A tres años del acuerdo que puso fin a los combates entre los serbios y la alianza croato-musulmana, en pleno proceso de desmembramiento de la Yugoslavia que supo unificar el mariscal Tito, los habitantes de Sarajevo deben sobrevivir al desempleo y al encarecimiento de la vida cotidiana. Además, los espera una dura tarea: recuperar el esplendor multiétnico que hizo brillar a su ciudad.
1 S "¡esto no es chicago!", exclama stefan, sonriente y con genuina sorpresa. La madrugada agoniza en la mañana. Le cuesta admitir las dudas extranjeras sobre la seguridad de Sarajevo, la ciudad donde nació y vive desde hace 26 años. Todos los edificios que pasamos, monobloques de austeridad comunista, tienen cicatrices de balas y fuego de morteros. En la mitad no derrumbada de un balcón se ven flores rojas. "La guerra terminó en 1995", asegura, siempre risueño, con tono de suficiencia.
El tranvía se detiene sobre la avenida costanera Kulina Bana, en el cruce con la calle Zelenih Beretki. En esta esquina comenzó el siglo.
Allí está el museo de la ciudad. Al lado, la relojería de Basic Salem, que exhibe algunos relojes suizos usados. Enfrente, Jasmila vende lencería femenina, feliz de poder ofrecer a su clientela modelos de Victoria’s Secret.
Para el relojero Basic y para Jasmila, esta esquina es, nada más, el ámbito de su rutina cotidiana, sólo perturbada entre 1992 y 1995 por la devastadora guerra que desangró a Bosnia Herzegovina. Para el resto del mundo, el angosto cruce de Kulina Bana y Zelenih Beretki representa algo más.
El 28 de junio de 1914, en este punto, un joven nacionalista serbobosnio, Gavrilo Princip, asesinó al archiduque Francisco Fernando, que estaba de gira por la provincia más rebelde del imperio austrohúngaro. La Primera Guerra Mundial empezó con esa bala que disparó Princip.
La escalada de hostilidades que desató entre Austria y Serbia -país al que los Habsburgo consideraron el instigador del magnicidio- llevó en pocos días a la conflagración que es considerada el acontecimiento que inauguró la historia del siglo XX. Pero para los serbobosnios, Princip es, aún hoy, simplemente un prócer de la lucha contra el yugo de Viena.
En cambio, para los demás bosnios, Princip resulta un mal recuerdo. Era un nacionalista serbio, atributo suficiente en el Sarajevo de hoy para ser condenado a la ignominia por los croatas y por los musulmanes. El perímetro y la placa que indicaban su posición en el momento del atentado fueron baleados con saña durante la guerra de descomposición yugoslava. Hoy, el histórico rectángulo está tapado por cemento, apenas distinguible del resto de la acera.
Stefan se jacta de la tradición bélica de su ciudad. Le encuentra valor pedagógico. "Cuando empezó la guerra contra los serbios, en 1992, sabíamos que no podía durar más de cuatro años... La Primera Guerra comenzó acá y no duró más que eso."
2 S sólo el tiempo dirá si la guerra ha enseñado algo más a Bosnia. Nada en esta república balcánica es tan simple, especialmente desde que declaró su independencia en octubre de 1991. Este acontecimiento provocó el alzamiento en armas de los serbios, la nacionalidad yugoslava dominante, que en Bosnia representaba el 30 por ciento de la población. Estimulados desde Serbia por una conducción nacionalista, desataron una campaña de exterminio y expulsión de poblaciones musulmanas y croatas.
Hasta entonces, Bosnia había formado parte de la Yugoslavia comunista creada en 1945 por el mariscal Tito, luego de haber liderado la resistencia contra la ocupación nazi. Entre el final de la Segunda Guerra Mundial y 1992, junto con las repúblicas de Serbia, Croacia, Eslovenia, Montenegro y Macedonia, vivió su período de paz y relativa prosperidad económica, el más prolongado en este siglo.
En noviembre de 1995, el acuerdo de paz de Dayton (Ohio), auspiciado por los Estados Unidos, puso fin a la guerra entre los serbios y la alianza croato-musulmana. Doscientos mil muertos, millones de desamparados y la presión de la Casa Blanca llevaron a la mesa de la negociación a los contendientes, agotados y dispuestos a dividir entre sí el país y lo poco que no se había perdido.
