Al otro lado de la ventana, el sol desciende lentamente y deja una estela romántica sobre el Tower Bridge, que se extiende desde el Támesis hasta el sur de la ciudad. Es una helada tarde de noviembre; el viento sacude con violencia las calles, pero siete pisos arriba el silencio es total. Rod Stewart da varias vueltas alrededor del departamento, su piso de soltero londinense, y bebe el té preparado por su asistente mientras lamenta lo ocurrido anoche, cuando él y sus amigos volaron en un jet personal a Lisboa para ver a su equipo, el Celtic, caer por 3 a 0. "Viajé hasta el maldito Portugal para ver perder a mi equipo", rezonga Rod. "Todo estuvo fantástico hasta que empezó el partido. Y luego, como solemos decir, se nos vino la noche. ¡Yo soy el hincha más famoso del Celtic! Así que cuando el otro equipo nos hizo el primer gol, todo el estadio se dio vuelta para mirarme, como si fuera el responsable. Algo terrible…" Dando la impresión de haberse amonestado infinitas veces, Stewart agrega: "Pongo demasiada energía en el fútbol". Y debe ser cierto. Se lo ve cansado, irritado y con algo de resaca. Pero Stewart no se regodea en la miseria por demasiado tiempo. Un minuto después se quita el abrigo y abre el cuarto de su estudio. Rod se sienta, desenvuelve el pañuelo de seda de su cuello, toma un profundo respiro y reposa la cabeza cerrando los ojos. Pese al frío polar, su piel está bronceada y desea retener tanta luz solar como le sea posible.
"Voy a ponerme bien", exclama. "me hace falta un vaso de vino."
Y se toma un vino nomás. En días como éste, tan pronto como bebe el primer sorbo (camino a los tres vasos, dos de blanco y uno de tinto, lo que él llama su cuota diaria), y en cuanto el alcohol de hoy se funde con el de anoche, Rod Stewart vuelve a ser el tipo de siempre. Pero días como éste son contados: el Celtic atraviesa una temporada exitosa y, aunque diga que el fútbol es más importante, Stewart disfruta el reverdecer de su carrera; una etapa que comenzó en 2002 con It Had to Be You…The Great American Songbook. Ese disco de standards, que incluye clásicos como "The Way You Look Tonight" y "You Go to My Head", dio lugar a tres secuelas durante los tres años siguientes: As Time Goes By, Stardust y Thanks for the Memory. Juntos, los cuatro discos vendieron 16 millones de copias en todo el mundo, cosecharon un Grammy (el primero de Rod, por Stardust) y devolvieron fanáticos a sus enérgicos shows, que mezclan viejos hits como "Tonight’s the Night", "Hot Legs" y "Da Ya Think I’m Sexy?" con temas aun más viejos de su repertorio de standards. En los tres años que duró su gira mundial de estadios y salas, From Maggie May to the American Songbook, jamás quedó una entrada sin vender (durante 2005 superó el récord de Dave Matthews Band, The Eagles, Jimmy Buffet, Green Day y Bruce Springsteen, acumulando un total de 49 millones de dólares por localidades vendidas).
Y en octubre último, Rod Stewart lanzó Still the Same… Great Rock Classics of OurTime, en que el músico interpreta versiones de Van Morrison, Bob Seger, The Pretenders y Creedence Clearwater Revival. El álbum debutó en el número uno de los charts, un hecho que distingue a Stewart de contemporáneos como Paul Simon, EltonJohn, Paul McCartney y los RollingStones: mientras estas leyendas todavía agotan localidades de sus giras mundiales, Stewart aún vende discos. "Ya no hacen nada nuevo", destaca Rod. "Así de simple. Cuando diste demasiadas vueltas en el mismo lugar es difícil encontrar algo novedoso. Elton… El puso mucho amor en su álbum [The Captain & the Kid]; me ha dicho: «Este es el disco». Siento pena por él." Y sonríe, porque Elton John, a quien Stewart llama a menudo Sharon, fue su duro adversario por muchos años. "Pero no mucha pena, por supuesto."
Crooner del rock & roll es la última reinvención exitosa de Stewart. Su sinuoso viaje por los más diversos gustos musicales comenzó bajo el piano familiar, en su casa del norte de Londres. "Solíamos tener fiestas para Navidad o en los cumpleaños, y yo me deslizaba por la escalera para esconderme debajo de nuestro piano de cola", me cuenta. "Los miraba a todos bailando y emborrachándose; eran pésimos bailarines, realmente, pero hoy creo que me dieron la primera lección musical." Luego de que su hermano mayor lo llevara a ver conciertos de Bill Haley and his Comets, Rod le tomó el gustito al rock & roll. Enseguida llegaron Otis Redding, y un apasionado romance con Sam Cooke.
Cuando era un adolescente, Rod tocaba folk y blues en las calles de París y España."Eran mis años de beatnik", recuerda con ternura. "Andaba tan maloliente…" (Stewart cuenta que recientemente visitó junto con su novia, Penny Lancaster, el café parisino donde solía trabajar; algunos músicos le tocaron "Tonight’s the Night" a modo de serenata, y fueron recompensados con una propina suculenta.)
