La primera vez que uno lo ve se pregunta por qué tanto alboroto. Es media tarde en Los Angeles y Leonardo DiCaprio está acurrucado en el asiento delantero de un coche de alquiler, el sombrero inclinado hacia atrás, las zapatillas apoyadas contra el tablero. Allí dentro, el hombre-niño más poderoso de Hollywood está absorto en un videojuego. Si no fuera porque la 20th Century Fox está por realizar una proyección privada de La playa (The Beach), la nueva película de DiCaprio, uno juraría que se trata de otro chico punk que está matando el tiempo en el centro comercial, como cualquiera.
Pero, con 25 años, DiCaprio ya no es más un chico. La idea a veces lo entusiasma y otras lo hace hablar de su "síndrome de Peter Pan". Así que, mientras se autoexamina en la pantalla, uno puede observar cómo el niño actor se retuerce para salir a la superficie y cómo el actor importante, ya crecido, intenta tomar el poder. Finalmente se impone la mitad más adulta y la estrella, diligente, observa el film por décima vez. Se trata, así parece, de un momento crucial en la vida y la carrera de DiCaprio.
"Los últimos dos años fueron un período de transición, aunque esto suene algo trillado", dice él.
Recapitulemos. Estrenada a fines de 1997, Titanic no sólo batió récords en materia de Oscars (once estatuillas) y ganancias (1.800 millones de dólares) sino que inmediatamente transformó a DiCaprio, un actor muy talentoso y respetado (Romeo y Julieta, The Basketball Diaries, Mi vida como hijo y ¿A quién ama Gilbert Grape?, que la valió una nominación al Oscar), en una industria en sí mismo. Así como Michael Jordan se convirtió en Michael y después en mj, DiCaprio abandonó su nombre de demasiadas sílabas para ser simplemente Leo: un ícono. Hubo un momento en que diez libros ubicados en la lista de best-séllers de The New York Times lo tenían a él o a Titanic como tema central.
Surge entonces una pregunta obvia: ¿No llegaste a estar harto de vos mismo? DiCaprio se ríe. "Claro, cuando fue lo de Titanic", dice. "Tuve que curarme, como todo el mundo, ¿entendés lo que quiero decir?"
Agravaba esta manía el hecho de que DiCaprio tratara su estrés pos-Titanic yendo prácticamente a cada club nocturno de Manhattan o del área de Los Angeles, a perturbar la calma y el bienestar. Durante los dos últimos años, si ibas a tomar un trago a uno de estos lugares lo más probable era que te toparas con él o con alguien de su inseparable comitiva: el actor Tobey Maguire (The Cider House Rules), el director Harmony Korine (Julien Donkey Boy) y el mago profesional David Blaine. Abundaban por entonces los rumores sobre un DiCaprio fuera de sí, descontrolado.
"Yo fui un chico indie antes de Romeo y Julieta, antes de Titanic. En mi vida nunca me había enfrentado a nada por el estilo", dice. "No sabía lo que significaba volverse famoso. Pero Titanic es algo que no volverá a pasarme y que tampoco intentaré que se repita."
Esto es lo que antecede la proyección de La playa, la primera película de DiCaprio en dos años, que le permitirá averiguar cuánto se ha apagado o no su estrella en Hollywood.
De entrada, que haya elegido un film como La playa parece una demostración de independencia. También delata su poder. En Titanic el salario de DiCaprio fue, según se dijo, de dos millones y medio de dólares. La playa representa su primer honorario de 20 millones.