Los dos bandos coincidían al menos en que los viejos tiempos de convivencia eran, simplemente, cosa del pasado. Después de las atrocidades cometidas a lo largo de cuatro años de combates y desplazamientos masivos de población, los croatas y los musulmanes sabían que no querían convivir con los serbios, quienes a su vez querían su propia república.
Sin embargo, los musulmanes no estaban dispuestos a sacrificar la integridad territorial de Bosnia. El acuerdo de Dayton intentó, así, la cuadratura del círculo. Bosnia Herzegovina sigue siendo un Estado unitario -con un gobierno confederal encabezado por una presidencia colegiada-, pero dividido en dos partes casi iguales con soberanía: la federación croato-musulmana (51 por ciento del territorio) y una república serbia (49 por ciento de la superficie).
En las elecciones de septiembre pasado se impusieron los partidos y candidatos moderados tanto para el poder ejecutivo como para el Parlamento confederales. La presidencia colegiada del gobierno confederal está integrada por Alija Izetbegovic -reelecto- en representación de los musulmanes; Ante Jalavic, por los croatas, y el serbio Zivko Radisic, quien desplazó al nacionalista Momcilo Krajisnik, que en su mandato de dos años se encargó de perturbar el retorno a la normalidad.
"Estas elecciones representan un significativo paso hacia adelante en el proceso de democratización y pluralización de Bosnia", comentó Robert Barry, jefe de la misión en Sarajevo de la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, encargada de supervisar las elecciones.
Sin embargo, Richard Gelbard, el enviado especial de los Estados Unidos a Bosnia, dijo que no era "optimista". No hablaba de las votaciones en el plano confederal, que favorecieron a figuras moderadas. Gelbard está preocupado por la victoria de Nikola Poplasen en los comicios presidenciales que, simultáneamente, se realizaron en la república serbobosnia. Aunque ahora jura, una y otra vez, que respetará el acuerdo de Dayton, la campaña de Poplasen -aliado y seguidor político de los sospechosos de crímenes de guerra Ratko Mladic y Radovan Karadzic- tuvo como eje su promesa de que haría "todo lo posible para unir" la mitad serbia de Bosnia con la madre patria: Serbia.
Entre un divorcio sincero y una unidad forzada, ésta parece ser lo menos malo para una nación que la última vez que intentó una ruptura genuina se encaminó al suicidio. Y la unidad obligatoria es la de hermanos siameses que se odian.
Bosnia tiene una delimitación interna tan irregular que su viabilidad está en jaque no sólo por las incoherencias políticas de una nación que contiene en su propio ser a la mitad enemiga, sino también por un trazado fronterizo absurdo.
3 S toda guerra continúa luego de que los fusiles callan. Tras el final de los combates, los habitantes deben sobrevivir al desempleo -que en Sarajevo llega al 75 por ciento-, al encarecimiento de la vida cotidiana y a un agudo déficit habitacional. No es raro que matrimonios jóvenes compartan el departamento con sus padres.
Con todo, Stefan tiene razón. Sarajevo no es Chicago. El índice de delito es mínimo y se limita principalmente al robo de autos, en su mayoría alemanes y relativamente nuevos. Quizá la presencia abrumadora de fuerzas de paz del ifor -norteamericanos, alemanes, italianos y franceses, en su mayoría, en la capital- disuada a criminales en potencia. Su eficacia, sin embargo, ha sido puesta en duda desde el momento en que sospechosos de genocidio con pedido de captura por el Tribunal Internacional de Justicia, como Mladic y Karadzic, residen en la mitad serbia de Bosnia sin ser molestados.
Pero la normalidad no se limita a la seguridad. Los tranvías circulan con puntualidad rigurosa y los inspectores controlan los boletos con frecuencia y sin contemplaciones. El correo y los teléfonos funcionan, los conductores de taxis suelen ser honestos. Los habitantes de la ciudad se quejan por el tránsito, que tiende a horrorizar al personal occidental de organismos internacionales que reside allí. Sin embargo, no es peor que el de Roma y, ciertamente, que el de Río de Janeiro o que el de Buenos Aires.
