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01.06.2001 | 00:00

Alfredo Casero

Es un mitómano incorregible, sensual y verborrágico. Alimenta peces anaranjados con el mismo entusiasmo desbordante con el que cría a sus hijos, actúa y graba discos. Es uno de los artistas más talentosos de su generación.

Alfredo Casero me atiende en su celular mientras habla por la línea de su casa. Entre una conversación y otra cuela: "¿De la Rolling? Mirá qué bien. Esperá un segundito, por favor. Uy, llamáme en dos minutos. Se me perdió la Bubú". Y corta.

La más chica de sus hijas, una rubia de preescolar llamada Minerva pero más conocida como Bubú, estaba a su cuidado. "Es tan rica, la hija de puta. Hace lo que quiere", argumenta, al rato, con Bubú de nuevo a la vista. Y pasa sin más, caótico como luego supe que es -basta ver su campo de acción actual: un programa en televisión, Culpables; una película, Antigua vida mía; una obra de teatro, La cordura; un disco, aún sin título; una publicidad de servicios telefónicos; un largometraje de Daniel Burman que lo tendrá como protagonista y uno propio por filmar-, a una invitación: "Escuchá esto. Te va a encantar. Bueno, no sé si te va a encantar". La frágil conexión del celular me trae una canción sobre un bidet.

-¿Dónde vas a estar a las cinco de la tarde? -pregunta, cuando decidió que ya escuché suficiente sobre la lluvia que refresca el ukelele, como conceptualiza el tema.

-Cerca de Plaza Italia.

-¿Nos tomamos un té en el Jardín Japonés?

Lo veo desde la entrada: cuatro metros más adelante -acompañado por su amigo Felipe y su protegida Maruja, una chica de Córdoba que vino a estudiar fotografía a Buenos Aires- se dirige a un local donde venden plantas y comida para peces. Lo alcanzo mientras paga tres bolsitas de Food For The Fish, según reza el cartel; cuando me ve, corrige la compra -sensibilidad, atención- a cuatro. "Hace mil años trabajaba acá y todas las mañanas les daba de comer", dice, sobre una piedra en el lago, mientras arroja a un pez bolitas de alimento balanceado. "Si entablás una relación con uno, te conoce." Intenta probarlo.

-Pero sí, mirá. Ahí viene -señala, y tiene razón: un bicho anaranjado nada junto a él. También sus 127 amigos más íntimos: en la orilla -se corrió la voz- hay un señor que tira comida para peces. Disciplinadamente, todos hacemos que damos de comer a uno.

-¿Qué personaje podría hacer para la tapa de la Rolling Stone? -le pregunta a Felipe.

-Yo te pondría... de overol, clavando un poste de luz, en...

-Pero... Pero yo soy Batman -lo interrumpe, casi decepcionado.

Silencio. Maruja pregunta:

-¿Batman?

-Batman, sí. ¿No viste que en Cha Cha Cha era Batman?

-Sí, pero... ¿No es medio antiguo?

-¿Por qué no va a ser el futuro, Batman? Es un psicótico millonario que tiene todos los medios y todas las influencias, un loco de mierda que pelea contra el mal a piñas... ¿No te gusta Batman? ¿Qué, te gusta Superman?

-No...

-Batman, en el fondo, es un adrenalínico hijo de puta como yo.

Y, como quien dice basta, da vuelta su bolsita de alimento balanceado y hace que el contenido llueva sobre los peces. Lo imitamos: es un hombre dominante. Marchamos tras él hacia la Casa de Té del Jardín Japonés.

Por el camino, Maruja se sube a caballito de Felipe. Casero escupe en su palma derecha, que restriega contra la otra, en clara preparación:

-¡Qué ganas de pegarle a un culo que tengo! -dice.

-¡Nooo! -grita la chica, demasiado tarde: el ruido del impacto contra su redondez nos alcanza a la altura de una placa que recuerda a una emperatriz japonesa a la que no se podía mirar a los ojos. "Pero yo la miré a los ojos y a las tetas", alardea Casero, a propósito de nada, del mismo modo que me previene:

-No pienso hablar de los rocanroleros, porque tu revista es de los rocanroleros. Yo tengo otras cosas de qué hablar.

Nada le había preguntado, nada agrego. Pero él sigue:

-Te puedo decir, por ejemplo, que la música es la antesala de lo mágico, lo más cercano a Dios, pero que cantarle al dolor es una mierda. ¿Tomamos vino en cajita, hacemos quilombo y vamos a escuchar a Tal y Cual que no entran en este puto sistema, que están tan afuera de la realidad que le cantan a una tabla de surf? Yo no voy con eso. Si todo el mundo termina muerto por las drogas, el alcohol y los excesos... Cuando veo un pibe con un tetrabrik en la mano, le digo: "Pibe, ¿qué hacés? ¿Estás loco, vos?".

