:

Eramos los chicos ricos e inteligentes. Leonard tenía la plata de su beca, se podía dedicar a salir. Andaba por todas partes. Era casi imposible tenerlo bajo control. Era un mujeriego con todas las letras.

Pickard llevó una vida de bandido psicodélico durante unos siete años, parte de los cuales pasó en una comunidad de Austin. Según dice, fue una época de "nadar desnudos a la noche, hacer fogones y hablar de teología en la Alta Sierra; refinar el alma en los vastos desiertos; descubrir qué tenía verdadero valor en el mundo y qué era el buen proceder para los demás". En 1974, Pickard retomó formalmente sus estudios al anotarse en la facultad de Foothill, en las Colinas Los Altos, para cursar biología y química. Después pasó a la Universidad de San José, donde entre 1976 y 1978 estudió química orgánica y neurofisiología.

Hasta que por fin, pasados los 30 años, Pickard descubrió su verdadera vocación: cocinar drogas ilegales, pero con el deleite y el refinamiento de un epicúreo californiano. Además de saber de química, conocía las leyes, y en vez de violarlas descaradamente, trató de sortearlas. El primer compuesto con el que experimentó fue el mdma, una droga de la que pocos tenían noticia en ese entonces pero que ahora se conoce con el nombre de "éxtasis". Dado que era una sustancia ilegal, Pickard modificó la fórmula y obtuvo un equivalente químico, el mda, que venía a ser una versión un poco más alucinógena.

Con el tiempo, en Redwood City, los vecinos empezaron a quejarse de las emanaciones químicas que provenían del departamento de Pickard. Los comisionados del sheriff que golpearon a la puerta el 10 de octubre de 1977 descubrieron que en el sótano había un laboratorio de drogas en pleno funcionamiento. El inspector en jefe Alan Johnson, del despacho del fiscal del distrito de Santa Cruz, entrevistó al joven químico.

Tuve una charla fascinante con Leonard ;afirma Johnson;. Me pareció un chico inteligentísimo. Tenía puesto un pulovercito con escote en v. Era un poco cheto. La cultura de aquella época era totalmente distinta; Los cocineros de ahora sacan la receta de algún delincuente, y listo. Mezclan un poco de tal cosa con un poco de tal otra, pero no tienen idea de lo que hacen. En cambio, este tipo intentaba cambiar el mdma para que fuese legal. Usaba el argumento ;completamente novedoso de que estaba fabricando un análogo.

Finalmente, el argumento del análogo falló. En 1978, mientras Pickard tomaba clases de química en Stanford, se lo declaró culpable de intentar fabricar una sustancia prohibida, por lo que cumplió dieciocho meses de su condena de tres años. En una carta que escribió en la cárcel, negó haber fabricado drogas ilegales aduciendo que, cuando lo arrestaron, estaba tratando de vender un equipo de laboratorio que había pertenecido a un químico de la Hermandad del Amor Eterno y que contenía restos de moda.

Al parecer, el calabozo no aplacó la fascinación que sentía Leonard Pickard por la química clandestina. En febrero de 1980, poco después de su liberación, lo detuvo la policía de Gainesville, Georgia, por producir anfetaminas; meses después, en junio, lo pescaron las autoridades de Deland, Florida, por distribuir mda, el análogo del éxtasis. No había amenaza de prisión que interfiriera con su anhelo de liberar la mente colectiva.

Pienso que era auténtica su creencia de que las drogas psicodélicas eran útiles ;opina Rick Doblin, doctor de Harvard que dirige la campaña a favor de la aprobación del éxtasis para el estudio clínico en los Estados Unidos, y que conoce a Pickard. Supongo que quería hacer plata, pero tenía un concepto romántico del valor de las drogas psicodélicas, parecido al que tenemos muchos de nosotros

123.278 Pastillas y 89.802 Tabletas

L as dos vertientes de la vida de pickard se unieron en 1987, cuando llegó a la Universidad de San Francisco y se puso a trabajar con el legendario investigador de drogas Alexander Shulgin, un canoso excéntrico que junto con su esposa, Ann, dedicó su vida a estudiar los alucinógenos y a defender su valor terapéutico. Durante muchos años, Shulgin fue uno de los pocos investigadores norteamericanos con autorización para poseer drogas de categoría "1" (por ejemplo, mdma y 2c-b). Sus libros sobre este tema son eternos hitos del underground; entre ellos se cuenta pihkal, A Chemical Love Story [Una historia de amor químico; pihkal significa "Phenethylamines I Have Known and Loved": fenetilaminas que he conocido y amado]. "Para mí es un héroe", asegura Pickard, que dice haber recibido "cartas de condolencia" de parte de Shulgin después de su arresto.

Nadie sabe con seguridad si, en efecto, Pickard armó el laboratorio de lsd de Mountain View ni, en tal caso, cuándo lo hizo, pero lo cierto es que en 1988 la fábrica de ácido estaba en pleno funcionamiento. Contenía equipos de laboratorio de última generación: un rotoevaporador, artefactos de calefacción y una máquina de pastillas, instrumento casi imposible de conseguir a causa las restricciones de la dea. En el piso había cajas de papel secante con innumerables diseños coloridos y atractivos: dibujos de Escher, tapas de discos, escudos de samurai y escenas tropicales. Ya hacía tiempo que Pickard estaba allí, aparentemente cocinando ácido por kilo, cuando algunos empresarios de la zona denunciaron que sentían olor a productos químicos. Entonces entraron en acción los agentes del bne.

-Era un laboratorio enorme -informa Ron Brooks, agente especial a cargo de la oficina de San José del bne, que estuvo presente el día del allanamiento en Mountain View-. Pickard hacía lsd en secante, en gelatina, en todo.

Además, se trataba de una operación diversificada.

-No sólo fabricaba ácido lisérgico -continúa Brooks- sino también mescalina sintética, que es muy difícil de sintetizar, y muchísimas otras cosas. Me pareció un químico excelente.