Hasta se puede ver algún que otro inmigrante africano -no se puede calificar la situación legal de su condición en un país que aún no tiene una normativa migratoria clara- en las calles que combinan los minaretes futuristas de las antiguas mezquitas otomanas y las pretensiones de la arquitectura austrohúngara, interrumpidos aquí y allá por la majestad bizantina de las iglesias serbias, de cúpulas imponentes e íconos de santos que miran a los ojos.
Es, con todo, una tranquilidad aparente. La guerra se sigue librando en el fuero interno de cada bosnio. En algunos, más que en otros. Como en Vanesa Glodjo, una actriz esbelta de intensos ojos negros.
Hasta que se desencadenó la guerra, en 1992, cuando ella tenía 17 años, su nacionalidad no era un dato relevante para Vanesa. Se sabía yugoslava. En el refugio de su edificio, mientras los serbios cañoneaban la ciudad desde las colinas circundantes, se enteró de que su madre era musulmana y su padre, serbio. "Antes no nos importaba, éramos bosnios, yugoslavos, era un lindo país", dice. En los años de la guerra, viejas desavenencias matrimoniales entre los padres de Vanesa se potenciaron por las tensiones étnicas, y terminaron en divorcio. Hoy, el padre de Vanesa vive en Vojvodina, una provincia autónoma de Serbia. Ella lleva el apellido materno, uno de los más antiguos de la ciudad.
Vanesa no tiene religión, pero se siente incómoda en una iglesia ortodoxa. No sabe rezar. Sólo cree saber una oración musulmana, pero no está segura. "Creo que mi madre me la enseñó cuando yo era chica, pero no recuerdo bien", sonríe. "¿Qué nace de la unión de un serbio y una musulmana? Una croata", dice y ríe en una pausa de la conversación que mantenemos en el cineteatro restaurado de Sarajevo. La sala está en penumbras. Focos multicolores iluminan las tablas. Hay una sola silla en el escenario. Está ensayando Esperando a Godot, de Samuel Beckett.
En la guerra no perdió familiares, pero sí un amigo. Zeljko Branko, vecino de ella, se unió a las brigadas de defensa croatas. A las dos semanas, el ejército entregó a los padres de Zeljko una bolsa con el cadáver de su hijo. "Lo velamos en el refugio subterráneo", recuerda Vanesa, asombrada de sí misma por evocarlo con frialdad. "La madre no lloraba, tenía los ojos secos", dice. "Parecía que hacía un esfuerzo para poder llorar, repetía entre chillidos el nombre de su hijo: ¡Zeljko! ¡Zeljko! Me resultaba insoportable. Creo que se sentía culpable por no poder llorar a su hijo."
4 S según los datos más recientes (proporcionados, en diciembre de 1997, por la Oficina de Estadísticas local), de los más de 360 mil habitantes que hoy tiene Sarajevo, 308 mil se definen como bosnios -generalmente musulmanes, aunque también hay una importante proporción de croatas que se consideran musulmanes-; 26.500, como serbios (eran más de 100 mil antes de la guerra) y apenas 23 mil se consideran croatas. Unos 5.700, calificados como "restantes" en el cómputo oficial, no optan por ninguna calificación étnica o nacional.
Zoran Ilic, de 45 años, es uno de los serbios que permaneció en Sarajevo durante la guerra. Es reacio a hablar sobre los problemas de convivencia con las demás etnias. Hoy está asociado con el cineasta bosnio Veljko Bulajic, que este año estrena la película Sarajevo. "Para Bulajic", explica Zoran, "el asedio hizo que la ciudad pasara de ser urbi a ser orbi, un mundo en sí mismo, inundado por el mal". En general -y dicho con menos dramatismo- como ocurre en otras capitales, los habitantes de Sarajevo sienten que un mundo los separa del resto del país.
Pero la guerra acercó la capital a Bosnia. Trescientos mil de sus habitantes, en general los mejor educados, la abandonaron. Su lugar fue tomado por unos 200 mil refugiados, mayoritariamente campesinos musulmanes, que escapaban de matanzas y campañas de expulsión en aldeas antiguamente mixtas. Ellos, y no los viejos habitantes musulmanes de la ciudad, llevaron a Sarajevo el odio que desgarraba al resto de Bosnia. Discriminados por los refinados residentes urbanos, los musulmanes que provenían de zonas rurales eran incapaces de distinguir entre esos serbios que habían elegido quedarse, sometiéndose a los bombardeos de sus propios compatriotas, y aquellos que ejecutaban la "limpieza étnica".