Basado en una novela de Alex Garland publicada en 1997, el film es fruto del mismo trío británico que pergeñó Trainspotting: el director Danny Boyle, el guionista John Hodge y el productor Andrew Macdonald. Es evidente que el actor prefiere el relajado estilo de trabajo de Boyle al tiránico liderazgo de James Cameron (Titanic), cuyo método de filmación tiene, dice Leo, "un toque militar". DiCaprio encarna ahora a Richard, un junkie aventurero que viaja solo a Tailandia y tropieza con un sitio paradisíaco que, como todo paraíso, es virgen y puro hasta que los forasteros lo descubren. Salvo que, por azar, tu idea de nirvana incluya campos de marihuana patrullados por guardias con ak-47, tiburones al ataque y manipulación sexual. Richard se siente desilusionado. Le ha quemado el cerebro un exceso de cultura occidental y no soporta el hecho de que el problema esté en él tanto como en la sociedad de la que huyó. No resulta complicado descubrir por qué la historia de La playa constituyó durante algo más de un año la fijación del actor.
De hecho, cuando nos encontramos para el primer reportaje de la serie, DiCaprio me pareció completamente obsesionado con el film. Pero muy pronto el diálogo se enriqueció y abarcó desde su primera niñez (sus padres, George e Irmelin, se separaron antes de que él cumpliera un año, pero ambos han estado muy presentes en su vida) hasta su adolescencia (apareció en Romper Room a los 5 años, empezó a actuar en comerciales a los 14, tuvo un frecuente papel televisivo en Growing Pains y consiguió su coprotagónico en Mi vida como hijo, al lado de Robert De Niro, a los 17), pasando también por su intervención en el próximo proyecto de Martin Scorsese: Gangs of New York. "Es como un rollo de película viviente", dice DiCaprio de Scorsese. "Es un tipo alucinante."
Dado que la casa que adquirió recientemente en las colinas de Hollywood está aún en construcción, las entrevistas se desarrollan en el Chateau Marmont de Hollywood. Nuestro primer encuentro es a fines de diciembre. Uno sospecha que su nueva casa tiene que ser muy espaciosa. A lo largo de la charla, DiCaprio se muestra franco y amistoso, y aunque es muy poco propenso a la introspección logra transmitir el sentimiento de que está tan divertido y asombrado con el éxito como lo estaría cualquier otro ser humano. Condimenta sus frases con giros y expresiones de B-boy [chicos callejeros bailarines de breakdance], pero al mismo tiempo confesará que le cuesta mucho redefinir su carrera, ahora que se ha vuelto un adulto. Lo mismo que Richard en La playa, DiCaprio se retiró y ahora está de vuelta, esperando que tenga algún sentido todo lo que aprendió entretanto.
La tarea no es sencilla cuando por todas partes hay personas dispuestas a recordarte cuán famoso sos. Por ejemplo, el mozo de Chateau Marmont que acaba de acercase a esta mesa.
–Ey, qué fiesta tremenda que diste, man –dice.
–¿Cuál? –pregunta DiCaprio.
–Aquella a la que vino Jennifer Lopez y me agarró de sorpresa en el baño –responde el mozo–. Fue un sueño hecho realidad.
–Ahhh, sí, esa fiesta –dice DiCaprio, paseando la mirada por las habitaciones del hotel, y el mozo se retira.
–Invité a estos tipos del hotel –agrega al cabo de un rato–. Armamos ahí arriba una fiesta con drogas.
Entonces observa el grabador y sonríe. También yo sonrío. Esto parece un buen comienzo.
–Hablemos acerca de tu reputación. Dicen que te la pasás en las fiestas de Hollywood. Eso debe tener algún fundamento, ¿no es cierto?
–Bueno, sí, absolutamente. Salgo con mis amigos cuando quiero.
–Han corrido tantas historias sobre vos: que habías perdido los estribos, que vivías emborrachándote y drogándote. ¿Llegaste a pensar que podías perder el control?
–No. Nunca. En ningún momento.
–¿Entonces qué hay de cierto en todo eso? ¿Qué tan caótica es tu vida?
–(Sonríe) Todo lo que voy a decir es que soy una persona feliz y saludable. La gente puede pensar lo que quiera. No me importa. Comprendo que al público le interesen estas cosas. Pero me parece una pérdida de tiempo sentarme acá a desmentir rumores sobre mí.
