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Jorge Lanata

Charla con el polémico periodista.

Un escritor argentino que vive en el exterior, de paso por Buenos Aires, comentó que iba a encontrarme con una suerte de William Randolph Hearst, el magnate periodístico norteamericano cuyo esplendor y derrota inspiraron El ciudadano de Orson Welles. "Dicen que está gordo y deprimido: es puro exceso", me confió. Por alguna razón le creí. Lanata siempre me pareció un hombre solo. Lo imaginé abandonado a sus recuerdos entre los escombros del poder, ermitaño y fugitivo, huyendo de sí mismo. En esa imagen fantástica aparecía abatido por la traición, inclinado sobre un gigantesco espejo de sal mientras añoraba los tiempos de la primera fundación de Página/12. Quise imaginar su muerte: vi un cortejo fúnebre (personajes decrépitos de la dictadura, una madre confinada en silla de ruedas, un ramo de viudas, todas viejas obsesiones por las que puede entenderse una historia personal) y una lápida sobre la que se leía esa frase de Truman Capote que él mismo citó en algunas de sus crónicas: nadie busca su destino, sino que es arrastrado por el.

Nos conocimos en marzo del año pasado, pocas semanas antes de que saliera a la calle el primer ejemplar de Rolling Stone. Yo quería recoger su testimonio sobre algún tema vinculado con los medios. Lanata me ofreció dar su impresión sobre el primer sumario de notas. "Es blando", dijo. "No hagas la historia oficial." A la mañana siguiente tenía sobre mi escritorio un texto feroz en el que exhibía con cinismo su desencanto con el mundo del rock. Era despiadado, aunque no genial, y estaba escrito con ese lenguaje estruendoso que no alcanza a conformar un estilo y que parece tener un problema personal con las academias. El texto nunca se publicó. Me pregunté entonces cuánto le pesaría llevar hasta las últimas consecuencias su desmedido personaje -justiciero o francotirador- y quise entender que todo era producto del narcisismo. Me había perdido lo esencial: su brutal teatralidad -descubrí después- es menos consecuencia de la arrogancia que de un hondo sentimiento de vacío.

Nos encontramos en un estudio de América, la emisora a la que Lanata regresó en medio de un estrépito de rumores. Varios meses antes había desaparecido de la programación cuando el empresario Eduardo Eurnekian necesitaba congraciarse con el gobierno de Menem para conseguir el control de las estaciones aéreas con su empresa Aeropuertos 2000. Con el regreso a la pantalla del canal -aprobado por el Presidente, quien fue consultado por sus hombres de prensa-, comenzó a tejerse una red de sospechas. "Son unos hijos de puta", dice y se transforma en un toro embravecido. "Estamos haciendo el programa más antioficialista, más anarquista posible, y todavía me preguntan qué entregué para volver."

Algo fascina: la suya es también la historia de esta década, que él atravesó con dignidad aunque haya quienes advierten que el periodista de izquierdas de los albores de los 80 se travistió en un clown mediático, hueco e irreverente, ganado por el narcisismo y un espíritu amarillista. Rabioso, lanza espumas de odio apenas le insinúan que él también es un hijo del menemismo. "Grandísimos hijos de puta. Cualquier boludo de los que me cuestionan saltaría en una carrera de embolsados en la tele."

Dos horas más tarde estamos en su departamento de Belgrano, que mira al río desde un piso 26. No abundan el lujo ni la ostentación. La decoración es clásica, algo impersonal. Una serie de tapas de diarios (Crítica, La Nación, Página/12) cuelgan de las paredes del pasillo que conduce a un estudio reducido. En ese pequeño búnker Lanata se refugia de sus fobias. Papeles, libros. Sobre una de las paredes hay tres fotografías (Bertrand Russell, Salinger, Borges) y tres cuentos escritos por Bárbara, su hija de 10 años. A un costado del balcón -donde hablaremos durante cinco horas, a lo largo de dos encuentros regados con buen vino blanco italiano-, en un ambiente mínimo, guarda celosamente dos de sus tesoros más preciados: una colección de relojes de arena y la primera biblioteca que conoció en su vida, que perteneció a su tío Dionisio.

