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Preparen los pañuelos

La epidemia de gripe de 1918 arojó un saldo de 30 millones de víctimas. ¿Podría volver a suœder? Algunos expertos aseguran que no sólo es posible: es inevitable.

Manhattan, marzo de 1999Silencio en las calles. Hace ya varias semanas que están cerradas las salas de espectáculos, los despachos de gobierno y las oficinas comerciales. Con sus barbijos puestos, unos cuantos transeúntes pasan apresurados, ignorando la fresca brisa de primavera. Gran parte de los ciudadanos cuyos trabajos implican mucho contacto social -empleados bancarios, vendedores, maestros, mozos y policías, entre otros- ya no concurren a sus puestos; están en sus casas, o muertos, quién sabe.

Los hospitales privados están repletos. bellevue aún sigue abierto, pero tanto los pacientes como los médicos están apilados sobre camillas, en los corredores. Dentro de las casas han muerto o yacen agonizantes varios cientos de miles de personas. El dinero no garantiza ningún tipo de inmunidad. Las residencias lujosas habitadas por los multimillonarios de Park Avenue ahora llaman la atención por la ausencia de mayordomos uniformados que reciban a las ambulancias y a los coches fúnebres que llegan cada hora.

Ya no existe la confianza entre vecinos y familiares. Se rechaza a todo aquel que exhiba síntomas de extremo decaimiento o delirios provocados por la fiebre. La prensa amarilla, que sólo circula en ediciones limitadas, publica artículos referidos a una inminente guerra racial. La paranoia con respecto al origen de la epidemia invade todos los ámbitos. Buena parte de los que aún están vivos sospechan que esto se trata de un experimento de guerra biológica fuera de control.

La muerte, cuando se presenta, es misericordiosamente veloz. Repentinamente aparece una fiebre que puede llegar a 41° o 42° en cuestión de horas, acompañada de dolor en el pecho. El fin llega entre dos y cinco días más tarde, anunciado por la piel oscurecida de la víctima, un síntoma conocido como cianosis heliotrópica, en la que los tejidos se ven privados de oxígeno. En algunos casos, las extremidades comienzan a gangrenarse. Se eliminan sangre y mucosidad por la boca y la nariz. Se acumulan líquidos en los pulmones. En pocas palabras, el paciente muere ahogado, víctima de una nueva cepa de gripe.

Un Fuego Que Nos Quema a Todos

Hace ochenta años, una repentina mutación del virus que produce la gripe dio comienzo a una pandemia -epidemia en el plano mundial- que en sólo dieciocho meses cobró la vida de entre 25 y 40 millones de personas en todo el planeta. Los expertos consideran que el flagelo de 1918, conocido como la gripe española, fue el peor desastre natural en la historia. Fueron diezmados pueblos enteros en regiones remotas como Alaska y las Filipinas, de manera muy similar a como fueron eliminados los indios norteamericanos por la viruela en el siglo XVII. En los Estados Unidos, las autoridades de la salud recomendaban en vano que, para salir a la calle, los ciudadanos utilizaran barbijos de algodón impregnados con desinfectante. Las enfermeras domiciliarias se encontraban ante escenas que hacían recordar la peste bubónica: todos los miembros de una misma familia estaban muertos, o agonizaban. En Filadelfia, la gripe fue tan severa que las casas funerarias no daban abasto para recibir cadáveres.

Uno de los brotes más severos se produjo en septiembre de 1918, entre los 45 mil reclutas acuartelados en Camp Devens, cerca de Boston. En un mes, los médicos identificaron 17 mil casos de gripe y vieron morir a casi 800 soldados. En otro destacamento, un comandante se suicidó de un balazo en la cabeza después de que murieron más de 500 soldados jóvenes. Algunos historiadores afirman que fue la gripe española (y no la política) lo que obligó a rendirse a los ejércitos de casi todas las naciones y puso fin a la Primera Guerra Mundial. La gripe de 1918 fue una guerra biológica sin retórica ni lealtades nacionalistas.

