
Hubo un momento clave en el show que Cat Power brindó ayer ante un Teatro Gran Rex colmado de bote a bote. Terminaba uno de los temas más o menos por la mitad del espectáculo, y la bella Chan Marshall hizo una reverencia y mencionó la palabra "Sorry". ¿Por qué? ¿Cuál era el motivo por el cuál la vocalista nos pedía disculpas? No había habido ningún error en sus interpretaciones, la banda que la secundaba sonaba perfecta, y el público hacía rato que se había rendido ante su magia. ¿Entonces?
Quizás la buena de Chan se disculpaba por calar demasiado hondo en las fibras íntimas de cada uno de los asistentes. Sus disparatados pasos de baile símil Pantera Rosa son la pantalla para el efecto que produce su voz en la audiencia no sea más devastador de lo que es. Su registro no tiene un equivalente claro dentro de la historia de las cantautoras de raíz rockera: sólo se podría establecer un paralelo con Laura Nyro como punto de referencia. Y su grupo de apoyo: la Dirty Delta Blues Band gira en torno al órgano de Gregg Foreman, que si bien repite muchas veces los recursos parece ser el único que puede seguir las (re)invenciones de Marshall, pero cuenta con dos ases como el baterista Jim White (de los australianos Dirty Three) y el guitarrista Judah Bauer (coequiper de Jon Spencer en su Blues Explosion) que embellecen desde sus improvisaciones todas y cada una de las melodías.
Como su admirado Bob Dylan (su tributo "Song to Bobby" es escalofriante), Cat Power deforma cada una de las canciones hasta hacerlas por momentos irreconocibles. El arreglo del clásico "Sea of Love" es un buen ejemplo, lo mismo que "The Greatest" o el cover de James Brown "Lost Someone". Esos fueron algunos de los grandes momentos del concierto, como también "Ramblin’ (Wo)man" (Hank Williams), "Blue" (Joni Mitchell) y el final con "Angelitos negros", previo paseo por la platea. El efecto que Chan logró en la audiencia se hizo espejo en sí misma: con un ramo de flores en su mano, se quedó saludando a la gente durante un largo rato, mientras las lágrimas brotaban de sus ojos. Una conmovedora postal de despedida para una performer única y necesaria. Más allá de su poderío, Marshall deja en claro que los felinos también pueden estar tristes y ser sensibles. Y esas siempre son buenas noticias.
Por Pablo Strozza


