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Reportaje conjunto a José Iglesias y Albino Stefanuolo

Cromañón, a cuatro años de la tragedia

En charla inédita, RS juntó a José Iglesias -padre de víctima y mayor abogado querellante- y a Joe Stefanolo -abogado defensor-: 194 muertes jóvenes, el Estado y las responsabilidades del rock ante el mayor juicio desde el de las Juntas Militares.

En la madrugada del 31 de diciembre de 2004, José Iglesias reclamaba a gritos el cadáver de su hijo, Pedro. Habían pasado seis horas de búsqueda desesperada, de recorrer hospitales, leer listas, reconocer cuerpos, ver, incluso, pilas de chicos muertos, escuchar gritos, llorar... Era la tragedia más absurda. Los caóticos primeros días del mes de enero, cuando se enredaban la tristeza y la furia, ya lo encontraron como portavoz de cientos de padres destrozados, que buscaban explicaciones y un castigo para quienes consideraban los responsables de la desgracia.

El padre se calzó el traje de abogado, y le hizo una promesa a Pedro: "Hasta que no estén todos presos, no voy a parar". Casi un juramento de sangre. El padre marchó por las calles exigiendo a gritos justicia por la muerte de su hijo. El abogado encolumnó a la mayoría de las familias de las 194 víctimas detrás de sí, relegó aquellas causas comerciales que hasta entonces le habían ocupado el tiempo, y empezó su cruzada.

En los pasillos de Tribunales se topó, por primera vez, con Albino Stefanolo, el abogado penalista más reconocido en el ambiente del rock. "Joe", para los amigos, un especialista que ganó fama temprana en 1986 cuando logró que la Corte Suprema de la democracia alfonsinista declarara, en el caso de Gustavo Bazterrica, la inconstitucionalidad de la penalización de la tenencia de drogas para consumo personal; fanático de la música, participó en un documental sobre Luca Prodan, compartió la adolescencia con los Almendra y supo representar a los Redondos, Andrés Calamaro y Los Violadores, entre otros. Stefanolo se sumergió en la causa por el incendio de República Cromañón como defensor de Raúl Villarreal, la mano derecha de Omar Chabán.

Cuatro años pasaron desde aquellos primeros cruces. La situación rápidamente se convirtió en emblema. Este año, el juicio que comenzó el 19 de agosto los encontró sentados en la sala de audiencias de la Corte Suprema, cumpliendo papeles antagónicos, como querellante y defensor del juicio más recordado desde aquel Juicio a las Juntas, con la sala de audiencias colmada. En primera fila, Iglesias; en la penúltima, Stefanolo. El abogado del rock, intentando demostrar que su defendido -acusado por estrago doloso y cohecho- no era el jefe de seguridad de Cromañón, sino un trabajador que estuvo veinte años al lado de Chabán en Cemento y que, en el boliche de Once, sólo cumplió (en unas quince fechas) la función de "tratar con la gente de SADAIC y las bandas que tocaban y, en algunos casos, ocuparse de tareas que tenían que ver con el cuidado exterior del lugar, como ordenar la fila". El padre de Pedro, busca probar, claro está, todo lo contrario, entre otras cosas.

Pero el mismo juicio que los pone en veredas enfrentadas es el que logra unirlos. Iglesias sigue siendo el mismo padre, con el mismo dolor, pero tal vez sin aquella furia, intentando cumplir la promesa que le hizo a su hijo. Quizá para él, Stefanolo sea el colega del lado de enfrente que más supo comprender su pena. El que, cada vez que entra en la sala de audiencias, mira el retrato de Pedro sobre el escritorio de su papá, y evita confrontar por demás. Ese respeto mutuo explica por qué aceptaron reunirse por primera vez en esta entrevista, para hablar de la tragedia más grande que hayan vivido, y coincidir en el mismo deseo: que sea única e irrepetible.

Este es un juicio con una carga emotiva muy fuerte; ¿cuesta sentarse a hablar estando en lugares tan distintos?
Stefanolo: Yo sé que el doctor está ahí por su hijo, y sé que su hijo lo acompaña. Respeto mucho esa imagen que veo todas las mañanas cuando llego.
Iglesias: No es difícil, tengo un trato cordial con casi todos. Sí me sucede que ciertas cosas se tornan pesadas. Chabán, por ejemplo, es muy verborrágico, habla muy alto; lo escucho, y a veces molesta, pero bueno, va por adentro...
Stefanolo: Sí, fue muy impactante el día que declaró Katz.
Iglesias: Fue uno de los momentos en que más me costó tolerarlo. Miguel Katz es un químico cuyo hijo murió en Cromañón, y fue llamado a declarar como experto, por el tema de los gases. Chabán le dictó a su abogado una pregunta de mierda: "Preguntale qué efectos produce al entrar el monóxido en una persona joven, cómo actúa". Que era lo mismo que preguntarle cómo murió el hijo. Son momentos absolutamente innecesarios.

