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Mirando el mundo alrededor

Lo que nos pasó durante estos ocho años. Las costumbres y a lo que tuvimos que acostumbrarnos a la fuerza. Lo bueno y lo malo

Por Ernesto Martelli

Es hora de abolir para siempre la frase "¡Qué país generoso!" de nuestro imaginario mental. Es cierto que refiere a la fama prematura, a las consagraciones sin merecimiento, a las fortunas mal habidas y que de todo eso hay mucho en nuestro país.Pero detenerse en estas cien páginas que siguen, en este repaso obsesivo, en esta relectura forzada por el calendario, obliga a convencerse de las dificultades de ser joven en este nada generoso país.

Aquí hemos vivido, entre contradicciones. En el ideal cosmopolita, algo extraviado, algo fantasioso, que el rock nos promete en sus ficciones, esos universos que nos vienen adheridos a la globalización aun antes de que ésta se llamara así y que, mientras duró el famoso 1 a 1, tomó la forma de discos importados, de viajes accesibles, de la contundente idea transformada en eslogan de tener el mundo en las manos. Pero también hemos vivido abrazados al barrio, como idea y como ideal, como frontera, como paisaje.

Toda la vida las mismas calles, repetía el siempre acertado Chizzo de La Renga, pintando esa condena vivida como resistencia y al revés: ¿acá nos toca estar?, ¡acá nos quedaremos! y desde acá somos capaces de proyectarnos en un trip roquero hasta la esquina del infinito.

Ese fue El Aguante.

En eso andábamos, y la revolución del chip hizo el resto. El sampler e internet nos convirtieron en "ciberchabones" y esos mismos barrios se llenaron de locutorios que fueron cuevas, refugios de la información digitalizada, de la piratería, de los videojuegos con rivales en Tailandia. Poco después, el celular, que antes era símbolo de status, devino accesorio indispensable, capaz de inventar un lenguaje parecido al castellano a través del sms. A todo eso pónganle la música que quieran: la de los djs de Creamfields, Momo sampler de los Redonditos de Ricota, Catupecu Machu versión 5.1 made in Villa Luro o cumbia villera mal ecualizada en parlantes de pc. No es casual que algunos de los más destacados cronistas urbanos -Indio Solari, León Gieco, Vicentico, Calamaro- reconozcan en esta edición una lectura ávida de esta revista como reflejo, como pasatiempo, como consulta; tampoco lo es que otro cronista lúcido -y prepotente consumidor de literatura rockera- como Adrián Dárgelos, lo niegue.

Como dice Litto Nebbia, el año pasado se cumplieron "40 años del rock de autor en castellano", un silencioso pero rotundo giro de nuestra música popular. Pero justo es reconocer que algo más pasó en estos tiempos: el rock inoculó su perspectiva en el centro de la cultura. Mario Pergolini y Roberto Pettinato usurparon las pantallas familiares y fueron bien recibidos, y este Mundial nos dejó un significativo capitán ricotero, Juan Pablo Sorin, en la mediática Selección del hiper fútbol. Pero, en simultáneo, ese mismo rock cedió su monopolio como ámbito de representación juvenil: las ideas, las expresiones, volvieron a desbordar las posibilidades de la música. Cuando nacía esta revista, Pizza, birra, faso ganó la pantalla e hizo trizas los discursos y la sobreactuación del cine malo y viejo, de acá y de donde sea. A partir de ahí, primero la cinefilia -el bafici y RS son casi contemporáneos- y después el diseño -como perspectiva mental- y el arte -como espacio conceptual abstracto y sin obligación de explicar nada-, fueron manifestaciones en que la creatividad y el talento circularon a alta velocidad.

Para todos, pero especialmente para los que debieron entrar en el mercado laboral en estos ocho años, el rigor macroeconómico se hizo sentir. Las estadísticas son elocuentes: cerca de un 40 por ciento de los 15/24 no estudia y tampoco tiene trabajo ni lo busca. Eso estira la vivienda en el hogar paterno pero también potencia la sensación de "No future". Más allá del modelo de "Empleados del mes", con el auge del cuentapropismo hemos sido "chicos delivery", con la explosión de los supermercados nos pusimos el traje de repositores, luego nos disfrazamos de empanadas para bailar en las esquinas y hoy somos "telemarketers" (el primer empleo más popular de la actualidad). Aprendimos el nuevo léxico: "recursos humanos", "pasantía", "período de prueba", "precarización".

La vida social del país tuvo un punto de quiebre en diciembre de 2001, pero la cultura joven ya tenía el antídoto. Gracias a la misma globalización habíamos aprendido sobre la resistencia al capitalismo global, gracias a los Redondos habíamos entendido antes el No Logo y muchos lograron descifrar la experiencia de la autogestión como modo de autoridad. El anticipado estallido, en definitiva, no hizo más que poner en el centro de la escena esas actividades. Si antes habían sido Bulacio-María Soledad-Carrasco los muertos jóvenes que nos obligaron a mirar con desconfianza a las instituciones, en este período fueron los asesinatos policiales con trasfondo político de Kosteki y Santillán los que marcaron el ritmo: dos rockeros de barrio, militantes de base, que terminaron siendo pancarta y dando nombre, a su vez, a nuevas agrupaciones juveniles. En Cromañón, todo fue distinto: una bengala prendió el fuego y dejó a la vista el desamparo estatal, el progresismo mal entendido y la confusión entre ser libres y no saber cuidarnos entre nosotros.

Mucho de eso lo encontrarán de aquí en adelante. Suele decirse que el oficio periodístico se trata en definitiva de mirar, narrar, el mundo desde un escritorio. Pero estas cien páginas bien contienen las pruebas de lo contrario. Porque, aunque suene a condición básica, no siempre se cumple: el famoso "estar ahí" de esta profesión no sólo significa un cronista que escucha y toma notas. Mejor se trata del que vive, el que acompaña con su experiencia la nota que tiene entre manos, que la disfruta y la sufre. Y eso pasó. Eso nos pasó.

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