Monumental y excesivo, Lanata dice estar dispuesto a contarme su historia. Sé que traerá consigo a sus fantasmas: Massera, Menem, los muertos de la dictadura. Sé que disparará sobre sus viejos odios, con crudeza e impiedad; sincero, pero también devorado por su propio personaje. Sé que -periodista al fin- puedo ceder a la tentación de cargar pólvora fresca en el arma del francotirador, para después pasear mi mirada perversa y triunfante sobre un re- guero de cadáveres. Entonces propongo una tregua: le pregunto por su madre.

-Mi vieja... mi vieja me enseñó a leer. Después se enfermó. Cuando yo tenía 5 años le descubrieron una lesión cerebral: tiene una mitad del cuerpo paralizada y una lesión en el centro del habla, o sea que no puede formar palabra. Puede entender, decir sí o no. Está en una silla de ruedas… Yo tenía 4 o 5 años cuando leía los chistes de La Razón. Crecí en Sarandí. En casa había un limonero, gallinas. Y piezas en el fondo. Eran depósitos de revistas: Selecciones, Para Ti, Siete Días, Atlántida. Había un esquinero con libros de odontología; mi viejo era dentista. Pero estaba la biblioteca de mi tío. Mi vieja me enseñó a leer aunque yo no me acuerdo de ella enseñándome: sé que fue así. Ella es increíble, vive y se caga de risa. Creo que tengo su mismo, y constante, sentido del humor, aunque en su caso es mucho más conmovedor: hace más de treinta años que está así. Cuando pasó lo de mi vieja me fui a vivir a lo de mi tía Nélida. O sea que yo de algún modo iba de visita a mi casa. Al comienzo iba de tarde y de noche, después las visitas se fueron espaciando.

-¿Para protegerte?

-Porque yo no vivía ahí. Para un chico era fuerte ir a un lugar donde había una señora que estaba en una silla, muda. Y estaba mi viejo puteando por esa situación… Era una mierda. Yo no sabía qué decir cuando comíamos. Una sola vez fui a comer con mi viejo, a una pizzería de Sarandí. Una sola vez fui al cine con los dos, a la Avenida de Mayo, cuando mi vieja todavía estaba bien. No íbamos de vacaciones. Así vista fue una mierda mi infancia, así vista y de cualquier manera. Viví mucho tiempo enojado con mi vieja, como si ella hubiera sido responsable de lo que pasó. Me costó mucho quitarme ese sentimiento. Durante años para mí fue muy difícil abrazarla: no es que no lo hacía, pero era acercarme, tuc, y salía. Ahora está todo bien. Existe la muerte, loco. No podemos vivir como si no existiera. Eso decía Simon Wiesenthal del Holocausto: no se puede vivir pensando todo el tiempo en los campos de concentración, pero tampoco podemos vivir como si no hubieran existido.

-¿En alguna crónica escribiste sobre tu papá: "Durante el tiempo en que luchamos por cambiarnos, nos odiamos"?

-Era un tipo muy voluntarioso, muy cabeza dura, y muy noble, creo. Yo soy muy distinto. La acompañó siempre a mi vieja. Seguramente la mayoría de la gente que conozco la hubiera internado desentendiéndose del asunto. Mi viejo estuvo ahí durante años. Era hijo de un jugador de fútbol de River (Agustín Lanata, mi abuelo). No era un tipo que leyera. Yo tuve suerte en una situación terrible, ¿sabés? Pude morir su muerte junto a él, vivirla y morirla también. Y eso me hizo bien, porque yo me peleaba mucho con mi viejo, sí, es cierto, nunca había conseguido hablar con él. A lo mejor tenía que ser así. Vinicius de Moraes dice eso no sé dónde: con su padre no hablaba mucho porque si lo hubiera hecho se habrían abrazado y habrían llorado los dos… Vi- nicius dice: él por su angustia de poeta inédito y yo por mi angustia de poeta premiado con un padre poeta inédito… No sé… Todos tenemos una compulsión por entender a nuestros viejos. Y no hay que entenderlos, no hay posibilidad de que los entendamos, o por lo menos no la había en mi casa. Siempre queremos discutir con ellos… Qué carajo vamos a discutir si el tiempo es atroz y los pasó por encima… Mi viejo tenía cáncer en los huesos y yo lo acompañé cuando lo internaron. Y fue increíble… él metió en el bolso un reloj, su pijama y unos ejemplares de Página. ¿Sabés lo que significó eso para mí?