En ese sentido, ¿es un juicio distinto de otros procesos penales?
Stefanolo: Un día estaba declarando un chico que se puso muy mal al hablar sobre una de las puertas. Hubo un planteo, se lo sacó de la sala, y se le avisó que iban a volver a preguntarle por la puerta, porque era necesario técnicamente. Esto, habitualmente, no se hace. No se le anticipa a un testigo qué le van a preguntar. Pero no puede haber técnica sin sensibilidad. Tuvimos una discusión sobre esto, y yo hice un pedido, que tenía que ver con no revictimizar a las víctimas, justamente. Hay que tener cierto cuidado para preguntar. Los juicios son todos iguales, pero las situaciones, no.

Después de una tragedia de semejante magnitud, se llegó a un juicio con muchas particularidades. Teniendo en cuenta el funcionamiento normal de la Justicia, ¿este debate es como esperaban?
Iglesias: La instrucción tuvo ingredientes sanctos y non sanctos. Hay personas que deberían estar ahí sentadas y no están, que andá a saber cuándo se sentarán y en qué contexto. Se dan cosas absurdas, responsabilidades que se analizaron tres años después, como la de Rafael Levy, el dueño del predio, que ya está sobreseído. Hay cosas que no se hicieron, y otras que se hicieron mal. Hay cosas sobre las que no se puede avanzar, porque todavía están en instrucción.
Stefanolo: Yo coincido, la instrucción debería haber cerrado muchas cosas más, para llegar en mejores condiciones al debate. Fue muy larga. Pero, obvio, si vemos el vaso medio lleno, con las situaciones a las que estamos acostumbrados, con impunidad, cuestiones irresueltas en las que nunca se llega a saber la verdad, esto es un lujo.
Iglesias: El aparataje que tenemos, por ejemplo, no existe en un juicio oral normal. Todo este equipamiento, la escenografía, las pantallas, los micrófonos, desaparecen después de Cromañón.

¿La Justicia se vio desbordada por Cromañón?
Stefanolo: La justicia penal clásica de este país no estaba preparada para Cromañón. En general, está preparada para algunos delitos básicos. Cuando sale de cierto molde, es muy complicado. Nos queda pedir que esto sea único e irrepetible. Que sea una excepción.
Iglesias: La Corte Suprema tampoco estaba preparada. Ricardo Lorenzetti me dijo, hace unos meses, que ya tenían un método para tratar las megacausas. Y yo le dije que estaba mintiendo. ¿Cómo va a estar preparada para megacausas si no empezamos por lo elemental? Si seguimos teniendo la misma morgue, con el mismo director y la misma cantidad de camas que en 2004... La muerte de mi hijo ya no la repara nadie, pero por lo menos espero que cambien algunas cosas. Cuando en febrero de 2005 yo veía carteles verdes que decían "Salida", sentía que alguien me daba una palmada.