Además de excelente, era prolífico, ya que produjo casi la misma cantidad que Owsley. Bear, como se le decía al histórico cocinero, afirmó que había elaborado un total de tres o cuatro kilos a lo largo de su legendaria trayectoria. En Mountain View, los agentes encontraron una nota metida en un frasco marrón que estaría dirigida a un distribuidor y que delataba el alcance de la operación: "Mientras preparo mi tercer kilo de lsd", decía, "me divierto recordando la última conversación que tuvimos hace tres años, cuando me acusaste de mentiroso, y tuve que acompañarte por el pasillo para conseguirte el primer gramo que supuestamente se te ofrecería preferencialmente...". Nunca se aclaró si fue Pickard el autor de esta nota, ni quién era el destinatario.

Un kilo de droga no será tanto si hablamos de marihuana o cocaína, pero un kilo de ácido puro alcanza para unos 10 millones de dosis, según cálculos de la dea. Lisa Brewer, una de los criminólogos que se pusieron equipo protector para examinar el laboratorio, contó 89.802 tabletas de ácido y 123.278 pastillas, una forma de lsd muy poco habitual en 1988. "Ese era grande de verdad", dice Brewer acerca del laboratorio de Pickard. "Nadie ve semejantes instalaciones."

Más adelante, cuando Ron Brooks consultó a Darryl Inaba, especialista en drogas de la Clínica Haight-Ashbury, le mencionó que había apresado a un tipo que fabricaba mescalina sintética. "No puede ser, de ninguna manera", objetó Inaba. "Es demasiado difícil de fabricar. Hay muy pocas personas en el mundo que puedan tener esa capacidad."

-Era un cristal hermoso, blanquísimo -recuerda Brooks-. Aparentemente, sólo se sintetizó unas pocas veces, y Pickard conocía el procedimiento. Esa fue la única vez que vimos este producto. Esa clase de tipos se lo toman como un desafío: lo hacen para probar que pueden. No creo que haya mercado para venderlo. Es probable que le haya costado mucho más fabricarlo que lo que pueda llegar a ganar si lo vende.

No es de extrañar que el bne no haya podido dar con los cómplices de Pickard.

-Seguimos unas pistas en Daly City y en San Francisco, y también en la Bahía del Este, pero nunca tuvimos nada en concreto -dice Brooks-. El sabía muy bien cómo borrar los rastros, y tanto él como su grupo de amigos eran genios de las identidades múltiples, las cartas secretas y los teléfonos transferidos.

Cuando los agentes entraron en el depósito y encontraron a Pickard, él les advirtió que no desbaratasen el laboratorio, aconsejándoles: "Estas cosas hacen mal. Yo, en el lugar de ustedes, le prendería fuego a todo. No examinaría la escena. Alguien va a salir herido".

Quedó demostrado que tenía razón. Max Houser, un agente del bne que estuvo en el laboratorio, se vio afectado por la droga apenas entró allí, aunque llevaba un respirador y se había cubierto el cuerpo con un traje protector. Igualmente, una o dos horas después comenzó a tener convulsiones. Un artículo publicado en el boletín de médicos forenses de California describe qué pasó a continuación: "El agente fue internado en un hospital, donde se le suministró Valium por vía endovenosa para calmar la ansiedad. Unas horas más tarde se le dio de alta. Cuando estaba duchándose en su casa, se le pasó el efecto del Valium y volvió a tener convulsiones. En esa oportunidad lo llevaron a la Clínica Haight-Ashbury, donde se le dio tratamiento. Mientras estaba en la guardia refirió un zumbido fuerte y molesto que tapaba todos los demás sonidos. Las enfermeras le hablaban y, si bien él se daba cuenta de que movían los labios, oía solamente el ruido. Al fin pudo especificar que éste provenía de la puerta automática por la que se ingresa en la sala de guardia. El agente mejoró, pero sigue sufriendo ataques de depresión y ansiedad". Esos ataques le duraron meses y meses. Pickard no se mostró muy afligido:

-Lamento que haya pasado por momentos tan difíciles, aunque yo sufrí los mismos efectos sin contar con el beneficio del traje protector.

Con esta afirmación habría admitido públicamente por primera vez que fue cocinero de ácido lisérgico o, al menos, que estuvo en laboratorios de lsd.

En 1988, Pickard fue condenado a ocho años de prisión en la cárcel Terminal Island de California. Dado que su condena se redujo, salió en libertad en 1992 y se fue a vivir al Centro Zen ubicado en la calle Page, de San Francisco, donde lo cobijó bajo su ala Blanche Hartman, la guía espiritual del Centro, más conocida como "la Abadesa".

-Ella me orientó cuando salí de la cárcel -reconoce Pickard-. En el Centro llevé una vida de monje durante dos años.

Asegura que intentó forjarse un nuevo camino: "Perdí contacto con un gran fragmento de mi historia... después de los años que pasé encarcelado". Pagaba unos 350 dólares mensuales de alquiler por una de las cuarenta pequeñas habitaciones del Centro. Al igual que los demás estudiantes, se levantaba con el timbre de las 5 de la mañana, meditaba una hora y media, hacía los cantos, ayudaba a limpiar el templo y luego desayunaba.

-La práctica monástica implica estar consagrado las veinticuatro horas -explica Blanche Hartman-. Durante la mayor parte del día, él se dedicaba a sus cosas, que no tengo la menor idea de qué eran. Nunca me enteré por completo de su vida privada. Siempre lo rodeaba un halo de misterio. Yo suponía que le había quedado dinero de la droga que había vendido, pero no tengo idea; El estaba tratando de cambiar. No sé si decir "vivir de una forma más constructiva". No sé qué pensaba del hecho de haber fabricado lsd, si lo veía como algo bueno o malo. No le pregunté. Supongo que, si bien es ilegal, no le parecía mal hacer lsd, porque cree que fabricarlo tiene algo de beneficioso; si no, no lo habría hecho.