"Papa, no corras" es el título de una crónica que Lanata escribió en Página/12. No estaba referida a su padre sino a Jacobo Timerman, el hombre que en los años 70, después de haber tenido su primer gran triunfo personal con Primera Plana, creó un diario que marcó huella en el periodismo argentino: La Opinión. En mayo de 1987, pocos días antes de que saliera a la calle el primer ejemplar de Página/12, Lanata quiso conocer la opinión del editor.

-Yo no tenía esa cosa… ¡oh, Timerman!… que acá tienen muchos intelectuales. Cuando salió La Opinión yo era chico. Todo bien: me parecía un tipo respetable. Le llevé unos número cero, horribles, a su casa de la calle Posadas. A Jacobo no le gustó la tapa, que era más o menos la misma que se conoció después. Pero pensá que él venía de hacer un diario copiando Le Monde, deliberadamente sin imagen. Después lo traté más, tuvimos una relación de amor-odio; nos peleamos, nos acercamos. Pero lo entiendo: Timerman fracasó el mismo año en que nosotros hicimos Página. El estaba viejo en ese momento: no para escribir, sí para editar. El había desintonizado. Cuando tomó La Razón lo tenía todo: guita, chapa, poder, todo. Nos- otros no teníamos nada, nadie nos conocía, pero hicimos Página. Para el tipo debe haber sido una relación difícil. Escribí "Papá, no corras" cuando me enfurecí con él. Pero tenía motivos: Jacobo había vinculado a Tomás Eloy Martínez y a Eduardo Galeano con la guerrilla, no sé si en un texto o en una declaración pública. Era una guachada sin límites, y además no era cierta.

-En ese momento mucha gente asoció a "Página/12" con "La Opinión".

-No teníamos nada que ver. La Opinión recibía plata de los milicos, de Montoneros, de quien fuera; nosotros no podíamos pagar los sueldos. La Opinión -esto lo decía el propio Jacobo- no llegó a vender 10 mil ejemplares. Nosotros vendimos entre 26 mil y 30 mil el primer año, y 100 mil el quinto. Por ahí asociaron los dos diarios porque yo laburé con tipos que habían estado con Timerman: Juan Gelman, el Gordo [Osvaldo] Soriano, Galeano, Tomás, [Miguel] Bonasso, [Horacio] Verbitsky, [José María] Pasquini Durán. Yo al comienzo tenía una confianza enorme en los tipos, pero después me di cuenta de que era al pedo: los tipos de firma nos daban un pequeño valor agregado, pero no más; en realidad, el diario les servía a ellos. Lo que nos servía -pero eso yo lo supe después- era formar gente nuestra, tener equipos de Página. Ese fue nuestro punto fuerte: los equipos de investigación. Yo igual lo respeto a Timerman. Visto desde ahora -sonará soberbio, pero creo que es así-, me parece que acá hubo tres diarios que interpretaron la mentalidad de su época: Crítica, La Opinión y Página. Yo hubiera ido a verlo al viejo Botana [Natalio, mítico fundador de Crítica], me parecía un personaje intere- santísimo, pero estaba muerto. Lo fui a ver a Timerman.

-¿"La Nación" y "La Prensa" no interpretaron su época?

-¿La Nación del Centenario? Sí, es cierto. La Prensa de los años 40, no sé, aunque ése fue su momento de mayor circulación. Mi familia leía La Prensa. Por esas cuestiones increíblemente ridículas, durante la dictadura se quejaban de La Nación. Estaban más cerca de La Prensa porque corría a la dictadura por derecha con los temas económicos, y porque Manfred Schönfeld, que era el columnista político, les pegaba a los milicos. La Nación tampoco estaba a favor ni en contra de Isabel [Perón, quien accedió a la presidencia en 1974 tras la muerte del general Juan Domingo Perón], y La Prensa la mataba. De todos modos, cuando hacíamos Página me parecía que La Nación era el mejor diario. Creo que es el diario ideal para competir con Clarín. Pero la concentración de medios es fabulosa. Los medios no advierten que al concentrarse adoptan una actitud suicida porque juegan su credibilidad al límite. Guardaba algunas esperanzas con La Nación hasta que se asoció con Clarín en Cimeco [la empresa creada para manejar diarios del interior, entre ellos, Los Andes de Mendoza y La Voz del Interior de Córdoba]. Pero Dios existe: hace falta un solo medio del otro lado y el monopolio más poderoso se inquieta. La empresa que formamos para lanzar XXI se llama Grupo Tres. El logotipo son dos rectángulos inmensos, el Grupo Clarín y el cei [monopolio de medios oficiales que controla, entre otros medios, Telefé, Atlántida, Continental, Azul y Cablevisión], y un puntito azul, nosotros. Y los vamos a joder.