Casero habla mucho. Su defecto más irritante para los demás, cree, es precisamente esa verborragia arrolladora que conozco en nuestro primer encuentro, porque sigue hablando sin parar de aquello que, me advirtió, no diría una palabra:

-A mí me duele en el alma querer tanto a Charly García y que se tire de un noveno piso a una pileta. Desde el momento en que llamó Me tiré por vos a su recital, no puedo verlo como antes. El tenía una antena a Dios pero no la supo manejar. "Necesito alguien/ que me emparche un poco/ y que limpie mi cabeza". ¿Entendés? Nos hizo soñar en un momento en que estaba prohibido... Grande, de verdad. Pero hay que sobrevivir. Yo no sé si soportaría esos embates.

Y empieza, lentamente, una deriva habitual en su discurso desconcertante, que va de un tema a otro por saltos de asociación.

-Ojalá pueda vivir esas guerras. Es tan fácil, ahora, ser punk... Es tan fácil, ahora, ponerse un plumero en el orto... Los pibes ni siquiera saben quién era José López Rega y atacan a un policía, que es otro pibe de 20 años sólo que está parado en una esquina y por ahí viene un chorro y lo mata... No hay que ser malo con nadie y nadie va a ser malo con vos. La esperanza de Dios es que cambiemos.

Dijo "Dios" tres veces en pocos minutos.

-¿Sos muy creyente?

-Sí, de toda la vida. Que te falte la fe es como que te falte un ojo. Cuando te sacás del alma el peso de no creer, tenés otra visión. ¿Por qué tengo que confiar en un teléfono celular y no puedo confiar en Dios? ¿Por qué puedo creer que si me subo a un avión llego a Catamarca y no puedo creer en Dios? Dios le da al hombre el libre albedrío y el hombre con su libre albedrío puede llegar a puntos insospechados. Es un camino. Te cuento por dónde voy yo. Si tomás la determinación de no sufrir más, se termina el dolor.

Hace una pausa. Me mira. Se ríe. ¡Cómo se ríe, Casero! Es una risa que literalmente explota en una cara donde un segundo antes no había el menor indicio de alegría, sino más bien un entrecejo fruncido, y le dobla el cuerpo hacia atrás, le hace cerrar los ojos.

-¡Que en la Rolling Stone se hable de esto! Son increíbles los canales que tiene Dios para comunicarse con el medio pelo. Inclusive esta revista.

en la casa de te del jardin japones, le pregunto en qué consiste su conexión religiosa. "Tomo mate a la mañana. Qué sé yo. Mi talento viene de Dios", contesta, y percibo cierto fastidio en su voz: ya habló del tema, ya se aburrió del tema. Quiere pasar a otra cosa y, si puede, no negocia los intercambios sociales: es indomable e imperioso. Determina, inclusive, qué tomará su amigo:

-Té de jazmín para Felipe y para mí -pide.

-¿Se conocen hace mucho? -pregunto. Tal vez con los años se adivinan los deseos.

-Cuatro días -contradice mi hipótesis Felipe.

El mozo que trae los tés -de jazmín, de manzana, de naranja con especias- parece exhausto. "Hay una mesa de cuarenta mujeres", explica, como si esa fuera la cara que el horror tiene para él.

-El señor no trajo azúcar -canta Casero-. Está pensando en alguna de esas cuarenta señoras...

-No creo -responde el mozo-. Ya estoy retirado.

-Pero es lindo tener a alguien que le diga: "Salí y regame el pasto", "Salí a caminar a los galgos", algo así.

-No, no.

-Bueno. Pero si hay alguna millonaria, ¿no me avisa?

Al rato, cuando salen las señoras, es fácil solidarizarse con el compañero gastronómico: "¡Ay, es Casero!", gritan, y ochenta tacos golpean, presurosos, los caminos de piedra del Jardín Japonés hacia nuestra mesa. "Hola, hermosas", las recibe. Sobre un fondo que repite palabras como divino, vulnerables, actor y siempre, sobresale una voz:

-¡Somos de la Liga de Madres de Castelar!

-¿En serio? Yo vivía en La Reja -la sigue Casero-. Pero pará, ¿no fueron ustedes las que me levantaron Cha Cha Cha?

-Ay, no, cómo se te ocurre -lo reta la señora líder, sesentona y muestrario vivo de cosméticos-. Habrán sido otras madres. Nosotras somos las de Cas-te-lar, ¿eh?

No fueron otras madres sino la gerencia de programación de América la que sacó del aire la última temporada de Cha Cha Cha, La parrilla del Xenior, porque encontraba bajo el rating del programa. Tal vez por algo más: desde 1995, la Fundación Argentina del Mañana, vinculada con la Iglesia Católica, presionaba a las empresas que ponían publicidad en el programa para que la retirasen "en aras de la elevación cultural y moral". El sketch "Todos juntos en capilla", donde el "sacerdote" Fabio Alberti ensalzaba al "martir" Peperino Pómoro, era "una grave ofensa". El debate se registró en Cha Cha Cha: "Auspicia este programa la Fundación Argentina del Bisoñé, para un mañana más mejor". Pero el humor no pudo contra el lobby de una religión que cuenta entre los hitos de su historia con la Inquisición y el apoyo a la última dictadura argentina que produjo 30 mil desaparecidos: el 13 de agosto de 1997 se levantó Cha Cha Cha.