El departamento de Ilic, en un piso 14, es amplio. Su biblioteca, frente a los mullidos sillones de tapiz verde, comunica con fidelidad sus sentimientos y convicciones, que retacea al hablar. Hay muchos libros de Ivo Andric, el Premio Nobel de Literatura bosnio (entonces, en 1961, yugoslavo). En el lomo de otro se lee Nas Tito (Nuestro Tito). Al lado hay un pequeño busto de mármol del mariscal. Es un día soleado, pero la sala está en sombras. Tras las cortinas, disimuladas, penden pesadas telas azules que cubren los amplios ventanales de arriba abajo. Ilic adivina. "En 1993 volaron el piso 10 de este edificio desde la colina de enfrente", dice. "Durante las noches de la guerra teníamos que cubrir las ventanas." Sólo el pesimismo o el acostumbramiento pueden explicar que siga desplegando esos cobertores. La guerra terminó en 1995.
5 S habría que devolver el fruto a la semilla para descomponer a Sarajevo en sus partes musulmana, croata o serbia, que coexisten en irremediable convivencia.
La peatonal Feredjiya, semblanza sui géneris de alguna capital de Habsburgos, nace en la avenida Marshala Tita (del Mariscal Tito), a cuyos lados se levanta la arquitectura moderna de la era yugoslava. Aunque ahora está en plena etapa de reconstrucción, Marshala Tita fue una de las arterias más dañadas durante la guerra. Allí tenían sede el gobierno (que luego fue trasladado) y muchas dependencias públicas.
Al otro lado del río Miljacka, la costanera está reducida por las mesas de los bares. En la entrada de un café, atravesamos un pequeño arco de metal que resulta familiar. Está coronado por la leyenda "Kunst macht frei". "El arte os hará libres", en alemán. Recortado contra el perfil irregular de edificios destruidos, es una imitación del acceso al campo de concentración de Auschwitz. Allí, en lugar de "kunst" se leía, con intención cínica y sentido trágico, "arbeit" (trabajo). El desagrado inspirado por esta réplica de mal gusto abre paso al escalofrío que produce la banalización de la barbarie. Precisamente, oh ironía, en Sarajevo, la capital del país donde paramilitares nacionalistas -en su mayoría serbios- incorporaron la "limpieza étnica" en el profuso registro de atrocidades de este siglo.
6 S son las 19.35, la iluminación electrica de los minaretes los asemeja a cohetes prontos a partir. El eco de las invocaciones cantadas a Alá y las convocatorias a las plegarias de los musulmanes dominan Sarajevo. Un estudiante coránico, de barba y sensatez incipientes, se niega a hablar, cuando va a rezar. Deja sus sandalias en la entrada. "Ruski? Ti gavarish pa ruski?" (¿Ruso? ¿Hablas ruso?) dice y, sin esperar ningún tipo de respuesta, desaparece en la mezquita más antigua de la ciudad. Un portero de gestos elocuentes se encarga de echar intrusos.
Olores más intensos y calles más angostas marcan, en el otro extremo de Feredjiya, el ingreso al barrio antiguo, mayoritariamente musulmán. Ya no se ven cafés con sombrillas ni asoman las torres románticas de las iglesias católicas. Alfombras kilim desplegadas en las paredes, un mayor número de mujeres -tez blanca, nariz respingada, rostros eslavos- llevan las cabezas cubiertas por el chador, como impone la tradición islámica. "Tungjatjeta!", saluda en albanés un vendedor de alfombras. Habla un poco de turco también, además de bosnio, por supuesto. No dice si es albanés o bosnio, pero la media luna y la estrella que adornan la entreda en su pequeño local despejan toda duda sobre su identidad religiosa. La guerra, durante la cual dice no haber cerrado su negocio, no ha hecho mella en su tenacidad para lidiar en el regateo, ni en su humor para saludar a carcajadas las ofertas que considera desopilantes. "Yehud më?" Pregunta en turco si soy judío. "Ermení" (armenio, en turco), respondo. "Judíos, armenios, son lo mismo", dice, y sigue con su humor festivo. La hija del comerciante mira con antipatía. Se opone tenazmente a que su padre haga cualquier tipo de rebaja.
