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01.01.2006 | 00:00

Indio y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado

Estadio Ciudad de La Plata

Pasó el temblor

Entre clásicos ricoteros, estrenos de solista y arrestos pirotécnicos, Carlos Solari volvió a desatar su épica inimitable en una doble velada platense que convocó a cien mil personas.

Mi amor: la libertad es fiebre, es oración, fastidio y buena suerte”, rezan las primeras líneas del himno ricotero “Blues de la libertad”, una canción ausente en la lista de temas elegidos para el regreso del Indio Solari a la acción directa. Sin embargo, la frase renació como plegaria, seña cómplice y pase libre hacia la arena festiva más imponente que recuerde nuestro rock.

Durante dos noches, esa voz gastada que cada vez suena mejor cargó sobre sí la responsabilidad de adueñarse del mito inexplicable. En la misma ciudad en que nació Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota hace casi treinta años, Carlos Solari sacó chapa de tipo bravo para enfrentar los pronósticos más agoreros. Hay que tener agallas para convocar a cien mil personas cuando aún persisten en la memoria los serios inconvenientes que rodearon las últimas presentaciones de los Redondos, cuando la sola mención de Cromañón todavía provoca escalofrío. A pesar de algunos problemas de sonido en la primera jornada y las escaramuzas en una de las puertas de acceso en la segunda noche, los conciertos del Indio junto a su nueva banda, Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, recobraron la vieja mística del grupo platense sin tener que esconder el nuevo rumbo de una carrera solista que recién comienza. Cada detalle, desde las imágenes que proyectaban las pantallas de video a modo de viaje animado a través de las ilustraciones creadas por Solari y que forman el arte de su disco debut, El tesoro de los inocentes (bingo fuel), hasta los toques escenográficos como el monumental telón de pana azul que cubría el fondo del escenario, confirmaron que el control de la idea madre ahora está en manos de una sola persona. Pero ni la minuciosa aritmética de seguridad, ni el cuidado acondicionamiento de un estadio hasta hace unos meses inservible, podían garantizar cómo podía reaccionar tanta devoción contenida en estos cuatro años de patricio silencio.

Desde el escenario llegó la respuesta: a modo de ópera suburbana dividida en tres movimientos para desembocar en grande finale, Solari cautivó a la multitud con sus contorsiones mínimas y esa extraña forma de caminar por encima de los mortales con el garbo de un actor shakespeariano. Abajo el delirio mezclado con un respeto religioso y las ganas de desatar la locura cada vez que ofrecía un bocadito de ricota. Hubo de varios sabores: “Un ángel para tu soledad”, “Ropa sucia”, “Yo caníbal”, “Héroe del whisky”, “Juguetes perdidos”, “Un poco de amor francés”, “Tarea fina” o “Susanita”, versiones que en manos de Los Fundamentalistas suenan a perfecta apropiación, sobre todo en la guitarra de Baltasar Comotto y el bajo de Marcelo Torres. Si bien los músicos podían sentirse como convidados de piedra, bancaron con clase las citas al mundo redondo (incluyendo la participación del saxofonista Sergio Dawi en la segunda fecha).

Todo parecía más natural cada vez que surgían los momentos de El tesoro…, una seguidilla de temas entre la arquitectura marcial de los riffs (“Nike es la cultura”, “Amnesia”, “Tsunami”, “El tesoro de los inocentes”) y las sutilezas electrónicas que decoran las canciones de rango más lento (“La piba del Blockbuster”, “To beef or not to beef” y “Ciudad Baigón”). Todo muy profesional y riguroso, pero el Indio quedaba un poco perdido sobre el gigantesco tinglado sin la figura maníaca de Skay y su estampa de violero sanguíneo y siempre dispuesto a tocar las notas necesarias. Por ahí apareció cierta nostalgia traducida en un incansable ruego a viva voz: “Sólo te pido que se vuelvan a juntar”. Por otra parte, nadie pareció alterarse por el recibimiento con bengalas de “Fuegos de oktubre” en la primera noche y Solari continuó montado sobre la frase insurrecta de la canción: “De regreso a octubre… sin un estandarte de mi parte…”.

Pequeñas o tremendas esquirlas de dos noches con moretones en el césped, zapatillas perdidas y la felicidad con los ojos rojos bien abiertos. Una marea de pasión que mejoró la marca de River y su récord del pogo más grande del mundo. Esta vez bailaron con “Jijiji” hasta los de seguridad y con las luces encendidas como para que nadie se quedara sin poder apreciar la magnitud de la danza tribal que hizo temblar, literalmente, a la ciudad de La Plata. Es cierto: “El montaje final es muy curioso”. Y juro que no lo soñé.

Por Oscar Jalil

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