Así terminó un experimento que había comenzado en 1992, cuando Roberto Cenderelli era director artístico de América y Gabriel Mesa buscó actores en el underground porteño para innovar en el humor televisivo. Casero, Alberti, Diego Capusotto, Mex Urtizberea, Rodolfo Samsó, Pablo Cedrón, Mariana Brisky, Sandra Monteagudo y Vivian El Jaber, entre otros, hicieron De la cabeza y las distintas versiones de Cha Cha Cha: Dancing en el "Titanic" (1995), El estigma del Dr. Vaporeso (1996) y La Parrilla del Xeñor (1997).

-Es mi público: las señoras -murmura Casero, mientras las madres de Castelar se van-. Me aman. Tienen hijos de mi edad, están en la época de mayor exacerbación de lo femenino... ¡Cómo se visten, cómo se peinan, cómo se ponen spray, cómo se perfuman! Lo femenino es un mar de sensaciones.

Regresa, pensativo, al té de jazmín frío y dice:

-Yo disfruto mucho de estas cosas.

Casero disfruta mucho de ciertas consecuencias de ser famoso pero no de todas: "Si alguien me pide permiso para sacarse una foto conmigo le digo no, porque no soy un lobo marino de Mar del Plata, un objeto que le permita amortizar el gasto de las vacaciones. Esa forma de popularidad es una boludez". La forma de popularidad que aprecia es la que lo hace sentir una persona, no una cosa: "La de esas mujeres que se acercaron a saludarme. Gracias a Dios me quieren mucho". Aprecia, sencillamente, la paz de ser reconocido, de ver confirmado en esa corriente de amor que él existe.

El amor es su móvil: le importa el amor de su mujer, de sus hijos, de sus amigos, de la gente que le sonríe por la calle; antes que termine esta entrevista le importará también el mío. Empiezo a pensar por qué será así cuando dice:

-Mis padres quisieron abortarme hasta que cumplí 21 años. Cuando vieron que iban a tener problemas con la policía, dejaron de querer abortarme -dice y me mira fijo, midiendo la reacción que provoca: si risa, si asombro, si dolor-. Yo sí que sé lo que se siente al ser rechazado. Mi infancia fue bastante jodida.

Fue en Avellaneda, en un departamento donde había un televisor, una abuela y una madre consumidora de anfetaminas:

-Me recagaba a trompadas. Pero yo la quería tanto... Qué linda mujer. Estaba enamorado de mi madre. Una vez escribí en la pared: "Dios, no vale la pena vivir sin ella". Tenía mucho swing. Patinaba, a veces, pero patinaba tan lindo, la hija de puta... Cantaba y bailaba flamenco... Tengo una hermana, Mabel: gran mina, luchadora. Nos vemos poco. Entre nosotros hay mucha tormenta. Una maldición de la bruja de mi madre.

Luego de dos años pupilo en el Colegio de los Hermanos Maristas, a los 14 Casero tomó las riendas de su vida, dejó su casa y construyó una familia sustituta con otros seres maltrechos que se juntaban en el Circuito kdt. Vivía prácticamente en la calle: tal vez de allí le viene esa tendencia al nomadismo que lo hace oscilar entre Buenos Aires y algún punto del interior (Puerto Madryn hasta el año pasado; Córdoba, San Luis o La Rioja desde el 2001). En esos años, recuerda, se preguntaba si nunca iba a ser feliz. Y aprendió muchas cosas del dolor: por ejemplo, que hay que trabajar para superarlo. Y que la risa sirve para cambiar.

-La risa fue la mejor manera de salir. Yo zafé riéndome. Que actuara en el Parakultural fue una casualidad: siempre tuve una capacidad de hacer reír importante. La risa es química: no es un mecanismo que se pueda manejar, es una catarata de humores que las personas llevan adentro. Yo tengo la capacidad de entrarles por los ojos y buscar algo que les produzca una reacción de esos humores, esa especie de espasmo que es la risa.

Se interrumpe y mira la luz roja del grabador, que funciona en un bolsillo de mi cartera.

-¿Estabas grabando todo? Hija de puta...

Agarra el grabador y dice directo al micrófono:

-Hola, amigos, cómo están. Yo soy... Yo soy cantor y artista de varieté. Nada más.

Tras la definición, pone el grabador sobre la mesa y lo apaga. El encuentro ha terminado: llamo al mozo para pedir la cuenta.

Salimos del jardin japones. en el auto familiar y blanco de Casero, buscamos el 2900 de la calle Juncal para dejar a sus amigos. Estamos en uno de los barrios más paquetes de Buenos Aires. Vamos por Arenales y pasamos largamente la altura. Mientras dobla por República Arabe Siria, dice que la remilputas que lo remilparió y que si la que viene no es Juncal, la hace Juncal: que agarra a cuatro viejos y los sopapea hasta que digan que sí, que es. Nos reímos a los gritos. Es Juncal. Felipe y Maru se bajan.