En una de las callejuelas que se adentran en el barrio musulmán, un hombre canta mientras cava una fosa en un cementerio. Todas las lápidas alargadas -como lo son las islámicas- están blanquísimas. De dónde soy, quiere saber. "¡Batistuta!", exclama. ¿Y Maradona?, pregunto, algo sorprendido. "También, también", me contesta con risotadas.
Es otro el humor de Dusan Jovanovic, primado de la Iglesia Ortodoxa Serbia. Oficia en la Iglesia del Arcángel San Miguel, un edificio del siglo XII, sobre el angosto pasaje Mustafa Baseskije. En el ícono que orna el pórtico del templo, una bala ha perforado el ojo del Arcángel. Aletargado en una sala invadida por los humos y aromas del incienso, el padre Jovanovic se muestra poco entusiasmado con la idea de hablar sobre la guerra. "Ya terminó, ya pasó", dice, sentado en un amplio sillón del arzobispado. "Nuestra Iglesia se ha llevado sorpresas desagradables con los periodistas", afirma.
"Durante la mayor parte de la guerra," indica, "los serbios sentimos que todos éramos considerados culpables. No es a la gente común a la que hay culpar por la guerra en Bosnia Herzegovina", dice. Para el prelado serbio, "la política internacional desató el conflicto. La antigua Yugoslavia era molesta para las grandes potencias occidentales: Alemania, los Estados Unidos". Y agrega: "Alemania desencadenó la división de Yugoslavia."
¿Quién es culpable? "Sólo acusan a los serbios. Después de la Segunda Guerra Mundial, los serbios crearon una Yugoslavia multiétnica. Cuando comenzó la descomposición de ese país, había serbios en Croacia, Serbia y Bosnia Herzegovina." La observación de que fueron los serbios quienes primero se alzaron en armas no altera su razonamiento. "Los serbios luchaban por la Yugoslavia de Tito, querían un amplio espacio para que todos ellos vivieran juntos."
-Una gran Serbia -indico.
-No, Yugoslavia -repone con calma.
-¿Usted se oponía a la guerra?
-Absolutamente.
Pregunto por Slobodan Milosevic, el presidente nacionalista serbio, principal responsable de haber instigado el desgarramiento de Bosnia Herzegovina. "Milosevic es un personaje trágico para el pueblo serbio", sentencia Jovanovic, quien conjetura que el actual mandatario serbio fue expulsado adrede del Partido Comunista Yugoslavo, para que estuviera libre de ataduras en el des- empeño de su papel como líder nacionalista. Pero Jovanovic añade: "Es cierto que intentó proteger los intereses de nuestro pueblo", y se rectifica: "También es responsable por la sangre derramada."
Cuando estalló la guerra, Jovanovic fue detenido por la policía bosnia, acusado de prestar la sede del arzobispado a francotiradores. "Fui uno de los primeros serbios en ser arrestados en Sarajevo", dice. Cuatro meses después logró viajar a Serbia. Regresó en 1996, porque lo enviaron desde Belgrado para que atendiera a la feligresía ortodoxa de Sarajevo, cada vez más pequeña y más vieja.
-¿Sarajevo volverá a ser multiétnica? -pregunto.
-Será una ciudad musulmana -dice, y bosteza.
A la salida, se escucha el campanilleo de un tranvía. Sobre un fondo blanco están pintadas banderas de Arabia Saudita. Una leyenda saluda la cooperación entre ese reino y Bosnia Herzegovina. Más atrás se ve otro tranvía. Pintado de lila, lleva estampado el logotipo de los chocolates Milka.
7 S fundada en el siglo xvi como capital por los ocupantes otomanos (el nombre viene del turco saray, palacio), Sarajevo parece una ciudad con presencia mayoritaria islámica. Durante la guerra, los croatas que querían abandonarla podían ir a Croacia; los serbios, a Serbia. Los musulmanes no podían ir a ningún lado. Sarajevo es una ciudad de resignados que no pudieron dejarla, y de espíritus templados que optaron por quedarse.
En los últimos siglos, la suerte no ha signado el destino de los musulmanes bosnios. "Herejes" por opción o por imposición, pocas veces sufrieron tanto como durante la última guerra.