Dos tercios de los que murieron eran jóvenes de entre 20 y 40 años: soldados apiñados en buques de transporte de tropas, camino a la guerra que se desarrollaba en Europa, por ejemplo, y sus prometidas, que se habían quedado a esperarlos. Esta ola de muerte causó enorme impacto en el mundo de los médicos, que sostenía que sólo los ancianos, los recién nacidos y los que ya estaban enfermos -"inmunocomprometidos", según la jerga médica de la actualidad- eran vulnerables a la muerte por la gripe. Hoy pareciera que las duras lecciones de 1918 fueron olvidadas. La gripe, una vez más, pasó a ser considerada como un mal molesto, peligroso sólo para unos pocos. Sin embargo, hace poco tiempo un grupo de científicos dedicados al estudio de las enfermedades infecciosas lanzó una advertencia: nuestras creencias actuales con respecto a esta antigua enfermedad no sólo son erróneas. Son mortalmente erróneas.

Hace cientos de años, los europeos creían que las epidemias de gripe eran determinadas por la alineación de las estrellas. Hoy sabemos que varios tipos de virus provocan la influenza y que estos virus están entre los patógenos más infecciosos conocidos por el hombre. Las partículas de los virus de la gripe flotan -literalmente- en el aire durante horas, después de que tose una persona que padece la enfermedad, esperando ser inhaladas por otros huéspedes (que no sólo incluyen a las personas sino también a perros, caballos, hurones, cerdos, pájaros e incluso algunos mamíferos marinos). El primer virus de la gripe en un ser humano fue aislado en 1933, cuando un hurón alojado en un laboratorio le estornudó en la cara a un científico, quien luego mostró los síntomas de la gripe.

El virus, una vez inhalado, infecta las células que recubren el trayecto respiratorio. En huéspedes susceptibles, la infección ocasiona mucha fiebre, una tos dolorosa que puede convertirse en neumonía, dolores en el cuerpo y en los pulmones. Frecuentemente, un caso leve de gripe es difícil de distinguir de un resfrío, un factor que complica los esfuerzos de las autoridades sanitarias por establecer si el virus de la gripe alcanzó la proporción de epidemia. Incluso aquellas personas que no tienen síntomas de la enfermedad pueden trasmitirla. No todos sufren de la misma manera, pero es probable que todo el mundo quede infectado por nuevas cepas del virus, sobre todo por aquellas que hayan sufrido mutaciones significativas.

El experto patólogo W. I. B. Beveridge, quien hizo un trabajo sobre el virus de la gripe en la década del 70, advirtió: "No hay ninguna razón por la que no pueda haber otra pandemia catastrófica como la de 1918, o incluso peor". La gripe, señaló, siempre tiene la capacidad de llegar a ser "una plaga mundial: una chispa en algún rincón remoto del mundo podría ocasionar un fuego que puede quemarnos a todos". Si una supergripe similar a la de 1918 volviera a atacar, ahora que la población mundial se ha cuadriplicado y que más de un millón de personas cruzan fronteras internacionales en avión todos los días, podría matar a cientos de millones, según afirman los expertos.

"La cepa de 1918, en su peor momento, mataba aproximadamente a 42 personas de cada mil", señala Robert G. Webster, virólogo del Hospital Infantil de Investigaciones St. Jude, en Memphis. Hace casi treinta años que Webster estudia la gripe en los seres humanos y en los animales, y encontró algunas cepas en las gallinas que matan al ciento por ciento de las aves infectadas. No halló nada en los estudios actuales que descarte la posibilidad de que, en el futuro, alguna cepa pudiera tener igual efecto sobre las personas.

La Universidad de Rockefeller, en la Upper East Side de Manhattan, es un oasis de verde tranquilidad. Aquí, detrás de las rejas de hierro del campus de estilo victoriano, encontramos a científicos de renombre mundial que se dedican a la comprensión de los procesos que podrían ocasionar enfermedades en el hombre. Uno de los científicos más valorados, Joshua Lederberg, de 72 años, a los 33 ganó un premio Nobel de Medicina por sus investigaciones sobre la genética de las bacterias. Sentado en su desordenada oficina, en el piso superior del hall principal de la universidad, Lederberg, pulcro y animado, advierte que quizá ya haya en evolución nuevas cepas de gripes devastadoras: "Una de ellas hizo un daño espantoso en 1918 y no tenemos ninguna razón para pensar que no volverán a producirse cepas de ese tipo." Sin siquiera un dejo de ligereza, agrega: "Quizá eso ya empezó."