Seguimos hasta Callao y Pacheco de Melo: Casero tiene una reunión allí. Estaciona el auto y, cuando caminamos hacia la puerta donde nos separaremos, vemos a dos niños que juegan con unos diarios al lado de su mamá, una mendiga joven sentada contra el mármol de un edificio. Casero le extiende un billete ni muy alto ni muy bajo y se pone a hablar con ella. Le pregunta por su vida y escucha, aunque no cree, que tiene siete hijos, que su marido murió en un accidente de trabajo, que llegó a la calle hace casi dos años.

En eso sale del edificio paquetérrimo un rubio increíble en un auto aún más impresionante, que grita:

-¡Dame un beso!

-¿Un beso? -juega Casero-. Mirá qué cosa: vos querés un beso y ella necesita un peso. Vos le das un peso y yo te doy un beso.

El rubio saca de su billetera un Mitre y se lo da a la señora. Recibe, a cambio, dos besos de Casero, y un abrazo de yapa. Casero vuelve a dirigirse a la mujer:

-Tenés que salir de acá. No podés estar en la calle con tus pibes. Tenés que pelear.

Me hace pensar en un texto muy provocador de Oscar Wilde: "La mayor parte de las personas derrocha su vida en la práctica de un exagerado e insano altruismo", escribe en El alma del hombre bajo el socialismo. "Con unas intenciones admirables, aunque equivocadas, la gente se impone, con toda seriedad y abundante sentimientalismo, la tarea de remediar los males que ve".

Meses más tarde el auto blanco será amarillo -otra marca, modelo familiar muy parecido- y Casero volverá a hacerme pensar en ese texto -"La caridad degrada a las personas y destruye su moral. Es inmoral usar la propiedad privada para aliviar los horribles males que provoca la propiedad privada"- porque masculla, frente a dos adolescentes que le golpean el vidrio del auto y extienden sus manos:

-No hay que aceptar la indignidad de pedir. Nadie tiene derecho a denigrarse así. Pasa que todo está hecho mierda...

Le pregunto qué quiere decir y dispara un discurso alocado:

-La globalización es la Tercera Guerra Mundial. Hay que dejar que la maldad llegue hasta el fondo, porque cuando llega hasta el fondo se diluye. Todo empezó con Ronald Wilson Reagan. Erre-o-ene-a-ele-de -deletrea y cuenta con los dedos-, Ronald, seis. ¿sí? Segundo nombre: doble vé-i-ele-ese-o-ene, Wilson, seis. Erre-e-a-ge-a-ene, Reagan, seis. 666. ¿Entendés?

Me río.

-¿De qué te reís? Ahí empezó todo esto. Terrible. Y mientras tanto, ¿estos pelotudos van a seguir comiendo sushi? En las últimas elecciones yo voté a Domingo Cavallo, porque si es el padre de la convertibilidad, que le ponga el apellido, se haga cargo y la mantenga hasta los 18 años... Pero la mayoría votó por un candidato de la verdad y la justicia que terminó por armar una especie de familia real para la revista Caras... Uno no debe hablar mal de un presidente, porque es el tipo al que votó la mayoría, ¡pero el vicepresidente renuncia por un escándalo en el Senado y el tipo se va con los hijos a llevarle saquitos de té al Papa! Me pregunto si Fernando De la Rúa no es el bluff más grande que hayamos tenido. Porque el otro, que subió diciendo que era un hijo de puta, por lo menos no mentía. ¡El daño moral que nos ha hecho este fracaso político! Esos pibes que pedían, por ejemplo: en vez de adaptarse a este estado de cosas, podrían buscar la manera de salvarse con la imaginación. Como yo.

Difícil saber si fue imaginación u otra cosa, pero Casero parece haberse salvado. Al menos si eso significa haber conquistado la vida que soñó para sí mismo: ser un artista, tener un hogar.

nazareno, hijo de un primer matri- monio de Casero, abre la puerta. Leoncio, el perro, salta y mueve la cola. Casero está tirado en el piso de madera, la cabeza sobre una almohada, mirando una película en el cable. Brad Pitt y Edward Norton amenazan con cortarle los testículos a un señor en un baño: El club de la pelea.

Me siento sobre la mesa ratona armada con dos bancos y me distraigo: miro los árboles de la calle, que casi entran por la ventana cuando el viento los mueve; sigo el paso de un tren que se escucha cada tanto; confirmo que el reloj de pie señala siempre las dos y cinco. Cerca del televisor, un estante sostiene un equipo de música, un reproductor de dvd y un vcr sobre el cual hay una cinta que dice Cha Cha Cha. Hay tres sillones rojos, dos bicicletas, una cantidad enorme de chiches -una trompeta, una escoba, un muñeco, un panda, un pianito- en una canasta de mimbre. Casero se levanta y Nazareno le pide:

-Pará, mirá eso.