Pavlos, un monje armenio que se declaró en rebeldía contra su Iglesia en el 532, encendió la mecha del conflicto que desgarró a Bosnia Herzegovina. Lideró la secta herética de los pavlisianos, que habría inspirado al pope búlgaro Bogomil a fundar en el siglo X otro movimiento religioso disidente. Otras fuentes, probablemente menos atendibles, atribuyen el origen del bogomilismo a los euquitas, una secta cristiana que, en fecha anterior, se expandió desde el Cercano Oriente hasta los Balcanes.
Cualquiera sea su origen, el bogomilismo ganó adeptos en los principados feudales de Bosnia y de Herzegovina (por entonces separados) entre los siglos XI y XII. Esta herejía, muy perseguida y que da origen a la cátara y a la albigense, es maniqueísta. Su doctrina está fundada en la dualidad entre el bien y el mal, encarnado el primero en Dios y el segundo en la tierra, la materia y las riquezas. De allí, la profesión de pobreza y la negación visceral de cualquier tipo de propiedad. Este puritanismo dogmático, sin embargo, no reconocía correlato en la vida cotidiana de los bogomiles bosnios, sobre todo en la de los aristócratas.
Según una de las hipótesis menos rebatibles sobre esta cuestión, en el siglo XI los aristócratas de Bosnia y de Herzegovina se convirtieron del catolicismo al bogomilismo aparentemente más por razones políticas que religiosas. Su meta era evitar mediante la fe en común ser absorbidos por Croacia. Esa fue la primera ruptura en la historia bosnia.
En 1463 los turcos ocuparon Bosnia y en 1482 cayó Herzegovina. En 1582 se unificaron los principados bajo la férula del bajá de Bosnia. Fue entonces cuando los bogomiles bosnios, y sobre todo los aristócratas, se convirtieron al islam, otra vez por razones políticas. Escapaban, de este modo, a la posición de inferioridad que tenían los cristianos en el Imperio Otomano, y conservaban el dominio del poder. Entonces se les confiaron las más altas tareas administrativas. Sarajevo, sede del bajá bosnio, se colmó de los bogomiles recientemente convertidos al islamismo, encargados de la burocracia. Los musulmanes bosnios -ex católicos primero, ex bogomiles después- se afianzaron como la clase dominante de Sarajevo, mientras serbios y croatas se afirmaron en el campo. Esta dualidad se mantuvo hasta la última guerra.
8 S para mehmet halilovic, director de oslobodjenje, el más prestigioso diario del país, una Bosnia Herzegovina multiétnica y multicultural es todavía posible. Su noción del absurdo es, probablemente, distinta de la de hombres que no han vivido en Sarajevo.
Fundado en 1943, Oslobodjenje fue el diario de la resistencia partisana de Bosnia que se alineó tras el Mariscal Tito contra la ocupación nazi y las tropas monárquicas serbias. En 1992, el permanente fuego de morteros y artillería de los serbios terminó por incendiar y demoler lo que fue la moderna sede de diez pisos de la publicación, a la entrada de Sarajevo. Piso derrumbado sobre piso, alrededor de una ancha columna central, el edificio parece una mueca de hierros retorcidos y vidrios rotos.
Oslobodjenje estuvo sin luz, sin teléfono. La redacción fue mudada a un sótano. Hicieron el diario con máquinas de escribir. Perdió cuatro periodistas en misión durante la guerra. El plantel dejó de cobrar durante dos años. No había plata, no había anunciantes. El diario nunca dejó de salir.
¿Lo hicieron por idealismo? "No, no tuvimos tiempo de pensar en eso", dice Halilovic, con tono cortés y firme. "El día que estalló la guerra hicimos una reunión de todo el personal y decidimos por unanimidad seguir publicando el diario", recuerda. "Nuestro país estaba en guerra y todas las mañanas nuestros lectores necesitaban saber qué estaba pasando." Lo dice sin impostaciones.
