Qué difícil va a ser que la sentencia provea una sensación reparadora. Esto no se mide en años de cárcel, ni en cantidad de condenados. Lo que pasó fue tan atroz, tan conveniente para nadie, que no puede ser todo culpa de un par de funcionarios públicos ineptos, de otro par de policías coimeros, de una banda de rock cabeza de tacho y de un gerenciador irresponsable. Es imposible. Es imposible que este año la carota de Ibarra haya estado en los rascacielos y en los subtes de la ciudad con la promesa de que volvía para poner "el límite necesario" (así le fue, igual). Es imposible que el dueño real de Cromañón y el predio que lo contenía (Rafael Levy) haya sido desvinculado de la causa. Esa sensación incómoda que tenemos, la de sentir que a la larga las muertes las van a pagar los operarios (aun con la responsabilidad que les cabe en el cuadro del estrago doloso), es la maduración de todos estos años de bronca y reflexión, de olvido, perdón y vuelta al rencor. De entrada supimos que ésta era una masacre sin villanos. Es hasta comprensible que muchos familiares de víctimas vieran en Chabán a una especie de Dr. Evil, o que Santos Fontanet les pareciera un frío gurú de la manipulación ideológica. Fue demasiado. Sin embargo, el colectivo de familiares y sobrevivientes que se alzó por encima de un proceso judicial elogiado desde lo institucional pero insuficiente por el lado de la justicia poética (sea cual sea la sentencia) ha sido la nota más importante de todos estos años. El movimiento Cromañón como espacio de comunión del dolor, catarsis, debate y resistencia. Uno podría asegurar, sin mucho miedo a equivocarse, que de no ser por ese movimiento de familias rotas, la destitución de Ibarra no habría existido y el reparto de responsabilidades se habría disuelto en la complejidad de aquella noche en la que un Estado vaciado se quemó en la mano de un idiota y convirtió un show de rock en una cámara de gas.

Autor: Pablo Plotkin
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