Durante los dos años que pasó en la calle Page, Leonard Pickard se metió otra vez en la facultad: esta vez estudió neurobiología en la Universidad de California en Berkeley, con David Presti, una autoridad en el tema de las adicciones y de los efectos en el cerebro de las distintas drogas, ya sean estimulantes, depresoras, alucinógenas o esteroides. Con la tutela de Presti, Pickard se puso a analizar la adicción a las drogas, dejando de lado el tema que le había interesado antes: el de las posibles aplicaciones terapéuticas de las sustancias prohibidas. (Presti se refirió a Pickard como un "amigo muy querido", pero no quiso hablar del trabajo que realizó su alumno en Berkeley: primero no cumplió con un reportaje telefónico pactado y luego directamente se echó atrás.)

Después de cursar sus estudios en Berkeley, y gracias al apoyo de Presti, Pickard llegó a Harvard en 1994 y consiguió trabajo como investigador asociado de neurobiología en la División de Adicciones de la facultad de Medicina. Allí conoció a Mark Kleiman, un joven integrante del cuerpo docente que ya era un gran entendido en drogas sociales y en políticas sobre drogas. Siguiendo el ejemplo de Rick Doblin, un compañero del equipo de investigación sobre drogas, Pickard empezó a preparar un master en la Escuela de Gobierno Kennedy. Kleiman supervisó su monografía para el master, que se centraba en los problemas con las drogas en Rusia y analizaba en qué medida el surgimiento de una economía de libre mercado había hecho proliferar el consumo, la producción y el tráfico de drogas. "Leonard habló con gente de Rusia", informa una fuente de Harvard. "Sin duda, servía para eso. Se conectó con diversos personajes del ámbito legal, entre ellos gente del Servicio Federal de Seguridad, que es el sucesor de la kgb."

Los expertos en esta área deben tener cuidado con su reputación, dado que investigar el consumo de drogas ilegales suele estar mal visto por los organismos reguladores y los grupos derechistas, para quienes los investigadores, al no repudiar explícitamente las drogas, pueden estar defendiéndolas de manera tácita. Es necesario hacer todo con "permiso" de la dea y de otros organismos gubernamentales, según Rick Doblin. Cuando otro de los profesores que tuvo Pickard en Harvard, Mark H. Moore, profesor de Políticas y Administración de la Justicia Penal en Guggenheim, se enteró de que Pickard recibiría financiamiento en Rusia, se puso incómodo: "Yo no sabía qué reputación tenía", señala Moore, quien no estaba al tanto de los antecedentes penales de Pickard. "Me eran desconocidos en aquella época, al igual que hoy." Sin embargo, otra fuente de Harvard describe a Pickard como un alumno que hablaba mucho pero hacía poco: "Se presentó como una persona con un montón de contactos, que sabía qué pasaba en el mundo de la droga, pero no podía sacarle provecho ni demostrar la verdad de lo que observaba. Terminé tomándomelo con mucho escepticismo. Nunca pasaba nada con él".

Pickard terminó su master en políticas públicas en la Escuela de Gobierno Kennedy en 1997, y poco después, cuando Mark Kleiman se mudó a California para dirigir un grupo de políticas sobre drogas de la ucla (Universidad de California en Los Angeles), Pickard pasó a formar parte del equipo. El trabajo de Pickard no estaba financiado por la universidad, por lo que Leonard viajó en varias ocasiones a Rusia para conseguir subvenciones. En uno de esos viajes conoció a Natasha, su actual esposa, una encantadora estudiante de medicina de menos de 30 años, y se la llevó a los Estados Unidos. Pickard, Natasha y el padre de ella convivían en un departamentito. Kleiman estaba tan fascinado con Pickard que lo nombró su asistente; él le juró que entonces no cocinaba drogas en los Estados Unidos.

Una vez más, el tema que investigaba Pickard estaba relacionado con el consumo de drogas en la exUnión Soviética. En este caso, se dedicó a evaluar un defectuoso sistema que tenían los rusos para calcular la gravedad de la adicción a las drogas en ese país. Sin embargo, mientras trabajaba con Kleiman en California, aparentemente empezó a dejarse estar. "Aunque no usaba dinero nuestro, Pickard producía poco", asegura una fuente de la ucla. "Nos cautivó el cuento de que era un tipo brillante con un pasado un poco turbio que estaba intentando superar."

En esa época, Rick Doblin se relacionó con Pickard tanto en Cambridge, Massachusetts, como en la casa de Alexander Shulgin, en California del norte. Pero, así y todo, confiesa que nunca confió en él:

-¿Qué se puede decir de un tipo que va siempre de traje y corbata a reuniones que por lo común son más informales? Quería ocultar su identidad en muchos ámbitos profesionales o serios y hasta en ámbitos antidrogas. Me parecía que estaba actuando. Siempre contaba historias turbias que de una u otra manera tenían que ver con rusos que habían sacado tajada de la privatización mediante procedimientos no del todo éticos y que querían ayudar a su país estudiando el abuso de drogas. Yo no sabía qué creer. Siempre me pareció que la cosa iba más allá de lo que él contaba. A la información que daba le faltaban piezas fundamentales.

Un Amiguito Nuevo la tribu de la comunidad psicodelica se junta varias veces por año, ya sea en los Estados Unidos o en Europa, a hablar de las drogas nuevas y de las últimas investigaciones al respecto, a prender sahumerios, y a conversar sobre arte aborigen norteamericano. Fue en uno de estos encuentros, dedicado al estudio de hongos psicodélicos, donde en 1997 Pickard conoció a un joven que lo impresionó por su generosidad, su inteligencia, su humor y su encanto. Se llamaba Gordon Todd Skinner.

Skinner es alto como Pickard, pero más grandote. Pesa cerca de 110 kilos, es calvo y tiene una barba parecida a las de los zz Top. Un allegado lo describe como una cruza entre un amish y un payaso pelado. Para Pickard, Skinner era una suerte de compañero de ruta. "Cuando lo conocí, consumía sustancias exóticas todas las semanas o casi a

diario", recuerda Pi-ckard. "Le gustaba comer una planta a-lucinógena llamada ayahuasca y sus diversos análogos."