–Hay una parte de chismorreo en todo esto, pero también hay personas que están preocupadas. Mirá el caso de River Phoenix: desde antes de su muerte, la gente sabía que estaba fuera de sí. Existe el temor de que vos estés transitando por la misma senda.
–Si me conocieran personalmente, sabrían que eso no es cierto. Recuerdo, antes de que me ocurriese a mí, haber oído rumores en torno de otros actores y haber pensado: "¿Cómo pueden vivir tranquilos cuando saben que afuera circulan estas habladurías?". ¿Y sabés qué? Cuando te toca a vos, te das cuenta de que la fama siempre implica una dosis de negatividad.
–En "La playa" se habla de escapar de la cultura occidental, de la que en cierto modo sos uno de sus símbolos. Sos una de esas cosas de las cuales la gente no puede escapar.
–Sí (ríe). Richard se va para huir de Leonardo DiCaprio (otra risa).
–¿Esto resultó atractivo para vos?
–Totalmente, eso influyó. Richard está, en más de un aspecto, huyendo de las mismas cosas que yo. Huyendo de todo este torbellino. Lo irónico es que yo no alimenté nada de lo que ocurrió. Yo no puedo evitar que la revista People me incluya entre los "Cincuenta más hermosos no sé qué". No digo que estas cosas me parezcan horribles. Digo que yo no me dediqué a promoverme intensamente. Concedí una sola nota a una revista antes del estreno de la película.
–Vamos... Te la pasabas en los clubes nocturnos.
–Sí, pero qué tiene que ver.
–Que si no querías llamar la atención, no tenías que estar en esos clubes con toneladas de mujeres a tu alrededor. No era difícil encontrarte. Vivías ahí.
–Tampoco voy a ser un ermitaño. Creo que ésa fue una actitud rebelde frente a todo lo que sucedía. Mi argumento fue: "No vas a dejar de hacer lo que normalmente siempre hiciste sólo porque ahora estés en esta posición". Y, ya que estamos, para aclarar un poco las cosas, digamos que el noventa por ciento de lo que se escribió acerca de mí fueron inventos. El núcleo estaba basado en hechos hasta cierto punto reales, pero luego todo se transformaba en algo diferente. No quiero entrar en detalles porque es una pérdida de tiempo, pero voy a dar un ejemplo: no sé adónde se acuñó esta historia, pero empezaron a llamarnos, a mí y mis amigos, The Pussy Posse [algo así como "La Banda de las Conchitas"], lo que me parece la cosa más degradante contra las mujeres que haya escuchado en toda mi vida. Yo nunca utilicé ese término.
–Dijiste que un noventa por ciento de lo que se dice es mentira. O sea que eso te permite disfrutar en privado del otro diez por ciento y decir: "Son todas mentiras".
–(Se ríe) Bueno, de todos modos nadie va a creer nada, no importa lo que yo diga. Pienso que la mayoría de la gente no entiende lo que le ocurre hasta que puede echar una mirada retrospectiva. Este personaje, Richard, tiene bastante que ver con todo esto –no es que yo me haya vuelto loco, ni nada por el estilo–, pero lo genial del caso es que el tipo se vuelve loco en una isla, y cuando uno se pone en un estado así ni siquiera sabe que está en un estado así... De hecho, uno se cree más lúcido que nunca. Sólo tiempo después te das cuenta claramente de que lo hiciste, de lo que en realidad estuvo ocurriéndote.
–¿Aceptaste el papel en "Celebrity", de Woody Allen, para burlarte de tu propia fama de chico bebedor y drogón, aficionado al sexo y a las fiestas en los hoteles?
–La gente pensó eso, pero no es así. Woody Allen me llamó para que encarnara un personaje divertido. Para hacerlo, me inspiré mucho en un montón de gente que conocí en Hollywood.
–Oí decir que te habías inspirado en Johnny Depp, tu coestrella en "Gilbert Grape".