-¿Dónde nació "Página/12"?

-Alejandra Pizarnik escribe en una poesía algo maravilloso. Dice que todo lo que se puede decir es mentira. Cualquier interpretación racional de algo que hiciste desde el sentimiento, o desde el vértigo, es falsa. En El Porteño hacíamos una separata que se llamaba "The Posta Post". Debajo del título en letra gótica, tipo The New York Times, decía: todo lo que los demas medios saben pero no se atreven a publicar. Probablemente la historia haya comenzado ahí. Alguna vez pensamos en hacer un diario de ocho páginas y yo empecé a juntar gente para que pusiera guita. Era un trip. Delirio total. Al principio la Redacción estaba en contra de las tapas. Pensaba que no eran serias. Pero una de las cosas que demostró Página es que se puede variar la forma sin afectar el contenido, siempre y cuando el contenido sea confiable. Se puede variar la forma como renovación del contrato de lectura. Fue un vértigo. Un flash. Yo tenía 26 años. Estuve ahí meses hasta que me di cuenta de que estábamos haciendo un diario. Y me di cuenta un día cuando pasábamos con Ernesto Tiffenberg por Callao y Corrientes y escuché el canto del canillita: "Clarín, Nación, Página". Hicimos un diario, loco. Fuck.

-¿Cómo se armó la Redacción?

-Juntaba gente en el bar La Opera, en Callao y Corrientes. Les decía que renunciaran a sus trabajos, que iba a sacar un diario. Pero era gente de La Nación o Clarín. Por eso armamos la cosa con algunos activistas, con tipos que habían sido despedidos, que eran buenos periodistas pero no encajaban en la industria. Y con algunos tipos que venían de El Porteño. Antes de salir, alquilamos un piso en Perú 367 y fue muy loco: nos enteramos de que ahí había funcionado Primera Plana. Absurdo. Yo no iba mucho a la redacción. Soy famoso por mis fobias. Menos todavía cuando empezó a quebrarse algo con la gente, a partir de algunos conflictos gremiales. Somos muy corporativos, los periodistas, y generamos estereotipos que es obvio que son falsos, aunque respondemos a ellos sin pensar si son ciertos o no. Hoy decía algo sobre eso en la tele cuando hablaba de investigar a la víctima, ¿te acordás? Yo pensaba en Cabezas. Todos nos opusimos a que fuera investigado. ¿Por qué no? Eso no quiere decir que sea culpable. Pero, ¿qué derecho tenemos a decir que no? ¿Somos inocentes porque somos periodistas? Delirio total. Yo, afortunadamente, no tuve el conflicto de los sesenta rajes en Página, que sí tuvo que atravesar Tiffenberg. Creo que me hubiera ido, no me hubiera bancado esa situación. Me acuerdo de que hablamos de eso antes de que me fuera, era nuestra fantasía: ¿y qué hacemos si rajan gente?

-¿Si rajan quiénes?

-Si rajan quiénes… Los que vienen, sí. La empresa que llegó. Me encantaría contarte toda la historia, pero yo prefiero que te la cuenten ellos. No tengo ningún motivo para no contártela, ni siquiera tendría que mantener ninguna solidaridad con el diario, porque se portaron muy mal conmigo. Pero prefiero que te la cuenten ellos, que no te la van a contar.

Pause.

Lanata impone el único off the record que tendrá esta entrevista. A la manera de Maxwell Smart, hace descender un cono del silencio bajo cuya bóveda amenaza con darme algunos detalles de la operación. Le pido que no lo haga. No hace falta, además. Medio país (y media patria periodística) cree saber que hace dos años Página pasó de ser la aventura heroica de un puñado de soñadores, en plena primavera democrática, a ser parte de uno de los holdings más poderosos de la Argentina. La otra mitad advierte que Lanata se habría ido en muy malos términos de la empresa y, aprovechando su credibilidad pública, echó a rodar un rumor que tomó cuerpo hasta alcanzar las formas de la verdad.