Skinner se jactaba de ser experto en finanzas internacionales y de conocer a varios famosos, entre ellos Warren Bu-ffett, el gran inversor de Nebraska. Por lo menos al principio, Pickard le creyó, en especial cuando Skinner le prometió lograr que Buffett financiara su investigación sobre drogas. Supuso que el dinero de Buffett le valdría el regreso a Harvard. Por otra parte, le dio la impresión de que Skinner tenía acceso a grandes cantidades de dinero y muchas veces recibía transferencias electrónicas, pero siempre andaba escaso de efectivo. "No podía sacar más de 3 mil dólares por vez de sus cuentas", aventura Pickard.

Skinner también hacía alarde de conocer a Sting, quien en octubre de 1999, en un descanso de su gira, pasó por San José, California, y fue a una fiesta organizada por aquél en una casa que alquilaba en Stinson Beach, antiguamente propiedad de Jerry Garcia. Chris Malone, encargado de instalar un equipo estéreo en esa casa, asegura que Skinner y Sting se trataban como viejos amigos. Pickard también estaba. Por su parte, el cantante admitió por medio de su agente de prensa que había asistido a la fiesta, donde conoció a "unas personas muy carismáticas", pero no hizo más comentarios al respecto.

Según los parámetros de Tulsa, la ciudad natal de Todd, la familia de Skinner tiene un buen pasar. El padre, Gordon, dirige la Clínica Skinner, un consultorio de quiropraxis; la madre, Katherine Magrini, que de acuerdo con la publicación Tulsa World es una de las "anfitrionas más destacadas de Tulsa", está a cargo de Gardner Spring, tradicional fábrica de resortes industriales a medida, cuyas ventas reparten entre 5 y 10 millones de dólares por año. Además, instaló una empresa de bombones llamada Katherine’s Supreme Gourmet Chocolates y forma parte de muchos comités de beneficencia de Tulsa. Después de divorciarse de Gordon Skinner, en 1981, se casó con Gary Magrini, agente de la División de Control Penal de la Superintendencia de Contribuciones, que integró la Misión de Control de Drogas para el Crimen Organizado, en el Distrito Norte de Oklahoma.

De chico, a Todd Skinner le encantaba la matemática. "No hay manera de describir el grado de conocimiento de Todd", señala Moise Seligman, general del Ejército y amigo de los Skinner desde hace veinte años. "Nunca conocí a nadie que estuviera a la par de Todd en lo que hace a la capacidad intelectual." Durante toda su vida, Skinner le dijo a Seligman que detestaba las drogas.

Entre los 20 y los 30 años, Skinner trabajó por momentos en la fábrica de su madre, y en otros deambuló por California y por el Caribe, a veces con un amigo de Holanda que decía ser fabricante de "leche en polvo". Como Pickard, Skinner usaba diferentes alias: se hacía llamar Dwayne Miller, p. c. Carroll o Gerard T. Finegan, según con quién hablara y dónde estuviese.

En 1989 ya se dedicaba al tráfico de marihuana, y le fue mal. Mientras, con un amigo, intentaba transportar diecinueve kilos de hierba por Nueva Jersey, unos policías de civil lo agarraron. Se le dictó una sentencia a cadena perpetua por ser una "pieza clave" del narcotráfico, con una fianza de un millón de dólares. A la espera de que comenzara el juicio, Skinner pasó casi un año en una cárcel de Nueva Jersey. Allí, detrás de los barrotes, puso manos a la obra con otro negocio, al que volvería después, durante su amistad con Leonard Pickard: la turbia tarea de ser soplón. Trabó amistad con otro preso, John Worthy, y le dijo que tenía trece kilos de marihuana para vender. Una vez que Worthy se mostró interesado, Skinner fue con el fiscal del distrito y le reveló el trato. Como le redujeron la fianza a 500 mil dólares, pudo volver a Tulsa, y allí, a instancias de los fiscales de Nueva Jersey, grabó unos llamados telefónicos a John Worthy. Las conversaciones eran casi cómicas: aunque Worthy apenas podía juntar 2 mil dólares, Skinner trataba de convencerlo de que se encontrara con él en un hotel de Vineland, Nueva Jersey, y tomase posesión de una cantidad de marihuana que valía 34 mil dólares.

-Skinner era un hijo de puta -dice Brian O’Malley, abogado de Worthy-. Se hizo amigo de mi cliente y le dijo: "Podemos ganar un millón de dólares" y le prometió el oro y el moro. El tipo armó una red. A su entender, la única opción que tenía era joder a otro, pasarle el fardo.

El día siguiente al arresto de Worthy en el hotel de Vineland, Skinner se declaró culpable de un solo cargo de conspiración y recibió la libertad condicional por un período de tres años, que al final se declaró concluido en menos de dos. Pocos años más tarde, un tribunal de apelación desestimaría el caso de John Worthy al dictaminar que las grabaciones realizadas por Skinner desde Oklahoma violaban las leyes de intervenciones telefónicas de Nueva Jersey.

Como tenía deudas que sumaban cientos de miles de dólares, contraídas con distintos abogados y con otros acreedores, Skinner pidió la quiebra en Tulsa en 1992. Pero no bajó la persiana frente a la adversidad; solamente se mudó. Viajó hacia el norte, hasta Kansas, y en 1996, por medio de una sociedad, se hizo cargo de una base de misiles Atlas e abandonada en Say Road, Wamego, donde se instaló. La ciudad de Topeka está rodeada de sitios Atlas e y Atlas f decomisados. Desde 1986, año en que se quitó la última arma nuclear, estos escalofriantes monumentos a la Guerra Fría hacen las delicias de aquellos que buscan viviendas poco comunes. Una de las antiguas bases nucleares forma parte de un colegio secundario de Kansas. Por lo general, estos sitios tienen amplios recintos subterráneos construidos en distintos niveles y conectados por escaleras metálicas. Gracias a que la base de Wamego está preparada para resistir a las explosiones más potentes del mundo, Skinner se encontró con un subsuelo de 4.500 metros cuadrados bajo un terreno de 11 hectáreas. ¿Por qué le interesaba semejante lugar? "No tengo la menor idea", responde su madre, "y me importa un pito".