El campo especial de Lederberg es "patógenos emergentes", las enfermedades del futuro, para las cuales estamos todos muy mal preparados, dice. Más aún, a medida que se descifra cada vez más la biología del virus de la gripe, la enfermedad se presenta ya no como un monstruo oculto agrandado por la prensa, como resultaron tantas enfermedades infecciosas en los últimos tiempos, sino como quizás uno de los peligros biomédicos más subestimados a los que se enfrenta la humanidad.

"Hay muchos ejemplos que demuestran que los bichos nos están alcanzando, pero la gripe está en el primer lugar de mi lista", dice Lederberg, y señala que la tan publicitada amenaza de los virus africanos de fiebre hemorrágica, como el Ebola, aún no supera la categoría de hipótesis. "Ebola es una entre varias enfermedades que podrían aparecer, podrían llegar aquí, podrían tener patrones de trasmisión que no comprendemos muy bien. Todas estas son posibilidades, pero, por el momento, son sólo conjeturas. El surgimiento de cepas de gripe (pandémicas) es algo seguro."

Los preparativos para la Gran Epidemia

En 1968 surgió una nueva cepa gripal de importancia, quizá proveniente de Hong Kong; se desparramó por todo el mundo y, durante el primer año, provocó unas 34 mil muertes en los Estados Unidos. Antes, la pandemia de gripe asiática de 1957 había sido responsable de la muerte de entre 90 y 100 mil personas allí, y de muchísimas más en todo el mundo. Las vacunas que se crearon para detener la epidemia en los Estados Unidos no sólo eran poco potentes sino que, además, llegaron demasiado tarde para servir de ayuda, según el doctor Edwin Kilbourne, decano extraoficial de la investigación en ese país y profesor en la Facultad de Medicina de Nueva York. "Debemos llegar a la conclusión", escribe Kilbourne en Influenza, su trabajo definitivo de 1987, de que ambas pandemias "esencialmente no sufrieron modificaciones por la intervención del hombre".

Hace treinta años que vivimos en un tenue éxtasis con la gripe. Cada doce meses, aproximadamente, aparece una variante ligeramente distinta del virus de la gripe y circunda el planeta. Provoca entonces la enfermedad y, en unos pocos casos, la muerte. Que los decesos sean pocos se debe a que la mayoría de la población ya está genéticamente inmune a lo que queda de la cepa del año anterior. Durante esta fase "interpandémica", como la denominan los científicos, entre el 10 y el 20 por ciento de la población contrae la enfermedad cada temporada de gripe, que en el hemisferio norte llega a su pico en enero y febrero. Es necesario internar al uno por ciento de los que se contagian; el 8 por ciento de todos los pacientes que se internan por la gripe mueren -unos 20 mil norteamericanos cada año, la mayoría de los cuales son personas mayores-. Generalmente, la causa de las muertes es una neumonía viral provocada por la gripe. Sin embargo, a la larga se producirá un "cambio antígeno", lo que generará una supergripe -una cepa para la cual nadie tiene inmunidad- y se iniciará una pandemia con consecuencias desconocidas. El hecho de que hayan pasado treinta años sin una pandemia sugiere a los expertos que ya sería hora de que se produzca otra.

"Emotivamente, todos tenemos la sensación de que hasta ahora tuvimos suerte", dice Stephen Morse, director del programa de enfermedades emergentes en la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Columbia. "Y creo que todos tenemos la sensación de que está allí, de que se está preparando. Lo trágico es que no lo podemos predecir... Todos estamos esperando."