Para la elaboración de esta nota, pedí formalmente entrevistas con Ernesto Tiffenberg, director periodístico de Página/12, y Fernando Sokolowicz, su editor responsable. Ninguno de los dos accedió a esa consulta periodística.

-¿Llegaste a publicar la carta que escribiste cuando tu nombre no fue mencionado en el número del décimo aniversario de Página/12?

-No, nunca se dio. ¿Vos la leíste?

-No.

…Trabajamos siete años juntos, lo que nos convierte en una especie de compañeros de cárcel, o de colegio, obligados al amor y al odio de la convivencia. Cualquiera de nos- otros puede contar historias espantosas o conmovedoras de su vecino. Tampoco, en aquellos siete años, fuimos los mismos: hubo fuertes cambios de camino, hijos, separaciones, muertes, desencantos viejos y nuevos encantos. Creo que somos mejores que hace diez años, aunque más des- angelados y más viejos. Sin embargo, no pensé -hasta este lunes- que íbamos a perdernos el respeto…

…Yo pensaba en aquellos años que Tiffenberg era una especie de Descartes que compensaba mi rol de elefante en un bazar. Después -y a destiempo- supe que las dudas de Ernesto no eran expresión de inteligencia crítica sino de miedo. Aprendí, también tarde, que a veces los cobardes son peores que los hijos de puta…

…Fue tortuoso y difícil dejar el diario: yo estaba en un lugar que jamás había soñado, pero que también me impedía crecer. Tenía -como también tengo ahora- un fuerte temor al fracaso, y creo que ese temor me impidió salir de allí un año antes. La megalomanía de la dirección «empresaria» aumentaba mi inseguridad: en tres o cuatro años los mismos tipos que yo había visto entrar fascinados como los indios americanos en la corte del rey de España, ahora se habían convertido en expertos de la comunicación…

… Cada vez que un periodista de Página me contaba que le habían cortado mi nombre en una nota, me parecía patético y hasta gracioso. Pero este lunes, por ejemplo, me dolió que Juan Gelman me desapareciera de su contratapa. Me encontré con alguna gente de Página -cuatro o cinco personas, en realidad- que me dijeron que era injusto. No les pregunté qué hacen para cambiarlo porque hubiera sido molesto, para ellos y para mí. Pero no creo, sinceramente, que como periodistas podamos llegar a la verdad si partimos desde una mentira. Tal vez hubiera tenido que hablar sobre todo esto mucho antes.

Que tengan un feliz cumpleaños.

Que tengamos un feliz cumpleaños.

Jorge Lanata

Tres días despues de ese primer encuentro seguimos el mismo itinerario: nos encontramos en el canal y dos horas después estamos camino de su casa, llevados por su chofer y asistente personal, que de lunes a viernes lo espera a las 10 de la noche en Fitz Roy 1650.

-¿Tuviste tu "Cinema paradiso"?

-Es cierto. Aunque a mí no me termina de convencer el cine italiano de los 80. Cuando te dicen: Tarantino es un maestro del guión. ¿Perdón?: yo vi Buñuel. El guión no nació con un tipo que tenía una casa de videos y después fue Tarantino. Sí, había dos cines a los que iba de chico. El Maipú y el Colonial, una sala de porno soft. Yo conocía al acomodador, un viejito que escribía poemas horribles. Porno soft de la época, nada: Las colegialas se confiesan, las de la Coca Sarli. Por ahí cerca se debutaba. Caían unas chicas con una toallita, la tiraban en el pastito y ¡tuc! ahí la colocaban los chicos. Yo acompañé a unos cuantos, pero debuté en Córdoba, con una puta, también. Delirio. Me causa gracia ese gusto esnob de los intelectuales por Isabel Sarli, es patético. Es un intento de los intelectuales por querer ser populares a toda costa, pese al mal gusto. ¿A quién puede gustarle la Sarli? Pobre: ella ponía el cuerpo y el otro la fiolaba. Armando [Bó] la fiolaba, sin duda. Es como lo de Sandro… Aunque a mí me gustaba Sandro, y el Negro [Alberto] Olmedo. Sí… (Piensa, dibuja una media sonrisa.) Sí, yo era grasa, y quizá siga siéndolo. Pero hoy tengo mi pequeña venganza. Me importa un carajo y lo puedo decir, pero antes no podía.