Al regresar al hogar, sus padres le dieron una bienvenida higiénica y quemaron la ropa sucia. "Después de eso me convertí en un mod", señala. "Y nadie podía quitarme el espejo." Entonces llegó lo que Stewart llama "las tres claves del éxito". Mientras jugueteaba borracho con su armónica en una estación de tren, en 1964, fue adoptado por el blusero británico Long John Baldry, con quien habría de tocar algunos años y de quien recibiría sus primeros manuales de blues, como Live at Newport de Muddy Waters (luego, Stewart pasaría esos discos a Mick Jagger). En 1968 llegó a los Estados Unidos de la mano de Jeff Beck, y el tercer momento clave llegó con su incorporación a The Faces: un período, entre 1969 y 1975, que apenas recuerda debido a la propensión de la banda a emborracharse antes decada show. De todos modos, The Faces fue una de las bandas de rock más grandes de todos los tiempos.
Still the Same… Great Rock Classics of Our Time es el decimo tercer álbum solista de Stewart. Como sus discos de standards, fue coproducido por Clive Davis, fundador de J Records y arquitecto del Rod crooner nacido en 2002. "Me llevo muy bien con Clive", dice Stewart. "Es una relación de ida y vuelta." Davis ha estado seriamente involucrado en la carrera del británico. Tras la serie Songbook, Rod Stewart tenía en mente grabar un álbum con clásicos de soul, pero Davis vetó la idea. "Clive dijo: «No, es hora de que hagamosun disco de rock»", asegura haciendo una pantomima.
Sin embargo, durante el proceso creativo el cantante tomó en broma algunas sugerencias de Davis, como "Don’t Go Breaking My Heart" e incluso "Dancing in the Dark". "Le dije: «¿Estás loco? A veces pienso que te pasás de la raya». Y es que creo que a algunas canciones hay que dejarlas tranquilas."
Otras canciones versionadas van por el mismo camino. Cuando le sugiero que las tomas originales de "Crazy Love" de Van Morrison o "I’ll Stand by You" de The Pretenders califican como versiones definitivas, Stewart sintetiza su posición. "Es un tema delicado", suspira. "Cuando el álbum quedó terminado dije: «Menos mal que no cometimos ningún error grosero». Me resulta difícil explicar por qué elegimos esas canciones. «Still the Same» de Bob Seger es tremenda; «It’s a Heartache» de Bonnie Tyler aún suena bárbara en la radio. Comparamos las versiones para chequear si había añadido algo con las vocalizaciones, y les di un toque un poco más contemporáneo. Las gaitas inyectaron energía extra." Pero yo destapo una herida abierta cuando le digo que, si bien el álbum tiene "rock" en el título, aporta poco rock en el sentido clásico del término. "El disco nunca llega a rockear, no", admite el músico. "Pero tiene un buen ritmo, todo suena compacto." Después, sin buscar provocación, él mismo regresa al tema. "No hemos buscado mucho el vértigo, soy consciente de eso", concede. "¡La próxima vez tiraremos todo por la borda!" Rod dice que para el próximo disco, que seguirá los mismos principios (escarbar los inagotables recursos del rock clásico), le gustaría sacudir el molde un poco más. "¡Clive!", grita en mi grabador, "¡quiero cantar canciones más excitantes!".
"Estuve tratando de encontrar aquellas canciones que fueran naturales al estilo de Rod", explica Davis desde su oficina en Manhattan. "No importa cuán brillante es una actriz o un actor, siempre pueden jugar mejores roles que otras personas." Y Davis es rápido para entender las posibilidades lucrativas de lo que él llama "pagarle tributo al derecho de autor", cuando piensa en los últimos cinco álbumes de Stewart. "Haya escrito o no las canciones, esos discos lo acercaron a las grandes audiencias", afirma el productor. La compañía grabadora también le dio al músico la posibilidad de introducir su material en la televisión, en lugar de buscar un nicho exclusivo en las radios.
Después de una memorable aparición en American Idol (donde le obsequió miradas burlonas y lascivas a la participante KelliePickler), el astro enfrentó las cámaras de casi todos los talk shows estadounidenses, desde el clásico The Tonight Show hasta el programa de Martha Stewart. Y él es su mejor embajador: encantador en la televisión como en la vida real, humilde, dueño de un entusiasmo infantil y un ingenio veloz. (En algún momento de la entrevista se tiró un pedo y quiso hacerme cargo del incidente.) Luego, cuando se enteró de que Still the Same había debutado al tope de los charts, envió a las oficinas de J Records una banda de gaiteros, cargados con polleras escocesas y champagne para sesenta empleados.