-¿Qué querés que mire, cómo se hacen mierda? -pregunta Casero, poco interesado en la escena donde Pitt conduce en dirección contraria al carril, derecho hacia un camión.

-Pero te vas a perder lo mejor -porfía el chico.

-¿Termina bien?

-Sí, se casan.

-¿Qué, no lo matan al pibe Brad Pitt?

-No, se lo culean seis en un baño. Ocho puntos le tienen que dar después.

-Vení, vamos a hacer la nota -me invita.

En el escritorio hay una cama simple, un equipo de música y una computadora en cuyo monitor Guillermina, la hija mayor de Casero, escribió con birome: "Papito, te quiero". Casero enciende la máquina y deja ver una pantalla llena de archivos. Entre ellos, uno que se llama "Película".

-No, no quiero hablar. No quiero que la gente esté a la expectativa para destruirla, como pasa con la película de Fito Páez... Digamos que como tengo la suerte de manejar el lenguaje visual bastante bien, aunque champurreadamente, y como tengo una historia para contar, me hago la ilusión de filmar una película.

Enfatiza el punto final al poner un cdr en el equipo de música, del que sale su voz:

-Was it in Tahiti? Were we on the Nile?

Es una de amor del disco que está grabando. Luego siguen el hit instantáneo Pizza conmigo ("porque yo no me cago cuando pido,/ y pido pizza") y el Auténtico Casero que comienza: "Te traigo estas uvas/ de mis uvasales". Reconozco haberlos oído antes: en su espectáculo teatral Sólo para entendidos.

-¿Viste que era para flashear? Pero lo levanté. ¿Sabés por qué? Porque empezaron a sonar los celulares. ¡Y dos veces la gente atendió! Después de tres años, levanté todo de un día para el otro.

El enojo se le pasa en un segundo. Basta preguntarle si no es cierto que va a hacer teatro de nuevo para que se entusiasme:

-Una obra bárbara. Se llama La cordura. Con Rodolfo Samsó y mi hijo. Un escenario clarito, art déco. Se sitúa en la década de 1920. Son tres personajes: Nestitor, un cadete; Obdulio Graneto, que soy yo, y Ramón Sciancio, dos martilleros públicos. Venden terrenos en González Catán, uno de los cuales... No, pará. No puedo contarte la obra. Pasan un montón de cosas muy graciosas. Andá a verla. Y ahora escuchá esto.

Vuelve a sonar una de sus nuevas canciones.

-Todo trabajo auténtico -aclara-: no hay nada sampleado. Las trompetas son trompetas, los violines son violines. Y cuando es electrónica, es electrónica. Todo es verdad.

-¿En qué se diferencia este disco de los anteriores, el que hiciste con tu banda Hallibour Fiberglass Sereneiders y del solista Alma de camión?

-En este disco hay puestas muchas cosas que no son chistes. Estoy buscando otro espacio... un espacio de expresión. Es interesante contar una historia con humor, pero este disco crece más por otro lado: la calentura, la emoción... ¿No querés venir a la grabación?

cuando bajo del taxi a las 11 de la noche me sorprende el cartel sobre el número exacto de la calle Aráoz donde me citó Casero: "La Casa de Caramelito". Adentro, en efecto, abundan las fotos de Caramelito. Pero en el primer piso se esconde un estudio de grabación: en las paredes hay premios por cds de a.n.i.m.a.l., y, claro, un Disco de Platino de Caramelito y vos. Casero sale de la pecera de grabación y dice: "Estamos en la ilegalidad, cada vez más. Tenemos que buscar lugares donde no nos encuentren", me explica. "¿Y ahora qué mierda voy a grabar?"

La pregunta es para Juan Blas Caballero, su productor musical, quien le contesta que va a hacer otra versión de "Amo mi bidet", la canción que escuché a través del celular cuando comenzó mi serie de encuentros. Es la historia de un hombre que cruza la frontera con su bidet, angustiado porque en el exterior faltan aparatos que se correspondan con sus hábitos higiénicos. "Quiero que recuerdes este momento", susurra al micrófono de mi grabador y marcha hacia la sala aislada donde va a cantar. Se detiene en el camino, cuando advierte algo junto a las botellas de Coca-Cola Light:

-¿Ya vino la puta cerveza? Voy a hacer una toma de mierda de esto y vos como si nada porque vas a estar tomando esta porquería...

-No -lo corta Caballero-, vas a hacer una toma mejor que las que hay. Vas a tener que pelar.

Casero no quiere ir a grabar. Monta una escena encantadora, como un docudrama sobre Sid Vicious doblado al castellano en Puerto Rico, con gritos y golpes en el pecho:

-Perdón, pero acá hay un cantante. Y ese cantante soy io. ¡¡¡Basta!!! ¡¡¡Ia no quiero escucharlos más!!! -aúlla mientras tira al piso suavemente, con el dorso de la mano, los vasitos de plástico-. ¡¡¡Mi droga!!! ¿Dónde está mi droga? ¡Un, dos, tres, ultraviolento! ¡Un, dos, tres, ultraviolento! -repite, y tira más vasitos, una caja de papas fritas, una lata-. Desmanes. ¡Viva Chiapas, la concha de la lora!

