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01.09.2007 | 00:00

La ley de la ferocidad

De Pablo Ramos

Asomado al abismo de su vida, con una sinceridad que bordea el sincericidio, Pablo Ramos repasa con furia su pirueta existencial, una elipsis que sube, estalla y se desmorona en 365 páginas de una novela que atraviesa los años 90 con todos sus tópicos culturales y sociales, toda su decadencia.

Ramos circuló por el infierno y volvió para contarlo. En literatura, la muerte del padre ha sido siempre un combustible para encender la memoria y hacer volar en pedazos los recuerdos, para contar la paliza que nos da su ausencia, la ira que despertaba su presencia. Es el caso de La ley de la ferocidad. Tres días separan la muerte del entierro del padre de Gabriel, el protagonista. En esos tres días, Gabriel se enfrasca en una gira trepidante y desquiciada, un viboreo atroz por los zócalos del conurbano en el que consume y derrocha como un desesperado. Atrapado en ese laberinto emocional, parece que sólo puede terminar en el desastre. Gabriel es un empresario tan exitoso como culposo, que hizo plata para huir del proletariado y para demostrarle al padre que no era un imbécil. Pero también la muerte reaviva las pesadillas del pasado, el ruido blanco del vacío. "Ella es la diosa y yo el mono del infierno", dice Gabriel hundido en una montaña de cocaína. El relato de su adicción es el relato de una pasión, por eso resulta tan convincente.

El galope de la prosa, al borde de la asfixia y la sobredosis, le imprime a la novela el ritmo adecuado para sostener el trip del protagonista. La novela no sólo es el alegato visceral de un hombre en llaga, sino también el fresco de una época y de un lugar. El barrio devino aldea hostil, un sitio inseguro y desamparado que sólo respeta a quien lleva los bolsillos llenos y conduce una 4x4. Y si bien los 90 han sido denostados hasta el absurdo por la historia matutina, la literatura pocas veces los había abordado con tanta vehemencia. Cerca de la condena moral, la crisis del protagonista es la crisis del cordón industrial y de la condición humana: Gabriel se llena de plata y de merca, mientras el país y su cabeza se hunden en las sombras. La culpa, entonces, adquiere dimensiones freudianas.

"Sombras", precisamente, es una de las palabras que más aparecen. Un lugar adyacente y oscuro al que nos empuja la vida cuando nos emboca un jab en la mandíbula. Desde ese rincón nos habla Ramos, con la fuerza y la intensidad de los peleadores rabiosos, los tipos que dejan la piel en el ring y en el teclado.

Por Pablo Perantuono