Rod no necesita más que un vaso de vino para lograr que su garganta funcione.Y su destreza vocal también le resulta útil cuando tiene que viajar al estudio. Con su fiel guitarrista John Shanks liderando una banda de veteranos músicos, Stewart dice que cinco de las trece canciones del nuevo álbum fueron hechas de un tirón, durante una sesión de seis horas. Su ataque vocal no es algo estudiado. "Es puro instinto", exclama. "Y me llega al instante. Cambio la melodía un poquito, con eso basta." Aun ritmo como ése, Rod no va a tardar mucho en grabar un best séller internacional; pero el cantante niega esa posibilidad rotundamente. "En el estudio", admite, "tengo la capacidad de concentración de una mosca".
Aunque Stewart asegura que ninguna canción de Still the Same tiene un significado especial para él, fue idea de Penny Lancaster incluir "Crazy Love" en el disco. El año próximo, el músico contraerá matrimonio con Lancaster, una modelo y fotógrafa a quien llama "un hermoso espécimen femenino". Rod la conoció en 1999, tras separarse de la modelo Rachel Hunter. El 27 de noviembre fue el cumpleaños de Alastair, el hijo que tuvo con Lancaster, y su madre se enorgullece al comentar que el chico ya caminó once pasos consecutivos. (Lancaster, que vive al lado del departamentodel rockero, también me dice que enterraron la placenta al lado de un nogal). Alastair es la sexta adición al linaje Stewart. Liam, de 12, y Renee, de 14, estudian en una escuela secundaria de Los Angeles y su padre los elogia por su buena conducta. Ruby, de 19, aspira a ser cantante; es una fan de The Faces y convirtió a su padre en fanático de Ray LaMontagne. "Ella tiene genuino talento", dice un Rod baboso. "Estuvimos tratando de armar una banda juntos, pero ella busca músicos que se parezcan a Brad Pitt." Sean, de 26, pronto aparecerá en un reality show llamado Hijos de Hollywood, donde también participa Randy Spelling, hijo del legendario productor Aaron Spelling, fallecido meses atrás. Finalmente, Kimberley, de 27, fue material de tabloides por años gracias a sus aventuras hollywoodenses. "Me persigue para que le compre un nuevo auto", cuenta. "Hace poco le diagnosticaron una severa afección del hígado por beber demasiado. Así que en estos tres meses resistió la tentación de fumar y tomar, y se siente mejor. Me dijo: «Papá, yo soy mitad escocesa, creí que nunca iba a tener problemas por beber». Y yo le contesté: «Querida, las cosas no funcionan de ese modo»."
La familia deambula por sus cinco posesiones alrededor del globo: además del departamento londinense tienen propiedades en el sur de Francia, West Palm Beach, Los Angeles y la ciudad de Epping, a unas veinte millas al norte de Londres. Aunque el músico quiere que sus hijos maduren en forma independiente (ya le aclaró a Sean que no iba a aparecer en el reality), admite que le cuesta mantenerse al margen. "Nosotros construimos esta enorme mansión de Los Angeles pensando en ellos", me cuenta."Pero mientras la estaba construyendo pensaba: «¡Qué pelotudo! ¿En qué estabas pensando?». Le puse baños de hidromasaje, roperos grandes como un elefante, pisos de mármol, molduras de oro… Tengo el presentimientode que van a quedarse conmigo hasta que cumplan los 30, y más también."
Al día siguiente viajo a la finca de Epping; atravieso una entrada dorada y bajo por una pista iluminada; una Ferrari y un cochecito de juguete retozan en el jardín. Más al fondo se ve una cancha de fútbol profesional, adonde llegan jugadores de toda Europa para saciar las fantasías futbolísticas del astro. Stewart le puso un nombre al equipo: Los Vagabundos Fútbol Club. Le duele en el alma, pero tras una segunda lesión en la rodilla, el rockero de 61 años debió relegar su rol como capitán del equipo. Un chofer nos lleva a bordo del Maybach negro de Stewart hasta el pub local, el Theydon Oak, donde las escuadras rivales de un match reciente ahora compiten por ver quién acaba más rápido con el stock de cervezas. "No he pagado un trago aquí desde 1986", alardea Rod, y me conduce a una mesa situada al fondo del local, adyacente a la barra donde los Norms y los Cliffs de Epping continúan vaciando pintas de red ale.
Detrás de la barra está John Padget, el dueño del bar. Es uno de los mejores amigos de Stewart; un tipo sencillo al que el músico invita a todas sus giras, y que también formó parte de la troupe derrotada en Lisboa. Padget se acerca a Rod y le llena un enorme vaso de vino capaz de relajara cualquiera; pronto el cantante está devuelta en el bar, charlando sobre fútbol y las posibilidades del Celtic en la próxima fecha. Toma otro vaso, y otro más. Stewart ya dejó atrás la amargura y ahora piensa en su gira de 2007. Me habla del tiempo que invierte en el estudio y en apariciones públicas. "Todo lo que quiero de la vida es mi mujer, mis hijos y una carrera por la que esté agradecido", dice. "Me siento como un chico, esperando el día en que arranque mi gira por los Estados Unidos", re-flexiona, y bebe otro trago de vino. "Hay muchas otras cosas en mi mundo, pero yo vivo para eso."
Por Austin Scaggs

