
Todos los días, casi sin excepción, viajando en distintos medios de transporte público desde esta redacción o hacia ella, me toca tolerar a una o dos personas que, no contentas con escuchar su música en sus respectivos celulares o MP3 para sí, deciden imponerla al resto de los viajantes. El fenómeno ya está generalizado: haciendo alarde de sus teléfonos polifónicos y cagándose sin pudor sobre los gustos o prioridades de sus acompañantes (que responden siempre con una falsa tolerancia), muchos optan por no usar los auriculares. Cada vez el hecho me pone en una disyuntiva, ¿está bien que me indigne? ¿Soy yo la que va contra la corriente, contra un índice irrefutable del siglo XXI? Si los enfrento, ¿soy una vieja chota?
La cuestión es que hoy el hecho superó mis límites. El panorama era el siguiente: sobre una moderna unidad de la línea 93 (Munro-Barracas), sentada en el asiento trasero contra la ventanilla derecha mirando hacia el conductor, intentaba leer El Gran Gatsby, de Scott Fitzgerald. Mi concentración, teniendo en cuenta que eran las 9 y algo de la mañana y que tengo un tare personal con este título en particular, era bastante forzada. Digamos que en quince minutos de viaje llegué a digerir dos párrafos, sólo de la página 28. Entonces fue cuando dos quinceañeras, híbridos cumbio-floggers, ocuparon los asientos consiguientes a la altura de Monroe y una de ellas, sin dudar, activó su Sony Ericsson del que emanó una distorsionada base reggeatonera (sin ánimos de menospreciar y con perdón por no poder aclarar de qué tema se trataba) que para mí sonó como la música funcional del mismísimo infierno.
Cerrar a Gatsby fue mi primera reacción, aunque no había descartado la opción de ponerme a leer en voz alta aquellas líneas de la página 28. Pero luego de dudar varias veces y viendo las caras de mis compañeros de viaje que se daban vuelta constantemente para reprender a estas chicas con la mirada, decidí declarar la guerra. Saqué mi Motorola Rokr, y enuncié el ultimátum: "Ahora me toca a mí, esta es la guerra del audio". Las dos me miraron atónitas, pero apagaron el celular y esperaron que yo eligiera. Empecé con los Pixies, "Rock Music", del compilado Death to the Pixies. Seguí con Sonic Youth y "Plastic Sun" de Murray Street, pero me di cuenta de les importaba muy poco y sentí que si no las cautivaba, estaría perdiendo la batalla. Les puse R.E.M., "Man on the Moon" y "Losing my Religion" y les pregunté sin esperanzas si sabían que estaban por tocar en el Club Ciudad. Terminé con algo que debería haber funcionado como golpe de gracia: Los Redondos (una grabación pirata del anteúltimo ensayo), "El pibe de los astilleros", pero respondieron con un "Ahhh, sí, esto lo escuchaba mi hermano de 30". Y finalmente me di por vencida, o podría haber seguido pero se acercaba mi destino final; ellas, como si nada, volvieron al Daddy Yankee, y el resto de los viajantes consensuó en silencio su tortura. A pocas horas de la contienda, la única conclusión a la que llego es que sí, definitivamente, soy una vieja chota...

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