Skinner le ofreció un trato:

-Todd me propuso: "¿Por qué no instalás tu fábrica aquí, en Kansas?" -cuenta la mujer-. Y eso hicimos.

En Wamego se empezó a decir que ese ala de la empresa fabricaría resortes para el programa de exploración espacial de la nasa. Algunos empleados de Gardner se trasladaron desde Tulsa, y otros eran habitantes del lugar que contrató Skinner para que trabajaran con una pequeña máquina de fabricar resortes. Unas dos veces por mes llegaban de Tulsa enormes rollos de alambre con los que se hacían resortes, que luego se enviaban a Oklahoma. Además, Skinner tomó como empleados a policías del lugar para que se desempeñaran como guardias de seguridad y jardineros.

Aparentemente sin fijarse en gastos, se dispuso a retocar el interior de la base. Hizo instalar computadoras, así como una nueva cocina y un sistema telefónico de doce líneas. Montó su cama de roble en un pedestal y colocó una bañera con revestimiento de mármol. Por la bañera de Skinner desfilaban distintas chicas del lugar. De una tienda de audio de Sacramento llegó un equipo de música Dynaudio Evidence de 365 kilos que costó 120 mil dólares. Sólo los parlantes, de los que existen apenas cinco pares en los Estados Unidos, valían 85 mil dólares.

-Todd compraba cds y jamás los escuchaba ni los abría siquiera; los dejaba ahí tirados en el suelo -recuerda Pickard.

Su gusto no estaba a la altura del equipo que había adquirido: según Chris Malone, que instaló el sistema, Skinner escuchaba más que nada pop de la década del 70, específicamente Cat Stevens y Styx. Fuera de la base estaban estacionadas las recientes adquisiciones de Skinner en materia de autos: tres Porsches último modelo, entre ellos un 4wd Boxster, que cuesta unos 225 mil dólares.

La vida en la base de misiles se asemejaba a una especie de idilio de los años 60. Cada tantos días, durante más o menos un año, Skinner llamaba a Pickard a California y le relataba sus deslumbrantes experiencias con las drogas psicodélicas. Pickard, siendo quien era, entendía en qué andaba Skinner:

-El tenía poco más de 30 años... Estaba explorando, supongo. No tenía otra cosa que hacer.

Por el terreno se paseaban animales varios: llamas, pollos y conejos, y hasta caballos Clydesdale y una mula. Había una huerta exuberante. Se plantaron árboles frutales de distintos tipos y se instaló un molino de agua. Skinner contrató a unos cuantos residentes del lugar, por 7 dólares la hora, para que se encargaran de la limpieza, la pintura y el cuidado de las plantas, y les pagaba con cheques de las cuentas que tenía Gardner Spring Inc. en Tulsa. Al parecer, en la base no importaba si las tareas se terminaban ni si se hacían rápido. Una vez, por ejemplo, una mujer que de cuando en cuando cuidaba a los dos hijitos de Skinner se pasó tres días plantando cardos, por lo que recibió una bonificación de 235 dólares.

Aparecían hombres -amigos de Skinner- que venían de California y de otros lugares del oeste norteamericano, y se quedaban allí semanas enteras; eran tipos de barba y pelo largo, con aspecto de zombies. Uno se pasó varias horas cortando manzanas, y otro orinó en un frasco de vidrio que después llevaba con él a todos lados. Los invitados fumaban marihuana a voluntad. Había cerveza para el desayuno. Era habitual que llegaran pedidos extraños: una docena de ollas de presión por aquí, un cargamento de acetona por allá. Skinner y sus amigos trabajaban de noche.

Un día, en abril de 1999, ocurrió una fatalidad. Un empleado de una empresa de computadoras de Tulsa, Paul K. Hulebak, de 41 años, se desplomó delante de una pantalla de computadora. Por casualidad, Pickard resultó testigo de la muerte de Hulebak.

-Skinner estaba hablando por teléfono conmigo, contándome sus últimas peripecias con las drogas -dice Pickard- cuando Hulebak tuvo la sobredosis. "Tengo un problema", se interrumpió Skinner mientras me hablaba. "Después te llamo."

La autopsia reveló marcas de agujas en el cadáver de Hulebak y determinó que la causa de muerte había sido una sobredosis de drogas combinadas: metadona e hidromorfona, un derivado de la metadona. Los comisionados del sheriff fueron a investigar pero no encontraron ni drogas ni jeringas.

-En la base habían limpiado todo resto de fentanilo, dilaudids, etcétera -recuerda Pickard.

Había varios cuartos subterráneos, siempre bajo llave, en los que nadie tenía permiso para entrar, salvo Skinner y Gunnar Guinan, su brazo derecho. Guinan, hijo de un ejecutivo de una fábrica de alfombras de Hoboken, Nueva Jersey, era fanático de las computadoras, igual que Skinner, pero no tenía mucha experiencia laboral. Su hermana, la doctora Eva Guinan, directora del programa de Transplante de Médula Osea y Célula Troncal del Instituto Dana-Farber de Boston, dice que Gunnar había vivido un tiempo en Kansas, pero que en los últimos diez años ella no lo había visto más que dos veces, en reuniones familiares. Por otra parte, aseguró que no sabía nada de la investigación que llevó a cabo la dea en Wamego y que nunca había oído hablar de Todd Skinner.