-¿Qué te avergonzaba?

-(Lanata parece perderse, contesta algo impreciso.) Eso, yo no soy de acá… Tampoco soy de allá. No soy de ningún lugar. Ni de Belgrano ni de Avellaneda.

-¿Te sentís un extranjero?

-Sí, claro que sí. Uno debe hacer notas para eso, para confirmar sus propias dudas, ¿no? Es raro eso: yo me siento un extranjero en muchas cosas y, ¿ves?, mirá lo de la tele, a mí me sirvió para muchas cosas. Porque yo en la calle me siento en casa. Así dicho vos me dirás que parece una pelotudez demagógica, y sinceramente no lo es. Yo quiero a la gente. Me quedo discutiendo con los tipos. Y la tele me permitió hacer que se sientan cerca de mí y yo sentirme cerca de ellos. Para mí eso es importante. A lo mejor porque anduve mucho en la calle y nunca sentí ese calor. Para mí ahora es bueno saber que no me va a pasar nada en la calle: estoy en casa. Y mirá que me pasaron cosas feas. Dos veces viví en la calle. En Mar del Plata, después de pelearme con mi viejo, y en Brasil. En la calle está la violencia del sistema, el límite que te ponen las vidrieras de las casas de comida, porque vos estás del otro lado. Pero nunca te morís de hambre: hay una red de solidaridad de gente -panaderos, fruteros, pizzeros- que te dan restos de comida para que puedas sostenerte. Después está la violencia del afano, la supervivencia más cruda. La conocí de cerca en las calles de Brasil. Por eso yo entiendo totalmente cómo alguien puede limpiarse a un tipo, entiendo como alguien puede ir y cogerse a un viejo. Lo entiendo de verdad. Porque lo pensé y no lo hice. Conocí mujeres que se dejaron coger sólo para tener un poco de abrigo… Yo sabía que podía volver, ¿me entendés? Pero cuando la cosa va en serio, cuando tenés frío y no hay salida…

-¿Sos extranjero entre los intelectuales?

-Yo tengo un problema con la Academia. Uno todo el tiempo piensa que el que está enfrente de uno es mejor. Siempre sobreestimamos a quien tenemos enfrente. Y en ese punto me di cuenta de que finalmente no había leído tan poco y de que no era tan idiota como pensaba al comienzo. Entendí, además, que muchos de los que parecían increíblemente cultos eran bastante brutos. Entre los intelectuales hay un campeonato de ingenio constante. A nadie le gusta algo que desgraciadamente está en mi naturaleza: yo cuestiono el poder todo el tiempo. Y los intelectuales no se lo bancan… Tengo una explicación más racional, si querés: desde hace veinte años, en la Argentina somos manejados por una generación de críticos. Es curioso: ningún nene quiere ser crítico. La cultura argentina, después de los años 70, es una cultura hecha por críticos. Los tipos no están más que peleándose por espacios de poder. Pelean con la palabra y se vuelven cada vez más crípticos para mantener ese poder de mierda que tienen. Hay algo que no soporto y es que el noventa por ciento de los tipos que te corren por izquierda, apenas los llama atc, [Gerardo] Sofovich, Clarín o Magoya, corren a sus pies. Me joden que sean profesionales, que sean tan miserables.

-No me imagino que tengas una relación sencilla con los periodistas.

-Alguna vez escribí que uno es la exhibición del miedo del otro. A los veintipico me enteré de que la gente podía envidiarme. Quizá por exceso de egocentrismo, ni siquiera lo veía. Yo armé un diario a los 26 años y eso te genera, de movida, enemigos. Soy un tipo resistido en el microclima de los medios; soy resistido por quienes piensan que soy un idiota y que ellos deberían estar en mi lugar. Me encantaría que todo el mundo me quisiera. Pero hay una parte del gremio que no me banca.

-En el número del 25 de marzo de "XXI" escribiste palabras muy duras sobre Eurnekian, cuando se cayó el regreso a la pantalla de América: "…los nuevos dueños de los canales no sabían nada de comunicación… eran lobbistas o empresarios argentinos audaces que -como Eurnekian- habían crecido a la sombra de créditos oficiales: la mejor manera de no pagarlos era contar con medios que presionaran al gobierno de turno". ¿Cómo se vuelve de eso?