Caballero, impasible, le pregunta:

-¿Sabés la letra o te llevás el papel?

-¡El papel! Ay, no sé dónde está la letra de esto. ¡¡¡Ay, no sé!!!

Ahora es un hombre al borde de un ataque de nervios. Nada hace pensar que logren hacerlo grabar.

-¿No era que ibas a cantar sin la letra?

-¡¡¡Ya sé!!! Pero ahora no quiero.

-Ya te la consigo.

-¡Ay, no sé dónde está la letra de esto! ¡¡¡No sé!!!

-Come on -dice Caballero. Le pone los papeles con la letra en la mano y lo arrastra hacia la puerta.

Casero se agarra del marco y me presenta, última resistencia antes de salir.

-Ella es prima mía. Por parte de mi mamá, tengo muchos primos en los Rolling Stones. El baterista. Y ella. O sea, el tío Macho era muy, muy amigo de la mamá de Mick Jagger. Por eso la Rolling Stone me hace estas notas.

canta casero: "amo mi bidet/ en un mundo plástico que no me entiende". Caballero, los técnicos de grabación y la pequeña Maruja siguen con gusto la marcha del asunto. Pero mientras cabecean absortos Casero corta intempestivamente:

-¡Otra vez! ¡Todo!

-Vamos -acepta Caballero.

Y va todo de nuevo. Hasta que un cambio en la letra -"prrr-papupa: hay un problema"- indica que hay que volver a empezar.

-Tengo que tener más fuerte...

-Escucháme... -intenta Caballero.

-No, no -lo corta Casero-. Levantáme todo, junto con mi voz.

-¡Pero estás volviendo al principio de la historia! Por favor, hacéme caso: cantá una entera así, que venís bien.

Y va todo de nuevo. Hasta que otro cambio en la letra -"compañero entrañable/ la poronga me olvidéeee"- vuelve a indicar que...

-Una vez más -dice Caballero-. Está perfecto el tono, pero exagerá un toque la actuación.

-Pero no quiero rashar el estereotipo, sha lo hablé sho...

-Daaaale...

Y va todo de nuevo. Casero exagera de veras: parece un gato que alterna sus maullidos y ronroneos con algunas palabras en ruso.

-No, no -interrumpe Caballero-. Sin gritar. Cuanto más gritás, menos expresás.

Y va todo de nuevo. Esta vez sale perfecto y Caballero lo felicita:

-Boludo, me muero cuando hacés esa voz.

-¿Vamos a comer? Me pasé todo el día acá adentro -le contesta Casero, fingiendo indiferencia.

en la americana -"la reina de las empanadas/calidad desde 1935", según el cartel-, Casero comparte la mesa con Maruja y Darío. Ella está cobijada en su casa. El es un fan de Cha Cha Cha que conoció a Casero haciéndole un trabajo de carpintería y se convirtió en amigo y pollo. Me pregunto si los que sufrieron alguna forma del abandono no pueden sino intentar curar ese dolor en los demás, lo padezcan o no.

-¿Fuiste a ver la película de Björk? -me pregunta. Casero es muy fan de Björk: habla mucho de ella y en el escritorio de su computadora tiene un archivo donde se ve al talento islandés de niña, leyendo algo sobre los Reyes Magos.

-Sí -le digo, mientras pienso que a Lars von Trier le daría un ataque si escuchara hablar así de su Bailarina en la oscuridad-. Me gustó mucho.

-Björk es muy mágica -sigue-. La admiro mucho porque hace bien al alma, enseña, es una buena maestra para nuestros hijos. Y Von Trier hace con la imagen todo lo que Hollywood ya no. Pero la gente envidia el talento. Estudiá al 90 por ciento de los que dicen que no les gusta algo y preguntales profundamente por qué no les gusta: vas a ver que hay 800 maneras diferentes del titubeo. Hoy me vino a buscar la moto un tipo del Automóvil Club: en tres minutos me lanzó cinco puñaladas -verbales, psicológicas, de todo tipo- porque sentía que se rebajaba a hablar conmigo... Bueno, basta.

Le molesta que tome nota de lo que dice. Me saca el cuaderno y escribe: "Un día se me va a chiflar el orto y me voy a hacer torero. 2001, año del General Don Carlos Petela". Me lo devuelve y dice:

-Estamos bien preparados para que alguna vez llegue el dolor. Pero ahora, por suerte, llegan las empanadas.

La comida es el principal exceso de Casero. No lo inquieta tener kilos de más: se sabe sexy y, a diferencia de Aníbal, su personaje en Culpables, no odia que le digan gordo. "Por reivindicación de la gente gorda -explica-. Me encanta que las mujeres suspiren por los gordos. Los gordos también tenemos nuestras cosas lindas. Abrazamos por todos lados, somos sumamente orales... Nuestras esposas son felices de la vida. Por lo menos la mía..."