–No. La única similitud sería que tanto el personaje como Johnny destrozaron una habitación de hotel. Tenés que entender: Woody Allen lo escribió todo y yo solamente actué.
–¿Te sorprende que la gente esté dispuesta a creer los peores rumores?
–No me importa, al fin de cuentas. Mirá, yo admiraba a River Phoenix, desde antes de que lamentablemente falleciera, y escuché todas las cosas que se decían sobre él y eso me modificó su imagen. Pero al mismo tiempo nunca tuve la posibilidad de conocerlo. Así que ignoro la verdad. Pero todo lo que queda es la actuación. Eso es todo lo que importa.
–¿Sos hoy un mejor actor que cuando tenías 17 años y trabajaste al lado de Robert de Diro en "Mi vida como hijo"?
–No lo sé. No miro mucho lo que hice. No fui a ninguna escuela para actores, ni tampoco a la universidad. Simplemente me gusta mirar a otros actores en acción. Aprendí muchísimo trabajando con De Niro. En medio de una escena con él, en la que se suponía que debía actuar, me la pasaba observándolo. Pero yo no les hago preguntas a los demás actores. Me parece una cosa invasiva, impertinente. Yo sólo miro. No quiero estar limitado, restringido por la idea que otro tenga acerca de lo que es actuar. Quiero llevar adelante mi propia educación.
–¿Volverías a aceptar actuar en "Titanic", aun sabiendo las consecuencias?
–Sí, absolutamente.
–Además de tus padres, ¿hay alguien que te advertiría si te estuvieses convirtiendo en un bobo?
–Mis amigos. Hubo un tiempo en que empecé a creérmela. Estaba en plena pubertad y me nominaron para un Oscar. Se me subió todo a la cabeza. Mis amigos me dijeron: "Te estás comportando de manera diferente". Pero la verdad es que no necesito algo así; no soy de perder el control.
–¿Es verdad que invitaste a un grupo de amigos a Tailandia, en plena filmación de "La playa", y que los gastos de avión corrieron por cuenta de la 20th Century Fox?
– Sí (carcajada). Si la productora me ofrece invitar a mi madre y a mis amigos para que viajen gratis a Tailandia, a visitarme, no voy a desperdiciarlo.
–Te vi observando "La playa" por décima vez. Como recién me dijiste que no te gusta rever tus viejas películas, supongo que esto debe ser una nueva experiencia.
–Sí. Estos últimos dos años decidí que quiero dedicarme seriamente a hacer películas. Quiero involucrarme todo lo que sea posible sin interferir en la visión del director. En el fondo se trata de dejar de ser un niño actor para considerar al director más como un socio y menos como un hermano mayor.
–La diferencia más evidente entre la novela y la película es que en la película hay menos violencia y más sexo. ¿Contribuiste a que esto fuera así?
–Yo alenté para que hubiese más violencia. Pero la verdad es que todo lo que tiene que ver con el sexo está planteado de modo interesante. Me parece que no se limita a unas escenas de sexo. Se trata, más bien, de cómo los personajes se manipulan entre sí... Pero me gustaría hablar de lo que es La playa como metáfora.
–Adelante. ¿Qué significa para vos?
–En su esencia, el film muestra cómo el ser humano ha sido virtualmente pre-programado para destrozar el orden natural. Es por eso que Richard me ha resultado un personaje tan atractivo. El anda en busca de un paraíso, pero a cada instante lo destruye un poco más porque ambiciona más, porque quiere llevar cada experiencia hasta el límite. Es como el primate de hoy. Se cree que quiere vivir en un mundo primitivo y solitario, pero, aunque intente huir, en el fondo es un producto de la revolución tecnológica. Por más que luche, es un adicto al PlayStation.
–Tanto, que se convierte él mismo en una especie de videojuego, ¿no?
–Exacto. Con las fuerzas de la naturaleza, Richard construye su propio videojuego.