-Se vuelve porque es televisión. Los mismos tipos que te putean, cuando te necesitan, te llaman. Simplemente me llamaron. Están todos enfermos. Pégense un tiro, loco. Me llaman, no me bajo los lienzos, no transo con el canal, todas cosas que ninguno de los tipos que me critican serían capaces de hacer, y me corren por izquierda. Mátense. Fuck you. Denme, al menos, la posibilidad de demostrarles qué programa voy a hacer. Volví, se podía hacer, mirá vos. Te lo pregunto al revés: ¿qué creés, que me compraron?

-¿Cómo es la relación con Eurnekian?

-No tengo relación con él. No soy su amigo. Pero supongo que no creerás que los empleados de Sevel son amigos de Macri. Yo me gané ese espacio y ellos tardaron un año en reconocerlo, pero tuvieron que hacerlo. ¿Cuánta gente conocés que se caga en un sponsor? ¿Y me llamaste para felicitarme por eso? Váyanse a la mierda, mírense un poco ustedes al espejo. Todos nos cobran el doble: los políticos, los avisadores, el medio televisivo. Estamos laburando el doble porque elegimos ser nosotros mismos. Y yo me engancho, soy un boludo culposo. Mirá. En un momento de mi vida quise hacerme una casa en José Ignacio. Pedí un crédito y me hice la casa. Empezaron los rumores. No pudieron pensar este tipo tiene una casa en José Ignacio y cree que no tiene que existir Namibia. Te dicen sos zurdo, ponéte una sotana y sandalias, sé un apóstol. Todo mal. Vendí la casa. Es loco: puedo putear a Massera o a un barrabrava, pero no me banco al boludo de Caras que me corre por izquierda por lo de José Ignacio… Fuck.

-¿A quién llamás cuando querés entrevistar a Menem?

-A Kohan. O a su jefe de prensa. La única vez que entrevisté a Menem me reuní con Kohan en el Museo Renault. Después él se puteó con [el vocero presidencial] Raúl Delgado, se armó un gran quilombo y tuve que bancarme la operación de prensa en la que Delgado llevó a Menem al programa de [Mariano] Grondona el mismo día que salió XXI. Fue fuerte la entrevista. Página no te pasa dos veces en la vida. Pero a mí me pasó. Estábamos afuera de todo. Hacíamos un programa en Radio Colonia desde mi casa. Hicimos una revista y a los dos meses Menem me dio una entrevista. Para mí fue la mejor demostración de que no nos podían sacar. La segunda demostración fue este regreso a América.

-¿Por qué te dio esa entrevista?

-Menem es un animal político: nunca te dará nada si no le sirve. No me hizo un favor. En ese momento operaron a periodistas -algunos contratados por la side, tipo [Jorge] Jacobson- para que dijeran que viajaba en el avión presidencial. Tuvimos que alquilar una avioneta… ¿Por qué me dio la nota? Me querría conocer. Si yo fuera él, hubiera querido conocer a Lanata. Y yo quería conocerlo a él. Dos tipos que se putean durante tantos años siempre quieren conocerse. Yo soy periodista. Si tengo al Diablo enfrente, le hago una entrevista. Pero no hago operaciones de prensa… Menem es un tipo con carisma, audaz y muy, muy impune. Me hubiera encantado que esa nota de la revista se hubiera visto por tele. Yo le impuse un tono de tuteo y él se enganchó cuando no tendría que haberlo hecho. El es el Presidente. Y ahí se equivocó.

-¿Estuviste cerca del peronismo?

-Yo era un chico peronista de Avellaneda. Tampoco sé si estaba en contra de lo que estaba pasando [durante la dictadura militar]. Tenía 15, 16 años. En esa época era mozo y un poco antes había trabajado en Radio Nacional. ¿Y qué vas a hacer en Avellaneda? Mirá. Yo voté a [Italo] Luder en las elecciones del 83, cuando ganó [Raúl] Alfonsín. Estoy loco: voté a Herminio Iglesias; era un boludo total. ¿Sabés por qué lo voté? Yo escribía mucho en los bares que hay alrededor de la estación Constitución. Me iba a escribir ahí porque había personajes impresionantes, me quedaba hasta la madrugada perdiendo el tiempo. Y estoy ahí el día en que se hace el cierre de campaña del pj en la 9 de Julio. Y los veo pasar: ¡tum! ¡tum! ¡tum! Los muchachos peronistas, locura. Yo no podía votar a la calle Santa Fe. Me vas a decir que voté a los tipos que quemaron el cajón. Pensé en votar a Alfonsín, pero no pude hacerlo.