Los residentes de Wamego, un humilde poblado de 5 mil habitantes, tenían a Skinner por un rico malcriado y a Gunnar Guinan por el subalterno borracho. Pero las charlas de café siempre volvían a lo mismo: ¿qué era lo que pasaba en la base de misiles? ¿Qué había detrás del cuento de la fábrica de resortes? Algunos pobladores pensaban que la base era un laboratorio de matanfetamina. El sheriff del condado llamó a la dea, pero no sacó nada en limpio.

Hace dos años, de pronto Skinner desalojó la empresa de su madre.

-Un día me dijo que me mudara de la base, lo que implicaba un costo enorme -dice la señora, con rabia-. Tocaste un tema que no pienso recordar. Volví a llevar toda la planta a Tulsa, y de ahí no se mueve más.

Durante este último año, los vecinos estuvieron viendo camiones Ryder que pasaban por Say Road casi las veinticuatro horas del día y después desaparecían al cruzar la puerta.

-Venían un montón de camiones de Oklahoma, Missouri -cuenta Linda Lada, dueña de un salón de belleza ubicado cerca de la entrada de la base-. No sé por qué, si se suponía que la fábrica de resortes había cerrado.

El sistema de seguridad, siempre riguroso, comprendía cámaras, detectores de movimiento y sensores infrarrojos.

Pickard y Skinner -y un séquito del que formaban parte la madre de Skinner y Moise Seligman- fueron a Las Vegas en junio del año pasado. Seligman iba a hablar con Skinner de una válvula solenoide con la que, según Skinner, ganarían millones de dólares:

-Yo había ido a conversar sobre la válvula con Todd, y ahí conocí a Pickard. Cuando volví a mi casa, le conté a mi esposa: "Conocí a un hombre que se llama Leonard Pickard, un caballero distinguido. Hace años que no me encuentro con alguien que me cause tan buena impresión".

Katherine Magrini, a quien Skinner había invitado para festejar el Día de la Madre, no quedó tan impresionada con el nuevo amigo de su hijo. Dice que Pickard se presentó como Leonard Thiessen.

-Ese Leonard, o como se llame, es un repugnante total. Cuando habla da asco. Enseguida me resultó sospechoso.

Pickard aduce que, en Las Vegas, Skinner tenía otras cosas en mente además de la válvula solenoide: también se habría metido en una operación de lavado de dinero que consistía en comprar fichas por un valor de 200 mil dólares, apostar un poco en el casino y por último cambiar las fichas por efectivo. Por qué lo hizo, si de hecho fue así, no queda claro. Skinner, por intermedio de Thomas Haney, su abogado de Topeka, se negó a dar entrevistas para esta nota.

Para renovar la base, Skinner trató con distintas empresas constructoras del lugar y, por un tiempo, les pagó enseguida; al menos, les pagó Gunnar Guinan, su compinche de Kansas.

-Gunnar era el que nos llamaba cuando necesitaba que le hiciéramos un trabajo o si quería comprar piezas -explica Toni Stremel, gerente de Thermal Comfort Air, compañía que instaló una bomba de agua caliente en la propiedad-. Venía con la camisa desabotonada, mostrando los pelos del pecho, y fanfarroneaba diciendo que tenía que ir a Kansas City a buscar a su prometida, que había encargado por medio de una revista.

Guinan apoyaba un maletín lleno de dinero en el escritorio y lo abría.

-Sacaba lo que nos debía y se iba.

Durante estos dos años, Leonard Pickard fue a la base de misiles de Wamego a visitar a Todd Skinner unas cuantas veces, y en cada visita se quedó unos días, o incluso semanas. Sin embargo, nunca disfrutó del lugar: "No era cómodo, y el karma estaba mal". La única habitación de verdad era la de Skinner; los huéspedes dormían en colchones colocados en el antiguo compartimiento de los misiles. Además, a Leonard le parecía mal la actitud de Skinner hacia sus supuestos amigos:

-Todd era autoritario. Trataba a todos como empleados.

Para Pickard, la base no era un "templo psicodélico", como pretendía Skinner, sino más bien un "templo al ego".

Finalmente, a mediados del año pasado, el flujo de dinero de Skinner se cortó misteriosamente, en tanto que aumentó su consumo de drogas alucinógenas, según Pickard. Skinner hizo trizas uno de sus Porsches y reventó el camión de Gunnar. Pickard, preocupado, acudió a la madre de su amigo, Kath- erine Magrini:

-Hablé con ella mil veces de los despilfarros que hacía Todd y de su tendencia a sufrir accidentes. "Este chico tiene que parar un poco, porque no pasa ni una semana sin que tenga algún problema. No hay tregua."

Magrini explotó por teléfono cuando le pedí que confirmara dicha conversación. "¿Qué!", gritó. "¡Es una mentira total! ¡Qué pedazo de porquería que es ése! ¿Dónde está el muy hijo de puta? Le voy a caer encima con una cuadrilla de abogados."

Por primera vez, empezaron a quedar cuentas impagas por miles y miles de dólares. Unas cuantas constructoras hicieron juicio para cobrar lo que se les debía.

-Gunnar me llamó para preguntarme si aceptábamos un piano de cola chico para saldar la deuda -cuenta Toni Stremel.

La tienda de audio de Sacramento inició acciones contra Skinner en agosto, dado que no había recibido ni un centavo de los 120 mil dólares de la factura.

Pero lo más grave para Pickard era que Skinner no cumplía la promesa de conseguir los 440 mil dólares para financiar nuevas investigaciones, en Harvard, sobre drogas. Skinner se pasó meses y meses ocupándose -supuestamente- de lograr que una fundación dirigida por Warren Buffett aportara el di- nero. "Yo esperaba, porque estaba muy entusiasmado con el proyecto", dice Pickard. "Me moría por volver a Cambridge." En junio del año pasado, cuando Pickard preguntó en la Escuela Kennedy por el arreglo con Buffett, las autoridades no estaban enteradas del asunto. "Me mintieron", se queja Pickard. "Cuando me di cuenta de que era todo un circo, me sentí muy usado y empecé a alejarme."