En efecto, Marisa, su esposa, parece muy feliz al recibirlo, una tarde luego de la grabación del programa. Su largo abrazo se corta por la insistencia de la hija menor de Casero: "¡Papito! ¡Papito! ¡El conejo está acá!". Minerva le muestra su cuaderno del jardín de infantes, donde dibujó un conejo, y exige: "Mirá, pa. Tomá, mirá". Casero mira el cuaderno de la Salita Verde de su hija. Finge leer: "«Papis: vamos a comer caca en un tupper». ¡¿Cómo que van a comer caca en un tupper?!", le pregunta a Minerva, que dice que no, no, muerta de risa.

Marisa me ve frente a uno de sus muchos cuadros colgados en el living y me explica cómo cambió su manera de pintar desde que nació su hija.

-Qué talento, la Fufi -interviene Casero-. Si yo tuviera que pintar, pintaría con sus trazos, o muy parecido. Tiene una visión tan sensual... Cómo dibuja los cuerpos, las cabezas, las flores... Cómo plasma el dolor y la muerte y el miedo...

Ella sonríe, conmovida y orgullosa. Más tarde le pregunto a Casero cómo hace alguien que no tuvo una linda familia para construir una linda familia y no sabe explicar su felicidad:

-Qué sé yo. Puro pedo. Podría haber salido todo mal, pero salió así. Yo no pienso demasiado. Prefiero seguir al corazón, que es capaz de convertir a un ser absolutamente oscuro en un artista. Y viceversa.

un llamado a las 2.30 de la mañana: "¿Te desperté, no? Me imaginé, pero no quería olvidarme de responder a tu llamado -me dice Casero-. Como querías venir a una grabación de Culpables, y mañana hay una tranquila en Vicente López..."

Cerca del famoso chalet de Gaspar Campos donde vivió Juan Domingo Perón, un camión estacionado que dice film truck, transporte de equipos de filmacion me indica la casa de dos plantas donde Casero, Susú Pecoraro, Mercedes Morán, Diego Peretti, Fernán Mirás, Gabriela Toscano y Soledad Villamil graban un capítulo de la serie sucesora de aquel éxito llamado Vulnerables. En el breve jardín del frente hay reflectores, pantallas para multiplicar la luz, enchufes zapatilla, trípodes, gran cantidad de cables, escaleras de madera. Arrumbados en un costado quedaron las bicicletas, los juguetes y el perro de los habitantes de la casa. El bicho, atado, ladra como poseído: tres chicos con uniforme de colegio caro le juegan en la cara con sus monopatines. Van y vienen excitando al perro, hasta que uno de los hombres de la productora Pol-Ka sale a pedirles que vayan a hacer nada a otra vereda.

-¡Silencio, che! ¡Silencio, por favor!

La luz del día comienza a desaparecer a lo largo de la escena que Villamil comparte con Peretti. Uno de los integrantes del equipo grita a alguien a través de su celular -"¡¿Qué te pasa conmigo?!"- y da la impresión de estar peleando con su sombra. Una taxista muy guapa, vestida con camisa estampada como leopardo y un pantalón oscuro apretado, baja de su auto y se apoya contra el baúl. Espera a Pecoraro: lee la revista de un supermercado, corrige su maquillaje, pregunta cómo va River. Así pasa el tiempo hasta que comienzan a salir los actores: Peretti corre, calle abajo, hacia el motorhome donde se cambia; Villamil quiere saber cómo está su bebé; Mirás se despide de cada persona hasta el día siguiente. "Tardo dos minutos", dice Casero, vestido de Aníbal. Y dos minutos más tarde anuncia: "Vamos a buscar mi moto".

Casero tiene en reparación su Triumph de 1954. Adora los fierros asentados: un camión de guerra de 1969, un barco de 1980 con el que sueña cruzar el Atlántico. Le gusta todo lo que anda, define: los autos, las motos, los aviones, los barcos. Todo lo que se mueve. Y también todo lo que está vivo.

-Decíme que tenés mi moto -ordena a su mecánico, apenas entra en el taller de Parque Avellaneda.

-La semana que viene la tenés sí o sí -le contesta Antonio, hombre hábil para decir que no sin pronunciar la palabra.

-¡Mi mujer me mata! ¿Cómo le digo que no la tenés hoy? Yo uso la moto para ir a pasear con ella...

-¿Sabés qué pasó? Recién hoy salió del sanatorio el tornero que hace el repuesto...

El ambiente es tan increíble como la explicación: un perro -firme, junto a la puerta, a la espera de una perra encerrada en el fondo-, cuarenta motos antiguas y modernas sin dolencia aparente, una pared de herramientas acomodadas y lustrosas como instrumental quirúrgico, un mural que muestra a un hombre y una mujer con felicidad de posguerra montados sobre una Triumph en un bosque europeo. "Te prometo que la semana que viene", miente el mecánico. Casero sube al auto y habla con su mujer: "¿Fufi? Mirá, lo de la moto no va a poder ser... Así que me voy a terminar la nota con esta chica, ¿sí?"