-¿Aquel chico de Avellaneda se habrá sentido traicionado por Menem?

-Menem se traicionó a sí mismo. La traición empieza con uno. Menem se olvidó de dónde viene. Por eso le duele que se lo digan: le duele que le digan traidor mucho más de que le digan chorro. Y le duele que duden de su virilidad. Yo no lo voté, a mí no me traicionó. Hay un punto en el que Menem es muy torpe: cree que va a poder vencer al poder real, y el poder real se caga de risa. Me da vergüenza eso, que no pueda escuchar esa risa del poder real. Es una lástima, porque es el Presidente.

-¿Cómo fue la relación con Alfonsín?

-Mala, espantosa. Detrás de su apariencia mansa es bastante intolerante. Una vez me hicieron una entrevista en Salamanca, yo critiqué parte de su gestión y me llamó para putearme. Otra vez invitó a la Quinta de Olivos a editores de diarios y revistas, a desayunar. Quería saber cómo veíamos las cosas. Fue después del copamiento de La Tablada. Le dije que me parecía mal que hubiera integrado a los militares en el Gabinete de Seguridad. Empezó a gritar, fue horrible… Delirio total. Hace poco se molestó cuando escribí una nota en trespuntos en la que le pedía que no nos salvara más, que le agradecía lo que había hecho hasta acá, pero que ya habíamos crecido. El odia ese argumento.

-¿Te llamó Graciela Fernández Meijide después de las denuncias que hiciste sobre la contratación rentada de su sobrino (Augusto Fernández Meijide) y su esposo (Enrique) en el ámbito de la Legislatura?

-Llamamos a su jefa de prensa por alguna cuestión y nos preguntó: "Llaman para pedir disculpas, ¿no?". Tenemos una relación de muchos años con Graciela. Yo la cuento en esa carta abierta. Eran los primeros años 80, yo estaba en El Porteño y estábamos muy cerca unos de otros: Augusto Conte, el Gordo Lázara, Alfredo Bravo, Hebe [de Bonafini], el Chacho [Alvarez], las Madres… Hace un tiempo, Graciela me dio vuelta la cara en la puerta del canal. Creo que es injusta si el motivo es que le denunciamos lo del marido [primero asesor rentado del legislador Roque Belomo, luego del Consejo Asesor del Plan Urbano Ambiental]. El problema no somos nosotros, sino su esposo. Si van a estar en el poder, tienen que aprender cómo manejarse con la prensa. Y me parece que no es llamando a Página y a Clarín, como lo hizo en otro gesto poco afortunado, para que echen a dos periodistas. Está mal, lo haga ella, Menem o el Papa… Delirio. Es un síndrome de la izquierda argentina: el peor enemigo es el que tenés al lado.

-¿A qué cosas les dijiste que no?

-A pocas. Necesito que me quieran. Hay veces en que me gusta tener la actitud de decir no. Me gusta que algunos me tengan miedo. Dijo de mí alguna vez Ricardo Handley: "Es imprevisible". Nos tienen miedo porque no saben qué vamos a hacer. Y hacen bien, porque yo tampoco lo sé.

-¿Alguna vez pensaste que el periodismo podía destruirte?

-No el periodismo en sí, pero sí la burocracia. En un sentido clásico ni siquiera soy un director de diario: me aburre encontrarme con un embajador o con un empresario que sólo quieren que no los mande al frente con una investigación, en el medio de un almuerzo en donde lo único que pretendemos es que nos den publicidad. En el periodismo todo depende de cuáles creas que son los valores que debés llevar adelante en la profesión. Yo soy un profesional, pero me avergüenzo de esa condición. No me gusta tener bordes lisos, tan recortados. Estamos muy lejos del arte, pero me atrae llevar al periodismo ese filo: el arte raspa, corta, te hace un tajo. No me gusta la idea de ser una locutora anorgásmica de la cnn: no te va a pasar nada leyéndome, no te va a pasar nada escuchándome. Pero creo que te destruye antes la burocracia que la locura.

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