Uno de los aspectos más sobresalientes del virus de la gripe es el modo en que se trasmite entre especies, frecuentemente a partir de la población de aves acuáticas del mundo -que muchos científicos consideran como el principal reservorio de la gripe- a otros animales y seres humanos, formando, en el camino, nuevas combinaciones de virus. Es por esta razón que la gripe jamás podrá ser eliminada por completo. Y, dada la velocidad a la que pueden evolucionar nuevas cepas peligrosas de la gripe, la mayoría de los científicos considera que la actual observación de la enfermedad, que incluye 110 centros en 79 países, es totalmente inadecuada.

Lederberg habló claramente sobre el tema de la inminente amenaza de la gripe. En Emerging Infections: Microbial Threats to Health in the United States (Infecciones emergentes: amenazas microbianas a la salud en los Estados Unidos), libro del que es coeditor, asegura que la observación y el control de las enfermedades en el país son decididamente deficientes. "Los Estados Unidos no cuentan con ningún sistema nacional abarcativo para la detección de brotes de enfermedades infecciosas", escribió. Fue este libro el que finalmente convenció a los científicos que trabajan para el Estado de que debían pensar más seriamente en la gripe y tomar medidas al respecto.

La primera reunión se realizó hace cuatro años, con la participación de un grupo de científicos de instituciones académicas y estatales de la salud, que incluyen los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, la Dirección de Alimentos y Drogas, y las Instituciones Nacionales de Salud Pública. Se autodenominaron Working Group on Influenza Pandemic Preparedness and Emergency Response (Grupo de Trabajo sobre la Preparación para Pandemias de Gripe y la Respuesta ante Emergencias), o grippe (el nombre de la enfermedad en francés), y comenzaron a establecer la base de una estrategia en el plano nacional para enfrentar la próxima gripe asesina.

El grupo, de aproximadamente quince integrantes, se reúne anualmente; todos tienen muy claro a lo que se enfrentan. "Sabemos muy bien que no vamos a poder detener una pandemia", dice la doctora Nancy Cox, del CDC (Centro de Control y Prevención de Enfermedades), que fue presidenta de grippe desde 1993 hasta 1996. "Para cuando nos demos cuenta de que están sucediendo cosas, ya va a ser tarde. Con un virus que se desparrama por vía respiratoria y cuya incubación es tan veloz, realmente estamos en desventaja." Alfred Crosby, profesor de estudios norteamericanos en la Universidad de Austin, Texas, autor de America’s Forgotten Pandemic: The Influenza of 1918 (La pandemia olvidada de los Estados Unidos: la gripe de 1918) piensa que, si bien una gripe asesina podría tardar entre cuatro y ocho meses en llegar a zonas rurales, "llegaría a Londres, Pekín, Teherán, Nairobi y París en un mes". (La tecnología minuciosa que implica entrenar al virus para que crezca en embriones de pollitos especialmente preparados ya lleva sesenta años, y no hay ningún método nuevo ni más eficaz que pueda reemplazarla.)

Los periodistas no son bienvenidos en las reuniones privadas de grippe, pero el grupo está dispuesto a compartir sus recomendaciones formales. El doctor Peter Patriarca, epidemiólogo de la FDA (Food and Drug Administration) y copresidente de grippe en 1997, me entregó una copia del último proyecto -la séptima versión desde que comenzó a reunirse el grupo-. Patriarca me pidió que, como las recomendaciones quedan abiertas a modificaciones, no citáramos directamente párrafos del documento de 23 páginas.

En un lenguaje que recuerda el que utiliza el gobierno para calcular las muertes en caso de una guerra nuclear, el proyecto deja claro que ninguno de los integrantes de grippe considera que pudieran salvarse todos en el caso de una pandemia. La cuestión más importante es cómo salvar a la mayor cantidad de gente posible. El grupo se dedica a discutir temas como quién deberá recibir la vacuna, dado el hecho de que es más que probable que la provisión de vacunas no alcance para inmunizar a toda la población. Los primeros en la lista son los altos funcionarios de gobierno e integrantes de las fuerzas armadas, junto con policías, bomberos, médicos y equipos de emergencia. (Nancy Cox calcula que la mitad del personal médico podría estar enfermo o muerto en el caso de una pandemia similar a la de 1918.) En segundo lugar se hallan aquellos que son tradicionalmente los más vulnerables a la muerte por gripe: los ancianos, los recién nacidos y las mujeres que están en el segundo o tercer trimestre del embarazo. Luego siguen los escolares, que tienden a llevar la enfermedad a sus casas e infectar a toda la familia. Las personas entre los 18 y los 65 años son los de menor prioridad, pero grippe dice que esto podría cambiar si fuera una pandemia que siguiera el singular trayecto de la epidemia de 1918, matando principalmente a gente saludable, en la flor de la vida.