-A ver, preguntá -ofrece Casero-. ¿Qué te falta?

-Que hables de televisión.

-Pero si ya no veo televisión... ¿Qué voy a ver? El otro día vi el programa de Marcelo Tinelli...

Silencio.

-¿Y?

-Y... nada. Es la televisión. No sé qué decirte.

Silencio otra vez. Por fin agrega:

-Nunca sentí la necesidad del éxito. Yo peleo por la gloria. Hoy trabajo en la televisión y trato de hacer bien lo mío, de corazón, de aprender de un director como Daniel Rubén Barone (ponéle bien grande Rubén, que le va a encantar), un tipo obsesivo hasta lo ilógico, como yo... Y el resto no me importa. Amo la televisión, creo que es lo que más me gusta hacer, pero no quiero regalar más ideas. Peleo para que las cosas sean mejores, no por una cuestión de idealismo sino de amor propio. No se puede tener segregada a la gente que quiere ver algo distinto: "¿Querés ver humor? Hay esto. Y nada más". Por eso me viene bien hacer algo distinto como Culpables, aprender de Barone Daniel Rubén... Porque la televisión que yo hago no...

Nuevo silencio. En este tema, parece, a Casero le cuesta encontrar las palabras exactas. Pero sigue:

-Cualquier cosa que implique talento hay que pagarla. Por eso es más fácil hacer reality shows: agarran a cuatro pelotudos, los meten adentro de un lugar y les dicen: "A ver, cojan. A ver, hagan algo; si es posible, cojan". Muestran y muestran y la gente ve sin pensar. No existe un solo programa en la televisión argentina realmente cultural. Hacer Cha Cha Cha sería imposible en este momento. Ya lo dije cuando terminó. Lo que me parece increíble es que no lo vuelvan a pasar: está ahí, entero. Pero hay demasiados intereses creados: se supone que las nuevas producciones garantizan el éxito, y cada tipo que ponen en una gerencia de programación quiere sus propio éxito.

-¿Qué se vería si volvieran a pasar Cha Cha Cha?

-El programa de humor más lindo, el que mostró la belleza de lo más sucio y lo más feo -pero no de lo más berreta- y le sacó el miedo a la gente. Fue un logro. Y el dueño de esas ideas, en un gran porcentaje, soy yo. Trabajaba las veinticuatro horas para hacer ese programa.

-¿Por eso tenés fama de difícil?

-¿Qué es ser difícil? A todos los que trabajaron conmigo les fue bien. Excepto a los boludos. Tener fama de difícil es bueno, porque aleja a los boludos.

-¿Realmente no ves televisión? ¿Para vos no significan nada los nombres de Tinelli, Adrián Suar o Mario Pergolini?

-Ay, no... Bueno, a Suar le estoy muy agradecido porque me dio la posibilidad de... No, no tengo ganas. Hablar de Pergolini... No, realmente no siento en el alma hablar de esta gente. A Suar le estoy agradecido por darme trabajo, y no tengo empacho en decirlo porque soy bien hombre para agradecer. Pero sobre Pergolini y Tinelli... No, no me interesa opinar sobre ellos. No sé qué podría aportar. No lo siento. No los consumo.

-¿Y "Todo x 2 pesos"?

-Cuando veo a Capusotto y Alberti no hago más que quererlos. Por más que piense que pueden hacer algo mejor, inventar cosas nuevas, me da gusto verlos trabajar. Hay momentos iluminados de Capusotto que me muero; también de Alberti. Los dos fueron mis referentes directos. Ellos participaron en un engranaje muy importante, del que también formaron parte Samsó, y en otra época Mex, y en otra época Cedrón... Bueno, me parece que estoy hablando de nuevo de Cha Cha Cha... Y sí, voy a hablar de Cha Cha Cha. Teníamos una desesperación de artista, de búsqueda, de elevación, de alegría... Queríamos decir algo que nadie decía, de una forma especial, como una música divina, algo que se veía profundo porque era verdadero... Cha Cha Cha es la obra con que me tomé revancha por haber sufrido tantos años en mi vida. Ahí tenés claramente lo que pasa con mi alma: eso fue Cha Cha Cha. Una re- vancha. Un regalo de Dios.

Dios, otra vez.

-A mí cosas muy chiquititas me cambiaron tanto... Por eso peleo por mi pequeña y feliz revolución.

-¿En qué consiste?

-En cambiar a una persona. Una. Una sola. Si ayudo a que uno -como Maruja, como estos pibes que toman cerveza ahí, ¿los ves?- pueda ver que hay otra manera de mirar las cosas más allá del dolor, para mí valió la pena. Si salvo a uno solo, que de casualidad encuentre esta revista en el baño del amigo de un amigo, para mí valió la pena. Si todos en la vida salvamos a uno, uno solo, dentro de diez generaciones no va a existir gente como nosotros. Eso es lo que quiere Dios: que salvemos a uno.

Por Gabriela Esquivada