¿Fueron imparciales durante la guerra o tomaron partido? "Tomamos partido. Es imposible evitar quedar atrapado en el fuego cruzado. Es distinto visto desde afuera. Nosotros estábamos adentro. Procuramos ser imparciales, lo más profesionales posible; ganamos más de cincuenta premios internacionales por nuestro esfuerzo. Estábamos muy limitados por las circunstancias. No es fácil hacer el trabajo durante 1.300 días de asedio permanente. La ciudad estaba aislada del mundo exterior, incluso del resto de Bosnia Herzegovina."
Halilovic no lo dice, pero durante la conflagración Oslobodjenje tomó el bando del gobierno bosnio contra las milicias serbias. "Antes de la guerra, nuestro diario estaba entre los más modernos de Yugoslavia, pero cuando estallaron los combates retrocedimos casi al siglo XIX. No había electricidad ni material de impresión. Trabajábamos con viejas máquinas de escribir. Con velas y generadores de electricidad a petróleo. Salimos a la calle todos los días. Redujimos el número de páginas, la tirada cayó a 2.000 o 3.000 ejemplares; a veces había uno solo para todo un edificio de departamentos. Ahora saltamos al siglo XXI, nuestra sede internacional está en Francfort, tenemos equipos de última generación."
"Si no creyera en una Bosnia Herzegovina multiétnica, no me quedaría aquí", afirma. ¿Quién tiene la culpa de la guerra? "La conducción de Belgrado (Serbia) y la de Zagreb (Croacia). Incluso antes de la guerra habían hecho planes para la partición de Bosnia Herzegovina entre Serbia y Croacia.»
¿Yugoslavia era mejor que una Bosnia independiente? "Después de esta guerra, después de la muerte de Tito, no podría volver a ser el mismo país. Yugoslavia sí era mejor en época de paz. Pero ya se estaba desmoronando con el ascenso del nacionalismo al poder; en Serbia y en Croacia. El resultado de eso fue dramático."
9 S "¡ti to! ¡ti to!" el nom de guerre con el que Josip Broz pasó a la historia es un reconocimiento a su capacidad de mando. En serbocroata, ti to significa "tú allí", la orden más común que el más tarde mariscal Broz daba a su gente, durante la Segunda Guerra, como líder de la resistencia partisana contra los nazis y contra los chetnik, monárquicas serbios.
Tito murió en 1980, llevándose la fórmula con la que pudo mantener la unidad de un Estado compuesto por nacionalidades rivales. La presidencia colegiada, a cuya cabeza rotan periódicamente los mandatarios de cada una de las repúblicas yugoslavas, nunca llega a sustituir la combinación de populismo y dictadura que el mariscal ejercía con igual facilidad, tanto para seducir a una multitud que se congregaba a escucharlo como para purgar a sus adversarios del partido.
Hoy, hasta la historiografía occidental lo consagra por sus conocidas virtudes. Vista en perspectiva desde los escombros de Sarajevo, su figura se proyecta con mayor imponencia aún.
Sin embargo, Tito es, probablemente, uno de los grandes culpables de la tragedia yugoslava. Así como su hábil política exterior le permitió sustraer Yugoslavia de Stalin y de la influencia soviética -en los años de plomo de la Guerra Fría- acercando el país a Occidente, su estilo de conducción era una réplica, en menor escala, de la de su par en el Kremlin.
Al purgar de las filas a sus hombres más capaces y potenciales competidores por el poder impidió la creación de un mecanismo de sucesión. La presidencia colegiada que lo sustituyó luego de su muerte diluyó la influencia del poder ejecutivo en un país cuyas tendencias centrífugas exigían, necesariamente, un fuerte régimen centralista.
La ineficacia del modelo económico de autogestión, que Tito instrumentó en 1950 como reacción contra el socialismo estalinista, no bastó para compensar sus virtudes democráticas. Ese fracaso afectó más duramente a las repúblicas más pobres -Bosnia Herzegovina y Macedonia- y estimuló, a principios de la década de 1970, el separatismo en las más ricas, cuando el mariscal, de padre croata y madre eslovena, amenazó con una intervención armada en Croacia.
Pero quizás uno de los errores cruciales de Tito haya sido reconocer a los musulmanes de Bosnia como pertenecientes a una nacionalidad distinta de las otras. En su afán por contener las tendencias hegemonistas de los serbios y las aspiraciones separatistas de los croatas, el líder yugoslavo alentó el nacionalismo de otras minorías, como la musulman
Escribe Avedis Hadjian