–¿Te parece que, al final de cuentas, la película es cínica u optimista?
–Si le prestás atención al final, creo que es optimista. Sonará a frase hecha, pero pienso que cada uno debe sacarle el mayor provecho posible a la vida que tuvo, a los recuerdos que tiene.
–¿Esperás que el público capte este mensaje? ¿No ocurrirá, finalmente, que el cine estará lleno de niñitas de 14 que van a verte porque sos lindo?
–Mirá, a mí no me gustan esas películas que te bombardean con un millón de ideas, que supuestamente tienen que causarte impacto, que intentan decirte algo. Prefiero esos films más sutiles que uno puede interpretar.
–Esta nueva actitud profesional, esta voluntad de contribuir con las películas, ¿cómo se aplicará en tu próximo film, en el que trabajarás con Scorsese?
–No es algo confirmado oficialmente. Y tampoco se trata de una nueva etiqueta que ahora llevo colgada: "Si trabajás con Leo, hay que tener en cuenta su opinión". Es algo que hago para mí mismo, en esta etapa de transición en la que he decidido tomar un poco más las riendas.
–Lo que será más duro si a las películas no les va bien.
–Sí, porque ahora estoy más involucrado. Ya no se trata de "soy un chico y me limito a que me contraten".
–La gente te ve como un nene, pero tenés 25 años. Ya no sos más un nene.
–Lamentablemente (se ríe). Guau, tengo 25. Entre personas de otra condición social, sería considerado un adulto. Pero espero serlo pronto. Hubo momentos en los que me habría gustado decir lo que pensaba, pero como era un adolescente pensaba que no me estaba permitido hacerlo. Me contentaba con participar.
–¿Existe una constante entre los diferentes personajes que elegiste interpretar?
–Creo que me atrae lo abstracto, las cosas que están fuera del molde tradicional. No puedo hacer esos films tradicionales que se ven por todas partes. Y esto se debe mucho a los gustos de mi padre.
–Que son...
–Que provienen del mundo del arte vanguardista. Mi padre siempre me dijo: "Sé que hay cosas que te parecen arte de alto nivel, sé que hay escritores que te parecen grandiosos, pero quiero que recuerdes que existe otro mundo que tiene la misma relevancia social".
–En otras palabras, tus personajes (desde "Mi vida como hijo" hasta "La playa") están en rebeldía contra algo a lo que no pueden siquiera darle un nombre.
–Exacto. Están en busca de algo peligroso.
–Debe haber allí una parte de vos.
–Me creas o no, te aseguro que en mi vida soy muy precavido. Arriesgo poco. Siento que estoy en una posición muy afortunada. Todo lo que me ha sucedido se debe a algún profundo golpe de suerte. Así que corro pocos riesgos. Pero, claro, mi liberación es cuando hago películas. Ahí es donde me desahogo.
–¿Buscás los personajes que persiguen el peligro o tratás de llevar las máscaras de sus vidas hasta un límite?
–Me siento fascinado por eso. Y pienso que lo mismo le sucede a mucha gente.
–¿Encarnás esos personajes con la esperanza de adquirir algunos de sus atributos?
–Eso es lo bueno de interpretar un personaje: que te permite ser esa persona.
–¿Y qué ocurre cuando la película se acaba?
–Si vos estás en condiciones de elegir tal personaje, significa que en cierto modo te refleja. O que en él hay algo que deseás para vos. Actuar es mi descarga creativa. La gente vive diciéndome que debería hacer alguna otra actividad creativa. Pero no, esto es lo que yo hago. No me voy a poner a pintar (risas). Soy un actor. Tengo la suerte de saber lo que me gusta. No me van a ver editando un cd dentro de poco.
–¿Y de qué trabajos tuyos estás más orgulloso?
–No lo sé.
–Claro que sabés.