Pero Skinner tenía otras dificultades. Una noche, en enero de ese año, había ido al Casino Harrah’s Prairie Band, cerca de Wamego. Tuvo una buena racha y, cuando fue a canjear sus fichas, le pidieron el documento. Mostró una identificación falsa de Interpol y se hizo pasar por agente especial del Ministerio de Hacienda de los Estados Unidos. Esa misma noche, los comisionados del sheriff recibieron un aviso por parte del casino y lo arrestaron, y más adelante los fiscales federales de Topeka le imputaron dos cargos por delitos mayores. En junio, Skinner se declaró culpable de portación de documentos falsos, lo que se considera una falta leve, y debió pagar una multa de 10 mil dólares.

Pickard dice que empezó a evitar a Skinner.

-Decidí que lo mejor era dar un paso al costado. Se había vuelto impredecible y medio loco. Entre mediados de julio y octubre, no tuvimos contacto de ningún tipo. Su vida se estaba desmadejando. Hasta que me llamó.

De sólo recordar la conversación, Pickard se pone tenso.

-Era un llamado intervenido.

Quiere decir que los agentes de la dea -entre ellos el agente especial Karl Nichols, que se dedicaba a buscar laboratorios clandestinos para el despacho de Richmond, California- estaban escuchando y grabando la charla.

De qué hablaron exactamente y cuál fue el motivo preciso por el que Skinner cayó en brazos de la dea son incógnitas que todavía no se revelaron, aunque tal vez se resuelvan en el juicio, durante el cual Pickard será representado por el importante abogado penalista William K. Rork. De una cosa no cabe duda: ese llamado intervenido desató una serie de acontecimientos que quizá pongan fin a la dichosa libertad de Leonard Pickard y coarten sus posibilidades de desarrollarse como científico innovador. Además, si se ha de creer lo que afirma el gobierno de los Estados Unidos, puede ser que la grabación haya frenado en gran medida la producción de lsd de fabricación norteamericana.

El Buick plateado 23 de octubre de 2000, 20.40 horas. En un Buick Century alquilado, de color canela, llegó Leonard Pickard al estacionamiento del Hotel Four Points Sheraton de San Rafael, California. Mientras su esposa, Natasha -entonces embarazada-, lo esperaba en el bar del hotel, Pickard se encontró con Todd Skinner en una habitación; los de la dea escuchaban desde el cuarto contiguo. La reunión duró una media hora. Skinner y Pickard hablaron de diversos temas relacionados con el lsd, como la idea de instalar un laboratorio offshore. Skinner llamó a Pickard el 29 de octubre para preguntarle cuándo podía darle "la llave del Dodge", frase mediante la cual se referían al laboratorio de ácido.

Unos días después, el 4 de noviembre, Pickard y un amigo, Clyde Apperson -consultor de computación de Sunnyvale, California-, aparecieron en la base de misiles de Wamego en dos vehículos alquilados: un Buick Le Sabre plateado y un camión Ryder de 4,5 metros. A Skinner, que nunca había sido tímido, se lo veía más fanfarrón que nunca. "¡No les tengo miedo ni a la mafia ni al gobierno!", fueron sus palabras, según Pickard. "¡Tengo más poder de lo que pensás!", advirtió antes de irse vaya a saber adónde. Entonces, Pickard y Apperson se pusieron a cargar en el camión embalajes militares llenos de instrumentos de vidrio y productos químicos. En el Buick plateado metieron seis kilos de tartrato de ergotamina, cuyo precio era de 600 mil dólares. El gobierno de los Estado Unidos sostiene que con esa cantidad alcanza para fabricar 15 millones de dosis de lsd. Dos días más tarde, una vez que terminaron de cargar, Apperson se puso al volante del camión Ryder y Pickard se subió al Buick. Era hora de mudarse a un nuevo laboratorio, aducen los fiscales, mientras que Pickard declara que estaba trasladando el laboratorio para destruirlo y ahorrarle más problemas legales a su amigo Skinner.

No habían llegado muy lejos cuando un patrullero del Estado de Kansas prendió la sirena y los hizo detenerse. A Apperson lo capturaron de inmediato; Pickard, en cambio, se escapó aprovechando la oscuridad y se internó a toda velocidad en el bosque cubierto de nieve, mientras dos policías que tenían la mitad de su edad lo perseguían sin descanso. Al final se sumaron a la búsqueda agentes de la dea, perros rastreadores y helicópteros con detectores infrarrojos. Pickard los eludió durante dieciocho horas, pero por último cayó en manos de los comisionados del sheriff. En su billetera, que apareció más adelante en un quiosco de Wamego, había una Mastercard a nombre de James Maxwell -uno de los alias de Pickard- y también tres documentos falsos con ese nombre, una tarjeta de la ucla con su nombre verdadero y once tarjetas telefónicas.

Esa noche, el sheriff Anthony Metcalf pasó por la cárcel del condado a ver a Pickard, y sus modales lo dejaron impactado: "Tenía el aspecto de un señor distinguido. Si alguien me hubiera dicho: «Mirá, ahí hay un terrible drogón», el último en que se me ocurriría pensar habría sido Pickard".

Metcalf visitó la base de misiles durante una limpieza que llevó varios días y se sirvió de un escuadrón de técnicos protegidos con trajes especiales. "¿Qué alcance tiene esto, y quién es este tipo?", le preguntó a uno de los químicos de la dea que llevaban a cabo el procedimiento. "Debe haber unos siete individuos en todo el mundo capaces de montar una operación de este tamaño, y Pickard es uno de ellos."

Pickard en la picota mientras pickard se acostumbraba a vivir en la cárcel del Condado de Shawnee, en Topeka, intenté recabar más información sobre él en California, tarea por demás frustrante y, en algunos casos, improductiva.