Evidentemente, las preocupaciones con respecto a quiénes recibirán las primeras vacunas no tendrán ningún sentido si los científicos no logran reconocer los primeros síntomas. En 1918, una ola de gripe en primavera no ocasionó ninguna inquietud; fue recién en otoño, cuando comenzó a aumentar vertiginosamente la cantidad de muertes, cuando las autoridades sanitarias comprendieron el peligro.

De acuerdo con el proyecto, los primeros en recibir información con respecto a la emergencia de una cepa pandémica serán los jefes de las agencias federales, los funcionarios del Departamento de Defensa y, a su debido momento, el Presidente, quien tendrá la tarea de anunciar al pueblo la llegada de la pandemia. Cox dice que grippe también consideró la posibilidad de que el Presidente y otros funcionarios de gobierno pudieran contarse entre los muertos. A diferencia de las llamadas enfermedades marxistas (que tienden a afectar a los indigentes y desnutridos, como la tuberculosis), la gripe no respeta el nivel social.

La tos o el estornudo de una persona con gripe pueden expeler varios millones de partículas de virus, conocidas como microgotas de Pflügge, hasta tres metros por el aire "a velocidad de cañón", como lo describió un historiador de la pandemia de 1918. Estas gotas invaden el trayecto respiratorio de cualquiera que se encuentre cerca y que inhale en ese momento. Dice Breman: "Somos diez personas en una habitación, entra alguien con gripe y se queda sentado tosiendo durante unos diez minutos; es posible que ocho o nueve de los diez presentes se contagien la gripe. En cambio, si esa misma persona entrara con Ebola y estuviera ahí sentado tosiendo, lo probable es que ninguno de nosotros se lo contagiara."

Según Breman, grippe llegó a tratar el tema de utilizar hoteles de la ruta -más específicamente, la cadena Motel 6- como salas de emergencia hospitalaria. "Si fuera a suceder mañana", según Peter Patriarca, de la FDA, "por lo menos habríamos considerado lo que tenemos que hacer. Por otra parte, si realmente fuera a suceder, sin duda estaríamos ante una situación alarmante, porque sería un caos".

el "juego" de la gripe

Algunos científicos optimistas sugieren que la proporción de supervivencia en la próxima pandemia de gripe asesina será muchísimo más alta, porque podrían utilizarse antibióticos -que no se conocían en 1918- para detener las infecciones bacterianas provocadas por la gripe. El doctor Daniel Perl, neuropatólogo en el Hospital Mt. Sinai de Nueva York y estudiante apasionado del fenómeno de 1918, elimina ese rayo de esperanza. Señala que, con base en las descripciones clínicas, la mayoría de las muertes ocurridas en 1918 -al igual que la mayoría de las muertes ocurridas durante la pandemia de 1968- fueron debidas a neumonías virales que no pueden tratarse con antibióticos.

Y aunque los antibióticos realmente pudieran ser de alguna ayuda, es improbable que resulten suficientes las provisiones de toda la nación. "Quizás haya 20 millones de casos de gripe en los Estados Unidos", dice Perl, "y aunque vaciáramos todas las farmacias no llegaríamos a tener suficientes antibióticos".