–Son todos como hijos para mí (se ríe). Está bien, confieso que me gustan algunas escenas. Me gusta una escena que hice al lado de una puerta en The Basketball Diaries. Me encanta esa escena por todo lo que me exigió llegar hasta ahí. Era la primera semana, estaba solo en Nueva York por primera vez, recorriendo las calles. Y esa escena ni siquiera estaba en el guión. Fue un gran momento.
–¿Están cambiando tus gustos, a medida que crecés?
–Sí, es muy loco. Ya no me siento tan duro. No es que me haya ablandado, es que no estoy tan preocupado en ser siempre cool. Un día uno se da cuenta de que tratando de ser siempre tan cool uno puede acabar resultando un pesado.
–O que es limitado, porque usualmente uno está copiando la versión de lo que otra persona entiende por "cool".
–Así es. Yo era el tipo más heavy del mundo, pero llegué al punto de pensar: "¿Cuántas veces vas a hacer las mismas cosas? Tenés que hacer algo diferente". Para mí, elegir hacer Romeo y Julieta fue un paso enorme porque era una historia de amor. Yo pensaba que jamás haría una historia de amor en mi vida. Que no me gustaba, que era basura melodramática.
–Claire Daines [coprotagonista de "Romeo y Julieta"] dijo que sos a un mismo tiempo completamente transparente y la persona más complicada que conoció, y que en realidad no alcanzaba a saber cuál de las dos características era la verdadera. ¿Tenés alguna idea de lo que quiso decir?
–Creo que, en el fondo, está diciendo que no llegamos a conocernos muy bien (se ríe). No, en serio, ¿qué querés que te diga? ¿Tan complicado soy? Supongo que no debe ser fácil, para la gente que me ve por ahí con mis amigos, entender de dónde tomo los elementos para mi desempeño como actor. Pero yo sé ente me alejo de ellos. Es muy simple y así lo hago. No sé de qué otro modo explicártelo.
–¿Empezaste a actuar porque te morías de ganas de hacerlo o porque sabías que a tu familia le venía bien el dinero?
–El recuerdo más antiguo que tengo de mi infancia es este deseo extraño, casi enfermizo, que siento por la actuación. Sospecho que busco agradar. No sé de dónde me viene eso. Pero mi recuerdo más temprano es que estoy en un concierto hippie con mi padre y la banda no se presenta. Hay un centenar de personas coreando el nombre de la banda, entonces mi padre me lleva hasta el escenario –no recuerdo qué edad tenía, calculo que unos 3 años– y ahí arriba me pongo a bailar tap para cientos de personas. Esa es mi personalidad. Quiero agradar al público.
–O sea que tuviste una educación en un ambiente bastante artístico y hippie.
–No me crié en el asiento trasero de una camioneta Volkswagen ni nada por el estilo, pero en gran medida crecí en un entorno bastante bohemio. El otro día estaba recordando cosas de mi infancia. Uno de los recuerdos más lindos: el lago de Echo Park se vació momentáneamente y todos los homeless y los vecinos fueron allí, a meterse en el barro, a recoger cosas que la gente había arrojado al lago en los últimos ochenta o cien años. Mi familia me llevó ahí también, me metí en el barro y encontré un viejo revólver y una billetera y unas cuarenta botellas de los años 20 y 30. Fue como una búsqueda del tesoro.
–Y había un clan de personajes que frecuentaba la casa familiar.
–Ah, sí, absolutamente. Organizábamos fiestas con artistas. Venían [el famoso dibujante de cómics] Robert Crumb y [el guionista de cartoons] Harvey Pekar. Mi padre siempre me mostraba sus obras después de que yo los conociera. En vez de hacerme contemplar figuritas de jugadores de básquet o historietas de Marvel, mi padre me decía: "Mirá a los [Fabulous Furry] Freak Brothers".
–Enseñarte esas cosas, ¿fue una decisión premeditada de tu padre?