En todo este tiempo, ¿pudieron llegar a comprender algunas cosas? El uso de bengalas como ritual, por ejemplo.
Iglesias: Antes de esto, para mí las bengalas no existían, y pasaron a significar una de las causas de la tragedia. O sea, aún no encuentro ningún justificativo para el uso de bengalas, intento comprender por qué los chicos las usaban como medio de diversión y no sé... Sí entiendo que no tenían esa conciencia que tienen hoy, después de lo que pasó. Y que en este país estaba normalizado y alentado aquello que está mal.
Stefanolo: Para mí era conocido. Venía con la idea del público intentando mostrarse al músico, de ganar protagonismo. Yo recuerdo los inicios del rock, con mucho respeto hacia el escenario: era quedarse absorto. Nuestra generación venía de una época muy represiva, con Onganía. Sabías que no te podías expresar demasiado, las letras tenían que sugerir, para evitar le censura. Después pasaron distintas épocas, la militancia, la dictadura, hasta que llegamos a la democracia. Y tiempo después, sobre el final de los Redondos, con Los Piojos y La Renga, aparece el uso de bengalas como algo colorido. En el fútbol ya se usaban. Y en el rock, la bengala pasó a ser un símbolo de aprobación de ciertos grupos, o de algunas canciones, o de expresar cierta libertad, como leí una vez que explicaba el cantante de Gardelitos. Después, se fueron agregando candelas, tres tiros y la bola se fue haciendo cada vez más grande. Pero el manejo del tema no era exactamente igual para todos los grupos. Por lo que escucho, para Callejeros, plantarse frente a esta cuestión era difícil. Creo que no se planteaban demasiado el mensaje que daban, había códigos que no estaban analizados. Ahora, en el momento post Cromañón, la falta de autocrítica o de crítica adquiere otro valor.
Iglesias: Hay algo que es anterior a diciembre de 2004 y es que, quien sube a un escenario, no puede ser rehén de su público. Yo puedo entender muchas cosas, pero si montás una organización, te ocupás de vender entradas y del merchandising, tenés escenografía, registrás hasta una marca y, aun así, sos rehén del público es porque, a lo mejor, siendo rehén del público facturás más. O sos un inmaduro. Entonces, no te subas al escenario. Tener el liderazgo de una banda rock implica una responsabilidad. Si no, es un ida y vuelta muy riesgoso, si perdés la autoridad.
Stefanolo: Hay algo que vos ves en muchos artistas, y tiene que ver con la idea de no defraudar al público. Por ejemplo, hay tipos que dicen que están podridos de cantar tal tema, pero salen y lo cantan. Cuando pasás a hacer lo que el público quiere, es complicado. Yo veo que los chicos de Callejeros estaban muy sorprendidos por el éxito, aunque no deja de ser cierto lo que él dice: sorprendidos, pero con el kiosquito armado. El músico no puede estar sin el público, pero el público, sin la banda, no existe. Si la banda se va del escenario, ¿qué pasa?

¿Callejeros podría haber actuado de otra manera?
Stefanolo: En una ecuación de pensamiento, era muy difícil que ocurriera. No es menor que esto haya sido el 30 de diciembre. A todo lo que hablamos se le suma la algarabía de fin de año, del grupo triunfador, del clímax de Excursionistas. Veníamos de mucha exclusión social, falta de trabajo. O sea, lo que ocurrió no lo va a explicar ni modificar nadie, tiene que haber justicia, y listo.
Iglesias: No voy a entrar en detalles. Lo que dice él ratifica esto de un grupo rehén de su público, con un agravante: la incapacidad de decidir si me quedo o me voy; sería bárbaro poder juzgarlo si ellos no hubieran tenido conciencia de que estaban todas las puertas cerradas. Y bueno, otro tema es cómo entraron las bengalas. Muchas posibilidades no existen, estaban en un sector muy vinculado a ellos.

Más allá de las cuestiones puntuales del juicio, Cromañón impacta porque hay 194 chicos muertos. ¿Qué peso tiene para ustedes el factor juventud en esta causa?
Stefanolo: La edad promedio de fallecidos es 21 años. Lo que te da la juventud, efectivamente, es la idea de la muerte lejana y ante esa distancia, los riesgos se ven lejanos, también. Esto te lleva a veces a hacer ciertas cosas, como manejar muy rápido. Para mí, es claro que el uso de las bengalas no tiene que ver con una irresponsabilidad, sino con que no era asumido como un riesgo de muerte.
Iglesias: Efectivamente, porque no es obligación del joven prever que al día siguiente se muere. Esto que pasó tiene que ver con que nuestra sociedad no cuida a los jóvenes. Se vio con los desaparecidos, que fue una generación de jóvenes, las víctimas de la Puerta 12 no llegan al promedio de 22 años, son los chicos de 18 los que van a Malvinas. La juventud es la que se divierte, la que va en masa, la que genera un gran ingreso. Entonces, es mejor darle lo que busca sin gastar demasiado en cuidarla. El joven, en general, no se queja de la falta de cuidado. Al contrario, trata siempre de liberarse, le molesta. No se ha tomado conciencia en qué medida esta sociedad se fagocita a los jóvenes, los usa y los tira.
Stefanolo: El Estado debe cuidar al chico, eso está claro. Y es el Estado el que te manda a la guerra, a pedir a la calle, a matarte en las rutas, a aspirar pegamento, a morirte en Cromañón. En este caso, el rol del Estado fue patético. Los bomberos no tenían linterna, entraban como podían. Ni siquiera se evitó que el que podía morir, muriera. Escuchar a un bombero contar que, muchas veces, quien entraba con él a sacar gente, se convertía en víctima, es tremendamente dramático. Por eso comprendo y respeto mucho lo del doctor. Es muy difícil para él estar ahí haciendo lo que hace, sintiendo lo que siente. Por eso, pese a nuestras diferencias, la búsqueda de la mejora nos va a encontrar trabajando codo a codo. Tratando de ver todo lo que se hizo mal, para que no se repita. Es lo mínimo que un bien nacido puede hacer.

Por Tania Bauer

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