Lógicamente, Joshua Lederberg cree que debemos concentrar nuestras energías en las primeras etapas: detectar la aparición de las cepas de gripe para poder desarrollar las vacunas a tiempo de evitar una catástrofe. Un esfuerzo de este tipo requeriría mayor énfasis en el control en el plano internacional. Algunas naciones, así como la Organización Mundial de la Salud, controlan las cepas de la gripe, pero no existe ninguna organización que detecte y rastree las cepas emergentes de gripe en todos los países. De acuerdo con Cox, del CDC, hay sólo doce centros en toda China en los que su agencia monitorea las cepas de gripe; sin embargo, China es tradicionalmente considerada por los expertos como un gran crisol del cual emergen nuevas cepas, debido a las características del trabajo rural, en el que conviven patos, gallinas, cerdos y personas. De cualquier manera, Cox informa: "Obtuvimos 220 virus de China el año pasado, lo cual es un récord, y de entre éstos encontramos algunas variantes importantes. En algunos casos pudimos incluir esas variantes en la vacuna anual de América del Norte. Estamos buscando cualquier cosa nueva. El panorama global es muy importante". Existe un control muy limitado de las cepas que emergen en América del Sur, Rusia y Africa. El CDC tiene un centro de control de gripe en la India, un país en el que pueden haber muerto 17 millones de personas en la pandemia de 1918. En los Estados Unidos, los médicos informan voluntariamente los casos de gripe, aunque hay 150 médicos que se anotaron como "centinelas" para dar cuenta de los casos que ellos atienden.

Para realizar un control efectivo se requiere dinero, y hay muy poco dinero disponible en este "juego de la gripe". Durante las últimas dos décadas, el Congreso de los Estados Unidos no destinó fondos específicamente para el control o la investigación de la gripe. Hoy, todo el dinero que el Congreso reserva para el control de enfermedades infecciosas se destina -con la excepción de un 15 por ciento- al sida y, en menor grado, a otras enfermedades que se trasmiten por contacto sexual y a la tuberculosis.

"Considero que es lamentable", comenta Patriarca con respecto a la falta de previsión del Congreso. "No tenemos dinero ni recursos." El considera que parte del problema son los treinta años de aparente sosiego desde la última pandemia. Pero existe una traba mucho mayor para la investigación: el programa de vacunación realizado en 1976 contra la gripe del cerdo, en el que, en dos meses, se vacunaron 45 millones de norteamericanos aprensivos, contra una pandemia que jamás se produjo.

No es de sorprenderse que los científicos hayan sentido pánico cuando analizaron muestras de flema de varios casos de gripe producidos en la base militar de Fort Dix, Nueva Jersey, después de la muerte de un joven recluta en enero de 1976. El análisis mostró que la cepa era muy similar al virus de 1918. Curiosamente, el virus quedó focalizado en Fort Dix y no hubo muertes adicionales. Este fenómeno dejó algunas lecciones importantes: es posible que se produzcan nuevas cepas peligrosas más frecuentemente de lo que se cree, y no siempre estas cepas se globalizan.

"No sabemos por qué en un principio el virus fue tan maligno y luego dejó de propagarse", dice Lederberg. "Deberíamos estar aliviados, pero además deberíamos estar preocupados, porque no lo comprendemos."

Lo más significativo -según Stephen Morse, de la Universidad de Columbia- fue, quizá, que la experiencia de Fort Dix resultó una clara demostración de que "aún no podemos distinguir las falsas alarmas de las verdaderas epidemias". Hace mucho tiempo que los analistas políticos sospechan que la campaña de vacunación contra la gripe del cerdo fue uno de los factores que le costaron a Gerald Ford las elecciones de 1976. Además, durante la década siguiente, el gobierno pagó 85 mil millones de dólares a ciudadanos que reclamaban por lesiones ocasionadas por la vacuna, incluidos varios casos de síndrome de Guillain-Barré, una enfermedad neurológica con alguna similitud a la esclerosis múltiple. Por ende, por más que los científicos que trabajan para el gobierno hablen de su preocupación por la emergencia de cepas pandémicas de gripe, su política secreta consiste en no mencionar la enfermedad en sus pedidos anuales de dinero a los paneles de distribución de fondos en la Cámara de Diputados y de Senadores.

El virólogo Robert Webster dice que él y sus colegas están preocupados porque temen que se los acuse de alarmistas: "Si nosotros pudiéramos decir con seguridad que la próxima epidemia será como la de 1918, saldríamos corriendo al Congreso." Joel Breman, del NIH, es honesto con respecto a lo que hace falta para lograr que el Congreso vuelva a concentrarse en la gripe: "Por supuesto, lo que ayuda -lo que siempre ayuda- es una epidemia."