–Es como él decidió vivir. Casi siempre, los fines de semana, iba de librería en librería con mi viejo. También fui a muchos actos y exhibiciones hippies.
–¿Y cómo es un acto hippie?
–¿Oíste hablar de la Do-Da Parade? Hay una troupe de tipos, The Mud Men, artistas de performance. Ibamos a ver cosas por el estilo. Había espectáculos con enormes pijas en llamas que disparaban cañonazos contra el público. Y a mis padres no les asustaba mostrarme todo esto. Llegué a incorporarme en los Mud Men, lo mismo que mi padre. Los tipos untaban todo su cuerpo con barro, se ponían unos trapos en los genitales, fabricaban unas máscaras de lodo y empezaban a corretear de acá para allá.
–¿En serio? Mi viejo jugaba al tenis.
–(Risas) Me acuerdo de una vez que era chico y estaba todo embadurnado con barro. Me puse a pasear por ahí, a solas, y me escondí detrás de un puestito de salchichas. Una mujer vino a comprar un pancho y entonces asomé yo, como una criatura primitiva de barro. La pobre se cagó de miedo. Mi papá tuvo que rescatarme. Cosas por el estilo eran muy extrañas y estimulantes.
–¿Tu hermanastro fue, en el fondo, un hermano para vos?
–Totalmente. Lo conozco muy bien, desde que nací. De chiquito, yo era bastante solitario. No tenía amigos en el barrio. Cuando quería jugar con alguien, mi mamá tenía que llevarme en auto a Santa Mónica –un viaje de una hora– para que jugara con mi compañero de colegio. En eso, mi vieja era genial. Aunque éramos bastante pobres, ella siempre se ocupó de que mi vida fuese rica. Me inscribió en una gran escuela que forma parte de la Universidad de Los Angeles (ucla), aunque quedaba a una hora de casa. Ella es de Alemania, y me llevó a su país un montón de veces.
–¿Era muy peligroso el barrio en el que creciste?
–No quiero ponerme a contar las típicas y estúpidas historias acerca de pandillas que les toman el pelo a los vecinos ricos. Pero la verdad es que, en los primeros diez años de mi vida, el patio donde jugaba parecía un depósito de chatarra con varios adictos al crack en un rincón. Salía a la calle y me encontraba con un tipo que se abría el saco y me mostraba agujas, heroína, esas cosas. En la esquina había una casa de putas. Y fue bueno llegar a ver todo eso. Pero al mismo tiempo mi madre me sacaba de ahí todos los días y me llevaba a un colegio donde había, esencialmente, un montón de chicos ricos (se ríe).
–¿Tus padres se mudaron cuando empezaste a ganar buen dinero en la televisión?
–No, ellos nunca usaron mi dinero. Nunca.
–¿Hablás muy seguido, hoy, con ellos?
–Todos los días. Con ambos. Son grandes personas. Me gusta tenerlos cerca. No lo hago obligado por el hecho de que sean mis padres.
–Me parece que ellos se ocuparon de darte una vida en la que pudieras divertirte.
–Claro que sí. Lo más loco de todo es que ninguno de nosotros está acostumbrado a tener dinero. Y tampoco creo que lo gastemos en las cosas más prácticas. Bueno, no sé si el arte plástico es algo práctico o no, pero en eso me estoy gastando ahora mi dinero.
–Y además te compraste tres casas.
–Ajá. Tenía que darles a mis padres un lugar donde vivir, después de todo. Pero por el momento no pienso comprarme un yate.
–¿Te arrepentís de algo que hayas comprado?
–No, de nada. Hubo algunas pinturas que me hicieron comprar engañado. Cosas de arte contemporáneo de Nueva York (se ríe), ¿sabés? Una pintura que es una tela blanca con dos líneas y se supone que representa a un hombre en su descenso a otra dimensión. Así que ahora sólo colecciono lo que me gusta a mí. No derrocho el dinero.
–¿Qué cosa te tiene fascinado hoy?