Lo mismo pasó con Todd Skinner. Se fue de la base de misiles de Wamego, que ahora estaría en venta por un millón y medio de dólares. Una visita a su último domicilio conocido, en Berkeley, no dio ninguna pista del esquivo informante. Un integrante de la defensa de Pickard asegura que a Skinner se lo vio cerca de Mendocino -la pintoresca aldea ubicada al norte de San Francisco- entre los viajes que hacía a Topeka para reunirse con los fiscales fede- rales. Los amigos de Pickard no están haciendo mucho por salir en su defensa; algunos, porque se sienten traicionados y, otros, porque temen que también los investiguen a ellos. -No soy químico de drogas alucinógenas -me dijo Pickard con firmeza-. Tené presente que hasta el 97 estuve en Boston. Es imposible que haya fabricado kilos de lsd al mismo tiempo que trabajaba en Harvard.

Por otra parte, asegura que el lsd está bastante pasado de moda en el ámbito de la investigación sobre drogas sociales del que forma parte.

-Me interesa la necesidad de nuevas reglamentaciones para las nuevas drogas. Me preocupan más las drogas futuras que las actuales.

Después de su detención, Todd Skinner llamó a su viejo amigo Moise Seligman. "Todd me dijo: «Te quiero mandar unas notas sobre Leonard Pickard donde aparezco mencionado. Pero no tengo ninguna relación con él. Sabés lo que pienso de las drogas». Todd no bebía ni consumía nada", asevera Seligman. Skinner le prometió que lo volvería a llamar para darle más detalles, pero no fue así. "No sé dónde está. No sé si le dieron un premio o un balazo en la cabeza", dice Seligman.

En el transcurso de los diversos encuentros en la cárcel de Topeka, a Pickard se lo veía avergonzado por el juicio que le entabló la nación norteamericana, y frustrado porque el problema no se pudiera resolver cortésmente, como corresponde a seres racionales. En una audiencia celebrada en enero, frente al juez federal, Pickard ofreció, en esencia, permutar su libertad por la de otro: "Si me liberasen, aun con las limitaciones más severas, de inmediato procedería a acatar el organismo federal y a cooperar incluso en forma enérgica con la dea en las cuestiones que sean de su interés". Pero el juez le negó la fianza.

Casi todas las semanas, Pickard me escribía cartas desde la prisión. A veces llegaban dos o tres el mismo día. Contenían respuestas cuidadosamente redactadas a mis preguntas, intercaladas con letras de Van Morrison y con citas de diversas luminarias, desde el poeta w. h. Auden hasta Carlos Lehder, el barón colombiano de la cocaína ("La cocaína es una bomba atómica que apunta al corazón de los Estados Unidos"). Las cartas de Pickard daban la sensación de que tenía todo bajo control y confiaba en que su capacidad intelectual y su experiencia le permitieran superar todos los obstáculos. Más de una vez dio a entender que contaría una fábula más suculenta una vez que terminara su juicio: "Una retrospectiva posterior a la disposición sería un escrito más apasionante y sentido".

Rick Doblin no tiene ninguna intención de leer ese escrito.

-Ya lo agarraron muchas veces, y le pareció conveniente brindar información a la policía sobre personas que se dedican a otras drogas que él no considera tan útiles. Es un juego difícil. Cuando empezás a cooperar, es fácil perder de vista tus valores. El código de honor de los vendedores de drogas es que no se delata a nadie. Y se aplicaba más en las viejas épocas, con los dealers de marihuana. La cosa cambió un poco cuando pasaron a la cocaína. Pero con los de lsd fue siempre así. Por eso es raro que la dea descubra laboratorios y grandes distribuidores de lsd.

Por su parte, los agentes de la dea siguen investigando a Leonard Pickard. ¿Acaso él tiene algo para darles? El agente Nichols piensa que Pickard posee a su servicio una red de distribución mundial. Hasta ahora, Pickard no se mostró dispuesto a tratar ese tema. Sin embargo, parecería que esta vez se siente bastante más presionado que en 1988, cuando era soltero y cocinaba drogas en Mountain View. Se perdió el nacimiento de su hija, también llamada Natasha, en diciembre de 2000, y la tuvo en brazos por primera vez en un tribunal de Kansas, durante un minuto y rodeado de guardias armados. Luego, recordando ese triste momento, escribió: "Fue un soplo de regocijo sin límites. Envuelto por lo sagrado, susurré todo el amor y el consuelo que tenía a mi alcance y juré regresar a su lado. Hubiera querido abrazarlas para siempre, y aun ahora lo querría".

Aventura Pickard:

-Si esto terminara alguna vez, probablemente volvería inmediatamente a Cambridge para concluir mi doctorado. Lo que lamento es no poder aportar más a la sociedad en cuanto a investigaciones sustanciales, pero quizá me quede tiempo, Dios mediante.

En marzo, dado que a los guardias de la cárcel de Shawnee les era complicado manejar los numerosos llamados telefónicos de Pickard, las autoridades nacionales lo transfirieron de esa prisión relativamente tranquila a la cárcel federal de máxima seguridad de Leavenworth, Kansas, célebremente famosa por la violencia y las pandillas.

Hasta hoy, a Leonard Pickard lo asombra que Todd Skinner no haya hecho nada por ayudarlo.

-Creí que al menos me daría apoapoyo legal. Pero no. Seguro que se siente en falta… si es que tiene sentimientos.

(Pero lo que tiene Skinner son nuevos problemas. El 16 de mayo, las autoridades del Estado de Kansas lo acusaron de homicidio involuntario en la causa de la muerte por sobredosis de Paul Hulebak, el empleado de la empresa de computadoras.)

Haciendo un repaso de su vida, Pickard escribió: "En resumidas cuentas, una historia compleja. Baste con decir que todo se hizo con dedicación y reflexión, y hace años que me vengo preparando para este día".

En otra carta, adjuntó una plegaria "elegida en momentos difíciles por la comunidad psicodélica de los años 60".

Que el eterno sol brille sobre vos y te rodee todo el amor y la luz diáfana de tu interior te guíe hasta tu casa.

"Si te parece bien", me escribió, "podés incluirlo, para los jóvenes".

Por Peter Wilson

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