Una Vieja Fuente

En marzo del año pasado, la reducida sociedad de expertos en gripe fue sacudida por una noticia impactante: un equipo de jóvenes científicos del Ejército de los Estados Unidos, conocido anteriormente por su pericia en la investigación del material genético de las células del cáncer de mama, presentó un informe en la revista Science. Allí explicaba que se habían logrado identificar porciones significativas del genoma, o estructura genética, de la cepa de la gripe de 1918. Encontraron el material genético en el tejido preservado del pulmón de un soldado de 25 años que murió en Fort Jackson, South Carolina, en septiembre de 1918, sólo unas semanas antes de poder ser embarcado con rumbo a Francia. Durante décadas, este descubrimiento había sido el Santo Grial de los investigadores de la gripe, muchos de cuales siempre sospecharon que, si se los sometiera a la tecnología correcta, los fragmentos de la cepa de 1918 podrían explicar su virulencia y su extraña predilección por los jóvenes, lo que podría llevar al desarrollo de una vacuna.

La investigación fue dirigida por el doctor Jeffrey Taubenberger, un patólogo molecular de 36 años que trabaja en el Instituto de Patología de las Fuerzas Armadas (afip), en Washington D. C., un búnker de seis pisos construido en plena Guerra Fría. El afip fue edificado siguiendo una directiva del presidente Lincoln, quien, durante la Guerra Civil, se sintió preocupado al enterarse de que se morían más soldados por causa de contagiosas "enfermedades de campo militar" que por ataques enemigos. El afip conserva millones de muestras de tejido, tanto de soldados como de civiles, algunos de los cuales murieron en la década de 1860. Taubenberger sabía que en los archivos del afip existían aproximadamente cien cajas de muestras de tejido de la gripe española. Durante la epidemia de 1918, los patólogos del ejército recogían estos tejidos en las autopsias y los conservaban en un baño de formol durante tres días; luego, los tejidos eran introducidos en cera y guardados en cajas diminutas de cartón celeste, numeradas.

Normalmente, los virus de la gripe se eliminan del cuerpo del paciente a los pocos días de la infección; por ende, Taubenberger debía encontrar un paciente que hubiera muerto muy poco tiempo después de haberse infectado, con el virus aún alojado en los fluidos de su pulmón. Taubenberger habló desde los reducidos laboratorios que él y su equipo ocupan en el afip: "Nuestra hipótesis de trabajo era que podíamos aprender algo acerca de la virulencia de la cepa (de 1918) mediante el análisis genético, pero todo estaba en nuestra contra. Inclusive pudiendo aislar el RNA de un material tan antiguo, ¿podríamos encontrar un caso que aún fuera gripe positiva? Obviamente, tuvimos muchísima suerte."

El informe de Taubenberger parece indicar que el virus de 1918 llegó a los seres humanos directamente de cerdos que padecían gripe, y que la cepa mortal no contenía ningún gen de las gripes avícolas, aunque algunos expertos, en particular Webster, aún no están convencidos de que los cerdos fueran el único reservorio. "Probablemente todo el virus haya sido transmitido a los cerdos entre 1910 y 1912 desde una fuente avícola", supone. Pero admite: "Esto es una conjetura. Hasta que logremos secuenciar todo el virus, no lo sabremos con seguridad."

Por lo contrario, las pandemias de 1957 y 1968 fueron producto de una combinación de cepas avícolas y humanas, dice Webster. El cree que las cepas avícolas son más peligrosas para los humanos cuando estas cepas han pasado por los cerdos, y postula que la nueva pandemia asesina probablemente provenga de cerdos europeos, que desde 1979 han estado infectados con una sospechosa cepa de gripe avícola. Webster dice que este virus "es ahora el virus (de gripe) dominante en los cerdos en Europa. Se ha vuelto a combinar con virus de gripe humana y se han registrado un par de casos graves en niños. Es una situación muy peligrosa". Sin embargo, en el plano mundial, el control se concentra totalmente en las cepas humanas.

Por Hillary J. Johnson
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