–El último año me la pasé viendo exposiciones de arte. Y además traté de conseguir todas esas cosas que no pude tener cuando era niño. Atravesé un período en el que compraba todas las revistas de historietas y todos los juguetes que quería. Fue un período breve pero muy divertido.
–¿Qué clase de cosas comprabas?
–Todo lo que había querido cuando era chico. Estaba en pleno síndrome de Peter Pan (risas).
–Lo que hoy sabés acerca del mundo, ¿lo aprendiste gracias a la actuación?
–Totalmente. Yo nací en Los Angeles, ése es mi hogar. Y me siento orgulloso de saber que no soy el estereotipo que otro actor, en mi lugar, seguramente sería. Trato de alimentar mi vida con cosas interesantes. Pero no puedo negar que provengo de Los Angeles y nací en Hollywood. En Hollywood... ni siquiera en un barrio cercano.
–¿Lamentás muchas cosas que hiciste?
–Todos lamentamos algo que hicimos, y a la vez sacamos una lección de ahí. Yo lamento ciertas cosas que hice o no hice profesionalmente, además de algunas decisiones que tomé en mi vida personal.
–¿Por ejemplo?
–En cierto modo, me gustaría no haber dicho: "Al diablo, no voy a conformarme ni tampoco voy a volverme un ermitaño. Voy a salir y hacer todo lo que se me ocurra, lo que sea". Todavía tengo ese gesto, aunque estoy un poco más sereno. Me habría gustado no haber tenido ese gesto rebelde en aquel preciso momento, no haber echado tanta leña al fuego. Eso es algo que lamento. Podría haberme comportado de una manera más calma. Pero lo irónico es que no estaba haciendo nada malo.
–Hay mucha gente, incluso famosa, que quiere conocerte. ¿Hay alguien en especial a quien quisieras conocer?
–Me hubiese encantado conocer a mucha gente. Me habría encantado conocer a [el artista plástico norteamericano Jean-Michel] Basquiat. Habría sido genial. De la gente que está viva... a ver, Dios mío, ¿a quién no conocí? Me encantaría conocer a Marlon Brando.
–Todos los actores jóvenes nombran a Brando.
–Debe ser por que él fue el mejor.
–Pero el otro día vos dijiste que habías sido más fanático de James Dean que de Brando.
–Bueno, sí, pero Dean está muerto, ¿no?
–Y de los actores de ahora, ¿a quién admirás?
–Jim Carey es un genio. Si se muriese hoy, todos hablarían de él como de otro Peter Sellers. Y también está De Niro, tal vez el más influyente de todos.
–Estás ahora en una posición privilegiada. ¿De qué manera te gustaría desarrollar tu carrera?
–Creo que algo ha estado respirando bajo la superficie de los films y esto tiene que ver, estoy seguro, con las protestas de la gente porque la industria y los negocios se han entrometido demasiado en el arte. A veces miro las películas de acción de Schwarzenegger o Stallone que daban cuando yo era chico; algunas estaban buenas, pero eso era todo lo que había. Todos hablan de los años 70, pero yo siento que estamos por entrar en un período mucho más excitante para el cine. Hubo tanta porquería que ahora la gente está confiando mucho más en el boca a boca.
Yo solía pensar que los famosos eran una porquería. Leía los reportajes que les hacían y no les creía nada. Pensaba que en torno de ellos había una gigantesca maquinaria publicitaria y que estaban entrenados para responder.
–Muchos de ellos son una porquería, es verdad.
–Lo bueno es que, más allá de lo que los famosos digan, uno alcanza a percibir algo de ellos; uno llega a saber si tienen o no un buen corazón.
–Ah, bueno, pero si un actor no consigue ser encantador durante un reportaje es que, probablemente, no es muy bueno en lo suyo.
–Eso es cierto. Sin embargo, la fama, vista del lado positivo, hace que tu vida no sea aburrida. Eso es cool.
Por Chris Mundy

